Bar Queirolo: Tragos y estragos de la eternidad

 

Cada ciudad tiene un trago como distinción. Un Mojito en La Habana, un Chilcano en Lima. En la Bodega Queirolo del Centro de Lima se toma cocteles de pisco en todas sus variantes, Pisco sour, Capitán, Sol y sombra y cierto, Chilcanos. Se brinda con serenidad y estoicismo. El Queirolo es, como dijese Fernando Savater, un establecimiento como territorio en esencia materno y hospitalario. No le falta razón al vasco, sus parroquianos, limeños de conseja, necesitan de un temperamento fuerte, decidido, para no verse arrasados por esa maternidad aterciopelada y cruenta. En el Queirolo, el de Lima no el de Pueblo Libre que es de otra laya, se celebra el pacto honorable entre la convivencia artística y el bar. Los poetas y pintores, por ejemplo, lo sienten como reducto cálido contra la eslora y amenaza de la calle.

La ruta de microbuses Lima-Callao tenía su último paradero (o el primero, con los ‘micros’ nunca se sabe) en la esquina de los jirones Camaná con Quilca en el Centro de Lima. Al regresar de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos al mediodía le pedía al conductor que me dejase en la mesa diez. Era un decir. El vehículo lo apeaba a uno en la misma puerta del bar Queirolo. Si era verano ansiaba una cerveza helada, si hacía frío, mi tripa mayor me pedía un ron cardinal inaplazable. Pero era el olor lo que me seducía de manera feroz. El olor del Queirolo tenía de madera, de olivas, de memorias. Su puerta batiente lo sacaba a uno de la ciudad y lo introducía en el ojal del mito. Y el mito urbano de los bares habla de hechos remotos, hazañosos y alegóricos. Y el Centro de Lima está apuntalado por sus quimeras y leyendas. El envés de la cultura oficial. Lo clandestino cómplice, el reverso de la otra vida urbana. El mito es así, lo colectivo soñado, lo entrañable del pecado, el tufo, el cigarro, los cuerpos excitados, la confesión y el anecdotario más íntimo.

El Bar Queirolo del Centro de Lima, ya lo dije y hay pugna, no tiene nada que ver con La Taberna Queirolo de Pueblo Libre. El origen del apellido es genovés. En algún momento Génova fue provincia del Perú y de allí llegaron, en diferentes tiempos y de diversos puntos. Y aún no se inauguraba la Plaza San Martín, y a una cuadra calleja abajo, en 1914 don Victorio Mosto y su esposa Margarita Queirolo fundaban la Bodega La Florida, que luego se llamaría solo Queirolo. La casa de dos pisos tenía cinco puertas. La parte principal y la trastienda. La familia vivía en los altos. Lima era, con su santurronería más insigne, villa de la media voz y el chisme maledicente. En principio fue una suerte de pulpería, tambo o estanco. En 1933 Carlos Queirolo compra el lugar y le cambia de nombre. En 1958, su hermano Ernesto toma las riendas del sitio y desde 1966 cede la administración a su hijo Óscar Queirolo Mandujano, quien es el responsable hasta la fecha.

Con el Queirolo se cumplen los cinco requisitos de una cantina decorosa donde los parroquianos ilustres se conocen a través de la barra. Y la barra del Queirolo luce las cinco condiciones de reglamento: Un mostrador como confesionario o que simule el diván del sicoanalista. Un barmán tierno, culto y que sepa escuchar. Una coctelería atractiva donde gobierne el buen pisco. Una gama de piqueos y tempempiés de preferencia marinos. Y, lo más importante, un administrador que dé crédito sin mayores explicaciones. Aquello produce la sabiduría del codo que lo hace a uno distinto por ser militante del desprendimiento. Entonces uno es observador y ácido comentarista del todo. De los cariños más fieros, de los diálogos o susurro que se hacen teoría y praxis en la otra familia, la que uno encuentra en esa civilización que puebla los bares.

