Auguste Dreyfus: Amor, fortuna y… tragedia

 

Si usted no cree en asuntos del más allá, le deseo hermosos sueños para esta noche, pero antes, quiero contarle una increíble saga de fortuna, intrigas políticas y una final tragedia en colofón a lo que pudo ser la historia de un amor incomparable.

Algo que yace ostentosamente sepultado en una lujosa tumba deshabitada, que ostenta su tristeza en el viejo Museo Cementerio “Presbítero Matías Maestro”, que la Sociedad de Beneficencia de Lima Metropolitana, cuida cual joya de la corona, y es incomparable imán para aquellos que todavía creemos en la invencible fuerza del verdadero amor.

Para empezar, situémonos en los turbulentos años de 1869, cuando ya se sufría la endémica corrupción que hasta hoy maldice a nuestra patria. Un año antes, había asumido la Presidencia el Coronel Don José Balta, que al parecer, no acertaba una, en lo que compete a manejos económicos, en tanto, los exportadores del guano, hacían cera y pabilo con la maloliente y por entonces, casi única riqueza exportable de nuestro amado Perú, que se debatía en medio de deudas impagables e intrigas de cuartel y saloncito.

Y según se sabe, la desesperación, siempre ha sido muy mala consejera, como resultaría probando el señor Balta, al convocar a un joven ex seminarista, que a sus treinta años, jamás había dado muestras de emprender algo notable, al margen de las intrigas curales, que en nuestra chismosa Lima de entonces, jamás fueron pocas, ni muy plausibles.

Un casi cura en el poder

Y así fue, como este personaje, llamado Nicolás de Piérola, se convirtió en poderoso Ministro de Hacienda, de un país que navegaba rumbo a la bancarrota carcomido íntimamente, enfermo de esa antigua corrupción, que según ciertos literatos consagra nuestra condición de “jodidos de nacimiento”.

-En medio de un confuso festival de desaciertos, Piérola convoca un 5 de julio de 1869, a un comerciante judío-francés, de nombre Auguste Dreyfus, como pidiéndole auxilio en medio de agónico braceo en agitada alta mar. El convocado, era un millonario comerciante en telas, que como quien arroja una limosna a cualquier desventurado, ofreció comprar el guano- que iba de capa caída, ante la aparición mundial de abonos químicos-por un monto de 700 mil soles mensuales, suma que apenas alcanzaba para maquillar las cifras de un crac que lucía mascarón de muerte anunciada.

Un contrato escandaloso

Las deudas externas e internas, eran clamorosas y el famoso “Contrato Dreyfus”, encendió las iras del Congreso, en tanto, los ladinos “consignatarios”, se refugiaron en un pretendido “patriotismo”, para victimizarse en toda la línea.

En 1872, asume el gobierno Manuel Pardo, fundador del Partido Civilista y declara pomposamente que Balta y Piérola habían arruinado al país, pues sólo para amortizar las deudas, se requería el fortunón e 35 millones de Libras Esterlinas, lo que superaba en mucho, el total del Presupuesto Nacional, como cualquiera podía imaginarse.

Para abreviar, Don Auguste Dreyfus, aguantó la embestida hasta 1874, cuando anunció cortante que sólo continuaría pagando lo estipulado, hasta el año siguiente, entendiendo que el dinero que aportaba, iba a parar directamente a determinados bolsillos, mientras al Perú, se lo llevaba la trampa. Y algo más.

Políticos de todo pelaje culpaban a Dreyfus de mantener un contubernio con Piérola, a fin de pagar mucho menos de lo debido, por la extracción y exportación del dichoso guano de nuestra desgracia.

Un país en bancarrota

En 1876, el país, se declaró en bancarrota, a pesar de haber creado nuevos impuestos e intentado concertar créditos que nadie, en su sano juicio iba a conceder a un Perú maltratado y contra las cuerdas.

