Benedicto XVI cumple 90 años

 

Fiel a su estilo de vida, seguramente el cumpleaños número 90 de Benedicto XVI pasará bastante desapercibido. Efectivamente, hay muchos otros temas en la agenda pública más candentes: Siria, Corea del Norte, atentados terroristas, casos de corrupción que atraen, lógicamente, el interés de las personas y la atención de los medios. No deja de ser providencial, sin embargo, que este domingo 16 de abril coincidan el cumpleaños del Papa Emérito y el Domingo de Resurrección, como también lo es que su aniversario sea discreto, como lo ha sido su vida.

Pienso, sin embargo, que con el paso del tiempo y el transcurrir de la historia poco a poco se irá engrandeciendo la figura del Papa emérito. Detrás de esa sencillez y esa modestia se esconde un gigante de la fe y la razón, al cual, con toda justicia, puede llamársele “el Papa Teólogo”. Un gran intelectual para tiempos borrascosos en la Iglesia y la humanidad.

Le tocó ser sucesor de un grande, de un Papa que dio un aliento nuevo a la Iglesia y la humanidad, inyectándoles esperanza. Benedicto XVI constituye el epílogo necesario de un gran pontificado, que marcó a la iglesia y al mundo. San Juan Pablo II puso fin a la crisis postconciliar en el seno de la Iglesia, y junto con Benedicto XVI (ambos protagonistas), puso en práctica la interpretación auténtica del Concilio Vaticano II. A San Juan Pablo II se debe en gran medida la caída del Muro de Berlín y una actitud crítica frente al permisivismo típico de la cultura contemporánea, evidenciando su catequesis que el hombre está hecho para algo más grande que la simple satisfacción de sus tendencias y caprichos.

A Benedicto XVI le explotaron los graves problemas que permanecieron soterrados a lo largo del pontificado precedente, particularmente la pedofilia y los escándalos económicos en la Santa Sede. Y el Papa Teólogo tuvo que gestionarlos, los enfrentó, les plantó cara, y puso los cimientos para su resolución, todavía en proceso. Si de alguna forma el pontificado de San Juan Pablo II fue un paseo triunfal alrededor del mundo, alcanzado su clímax en el Jubileo del año 2000, a Benedicto XVI le tocó lavar la ropa sucia que se había acumulado en casa, es decir, la labor más dura y desagradecida.

Si en la Divina Comedia Dante se equivocó al colocar a san Celestino V en el Infierno, junto a los inútiles, por la renuncia al pontificado, muchos ahora se equivocan al considerar a Benedicto un Papa de transición. Efectivamente ha sido el puente entre dos grandes, entre dos modos de vivir el pontificado romano que han renovado y revolucionado a la Iglesia, otorgándole, a pesar de la presión ejercida por el secularismo imperante, una nueva vigencia moral en la humanidad, siendo nuevamente un punto de referencia a pesar de los descalabros. Sin embargo, el magisterio de Benedicto XVI tiene el sello de lo clásico, de lo imperecedero; la marca de aquellas pocas y excelsas realidades humanas que el tiempo va engrandeciendo, convirtiéndolas en perennes. En vez de olvidarse cobran vigencia, se elevan por encima de lo ocasional, lo transeúnte, la moda y la fama efímera. El transcurrir de la historia no hará sino engrandecer el legado imperecedero del “corpus ratzingeriano”; la perspectiva del tiempo le dará su lugar adecuado, que ahora la cercanía nos impide reconocer.

Por ello, pienso que los buenos hijos de la Iglesia solo podemos mirar con agradecimiento a este maravilloso anciano que tan valiosa herencia nos deja. Queda el tesoro doctrinal de su enseñanza, siempre interesante, queda el valor y la caridad con que afrontó la crisis eclesial, queda su profundo amor a la Iglesia, que le llevó a quitarse de en medio, pensando que así servía mejor a Jesucristo, como en efecto ha sido. No es sencillo dar un paso al costado cuando se ocupa el lugar preeminente; el que Benedicto XVI lo haya hecho nos confirma, una vez más, que es un grande, por sencillo y humilde, y constituye a la vez el resello y la garantía de su amor a la Iglesia. Renuncia que ha sido premiada por Dios con el efecto Francisco, y que seguramente será para Joseph Ratzinger un timbre de gloria en la vida eterna, como lo fue para san Celestino V.