En el Queirolo además, se luce una escenografía neoclásica. Fotos de Jorge Verástegui al gran actor que fue Hudson Valdivia, otras al dirigente universitario Grover Gambarini y el mejor recuerdo del recordado Carlos Chino Domínguez, sus fotos como poemas del asfalto. Se añadieron también pinturas del gran Carlos Ostolaza y una galería llamada “Salón Hora Zero” en homenaje al movimiento poético más importante del siglo XX. Es que desde los setenta y hasta hoy, los jóvenes poetas de Hora Zero frecuentan sus mesas ya sea para escribir sus versos, inflamar manifiestos o elaborar pancartas y afiches para cambiar el mundo y la vida. Hasta antes, el Queirolo había sido sitio de bancarios y empleados públicos que pasaban sus horas en el juego de los dados y hablando puerilidades. Gracias al aporte de los poetas, hoy el Queirolo luce su sala para los recitales y exposiciones, tiene una excelente barra, conserva lo mejor de la cocina criolla y es lugar para un justo homenaje y apurar un buen pisco por quítame estas pajas.

Cuando se quiere tipificar al limeño se dice que es conversador. Esa tesis del citadino lengüilargo es falsa. Según la escenografía urbana, todos conversan pero el hecho que tenga la mano en la oreja a partir de los teléfonos móviles, es falaz. Sólo se conversa mirándose a los ojos, cuán distinto es hablarle a un aparato. Los celulares, en definitiva le han restado al limeño dilección. Por eso los bares y algunos cafés resultan los bolsones de resistencia contra esa mudez de Babel que nos convierte en sordos de solemnidad. Repito, el bar es el reducto o burladero cálido contra la agresividad de la calle. Pero debo parafrasear a Savater, en aquello que los cafés son de esencia maternal hospitalario: vr. gr.: sus asistentes necesitan de un temperamento robusto para no ser abrigados y anulados por esa aterciopelada matriz.

En la vicaría nocturna limeña que habita en territorios sonoros coexisten temperamentos fuertes y rebeldes para no abatirse por la aterciopelada inseguridad cruenta. Es así que la posmodernidad es harto inestable, un rubor efímero los traspasa de rumor. Lima es megalópolis mudable y versátil. Asiste a su tradición criolla, a su orilla provincial, a su vacuna voluble de lo foráneo, el apegó al canon templado del murmullo. Ya lo dije, los bares son aquellos campos electromagnéticos de las ciudades. Los hitos de la arquitectura que diseña los afectos. Así, el Queirolo se hace luminoso como un antro de las transfiguraciones. A veces, con el rito apoderado de los desolados. Otras con el magisterio de sus discursos de medianoche.

Con la cocina de Félix Gómez se mantiene la memoria de la señora Margarita Mandujano. Entonce viene el recuerdo del gran “Pachín”, los hermanos Palomeque. Qué personajes, como García y Pedro, los mozos con los que aprendí filosofía, dados, timba y la poesía cruel, de no pensar más en mí, parafraseando a E. S. Discépolo. Los que copamos su gran barra alucinada con trasfondo de licores y cocteles de toda laya hicieron que deje huellas con mis codos y mi cabeceo enamorado de la noche, los amores perdidos por flojo corazón y los amigos de venas trenzada y la conversa del verso cómplice que hizo del Queirolo la institución psicoanalítica opuesta a Freud.

Lima es megalópolis mudable y versátil. Asiste a su tradición criolla, a su orilla provincial, a su vacuna voluble de lo foráneo, el apegó al canon templado del murmullo. Digo de Lima urbana no de la nueva ciudad de playas al sur de sus horizontes. En la travesía por los bares de Lima para construir un catastro con los hitos que forjan las edades, las amistades y las soledades desde la perspectiva de las copas y el tour de la memoria, debe restituirse la institución del bar. Cierto, es aquella que forja su propio mapa sólo de acuerdo a las amistades, ese rol de los cariños sin BlackBerrys para los más entrañables amigos. Bares como anuncios de una vida con estaciones y rituales. Hitos de la existencia redentora. Templo del arrepentimiento. Clínica para recargar las palabras. Uno puede ser de El Cairo o Buenos Aires. Uno es su bar y su tiempo. En Lima o Río, los bares no son estaciones ni pretexto para perder la existencia, al contrario, son los espacios públicos para hacer digna la vida privada. Sólo los imbéciles no tienen bares en su memoria ni en sus ternuras. En el bar uno grita en semitonos regulables. Uno raja con sonrisas. Uno seduce enseñando los colmillos. Uno enamora como rezara a Santa Rosita. Uno espera a la amante que tarda porque está enamorada y eso es bueno para los amores contrariados mientras se pide el último Chilcano jamás café.