Eso que llaman amor

Pero antes,- para estar a tono con la Historia- el amor había aparecido entre las brumas del caos y Don Auguste, se prendó de la bellísima joven Sofía Bergman, a la cual conquistó al antiguo estilo, llevándola al altar el 18 de agosto de 1862, en una boda rumbosa que contrastó dramáticamente con la situación que vivía el país, tema que se agravó por una repentina crisis europea.

Monsieur Auguste, tenía algo más de sesenta inviernos, en tanto Sofía atravesaba apenas las 19 primaveras. Al año siguiente, les nació una hermosa niña, pero…al mismo tiempo, los médicos pusieron crespón a tanta dicha, diagnosticando que la hermosa Sofía, era víctima de una avanzada tuberculosis, mal incurable por aquellos agitados tiempos.

El hombre creyó enloquecer ante tal noticia, pero habituado a enfrentar las grandes trapacerías del destino, agotó todas las posibilidades, consultando-al precio que fuera- a cuanto médico encontró en su camino, hasta que al fin, pareció alumbrar una centelleante estrella de esperanza.

Un cuento francés

Un laboratorio francés-siempre ha habido charlatanes en este mundo- anunció haber descubierto ciertas “inyecciones de oro”, las mismas que, siguiendo un adecuado régimen, curaban, en efecto “el mal de Margarita Gautier”.

El cuento se llamaba “Las Inyecciones de Oro Puro” y era más falso que cachetada de payaso, como ustedes podrán imaginar.

Y entonces, Monsieur Auguste, hizo los contactos necesarios y envió a Paris,-por barco, pues aviones no existían en aquellos tiempos-a su amada esposa y a su suegra, quien habría de hacerse cargo de la pequeña nieta, mientras Sofía tentaba el sinuoso, falso camino de la rehabilitación.

Un corazón destrozado

Y con el corazón transido por la pena, Dreyfus gastó una mediana fortuna, trayendo de Italia al famoso escultor francés, Monsieur Louis Barrias, quien a cambio de una importante suma, construyó en mármol rosa, el más hermoso monumento funerario del Perú y Latinoamérica. Un mausoleo, destinado a albergar en el piso inferior al propio Dreyfus, en tanto, en la cúspide, un tálamo marmóreo arrullaría para siempre el sueño de la mujer que más había amado en toda su vida, tan infeliz millonario.

Tres historias en una

Pero aquí, la historia se parte en tres. Como habrán podido imaginar mis amables lectores, el cuento de “La Inyecciones de Oro”, era más falso que la tesis que no hace mucho recomendaba utilizar los carozos de melocotón, como panacea contra el maldito cáncer. Y tal historieta se vendió por millones a costa de la falsa esperanza de atribulada pobre gente con dinero.

Don Auguste viajó a Paris, sólo para asistir a los minutos finales de su bella esposa y hubo de enterrarla provisionalmente en un cementerio galo, cuando le llegó la hora. Cuenta la leyenda que poco después, envió sus restos rumbo a El Callao en una nave que jamás llegaría a nuestras costas, o como afirman ciertos decidores, en altamar estalló una peste que obligó al capitán a “fondear” los despojos de la desdichada Sofía, en el inmenso mar. Nada se sabe a ciencia cierta.

Lo que si se da por certificado, es que poco después de la muerte de tan desventurada bella, su desesperado esposo, la siguió al más allá. Y aún hay quien afirma que si algún aventurero, se arriesgara a descerrajar el mausoleo vacío,-“pedestal para nadie” -que diría un poeta- encontraría allí cierta cajuela de sándalo que, aseguran, contiene las cenizas de ese amante desdichado y una apasionada carta, del hombre que en su locura de amor, prometió seguir al más allá, a la mujer objeto de su delirio.
En fin. Tanto en la vida como en la muerte, no hay misterios. Sólo hay cosas que ignoramos, mis incrédulos amigos… ¡Hasta Mañana!