Ahora que observo el viejo edificio del Queirolo sé que con el hígado antes que con el corazón fui testigo de ese amor perdido. En el bar los parroquianos ilustres se conocen a través de la barra y la sabiduría del codo lo hace a uno distinto por ser militante del desprendimiento. Por ello el bar tiene el don de docilizar al indócil aun cuando el intolerante siga siendo intolerante. Entonces uno es observador y ácido comentarista del todo. De los cariños más fieros, de los diálogos o susurro que se hacen teoría y praxis en la otra familia, la que uno encuentra en esa civilización que puebla los bares. Lima escribe su destino en un bar. Esta, es parte de su geografía y me embriaga la emoción líquida de las ternuras.

Fue en el bar Queirolo el antro de la iniciación. Entonces el ron Cartavio era ese elixir del que hablaba el capital [de imágenes] de Groucho Marx. Vinces Davis, el poeta de Tumbes fue nuestro maestro del arte de la vida. Sus frases latigueaban rotundas. Ama a tu padre, detesta a los curas, cómprale un clavel a la vieja, nos decía. Amador Guimoye era el otro oráculo. Y cierto, uno aprendió filosofía, barrio y finta, y la poesía cruel de no pensar más en ella. Más allá, el bar Cordano era otra isla pero eso amerita otra historia.

Y en el Carbone conocimos a Vallejo, filudo y huesudo [Alejandro Romualdo dixit]. Antes, en el bar Zela de la Plaza San Martín sentí el tufo arrecho de Sérvulo Gutiérrez y con Felipe Buendía entendí porque Dvorak había animado a los arquitectos del bar del hotel Bolívar. En el Café de France, frente al cine Le Paris, conocí a Isabella. Por ella tengo un lunar funesto en mi costado izquierdo y, con César Calvo, en el Versailles, comprendí que todo es cuestión de tiempo. Ah, pero que sería de mí sin las noches en el América, con jazz intramuscular, hierba para el cerebro y un verso que se quedó en la última servilleta azul. Ya lo dije, los bares son aquellos campos electromagnéticos de las ciudades. Los hitos de la arquitectura que diseña los afectos.

Ante esta Lima del siglo XXI donde los espacios urbanos públicos son privados. Frente a esta Lima que es hoy urbe sexual de un mercado barato de la carne que ha forjado la pandemia urbana de los hostales. En la ciudad de los besos de parques míticos que habitan en la exclusión proterva de las rejas, la ciudad ha generado un sentimiento de lo “caleta”, aquel síndrome amariconado, esa filosofía de beata pecaminosa que espera esconderse en la 4×4 del gerente y una práctica de la tarántula, ese arácnido que abre las piernas para trepar. Ante todo ello, los bares son la salvación. Se asiste con tenacidad porque ya no hay lugar en este cielo citadino y si es de noche mejor. Su cultura vicaria remplaza al diván y al confesionario.

La Lima de Valdelomar o de César Moro o de Raúl Porras Barrenechea era entendida como una comunidad rigurosamente oral. El limeño era conversador y desparpajado, respetuoso y conchudo simultáneo. La lengua secuaz forjaba la metrópoli y no al revés. Hoy habitamos en el espacio contrario. La tramoya limeña de hogaño construyó un habitante silente, pusilánime y verraco. Qué hubiese dicho Ricardo Palma o Adán Felipe Mejía “El Corregidor” si nos vieran. Nada, que así como el burdel, el valse criollísimo, la picante oralidad limeña no existe más.