Cuento de brujas

 

Tal vez, usted se haya emocionado, con la edulcorada historia de Romeo y Julieta y -digo, si es algo leído- se haya asomado a lo de “Tristán e Isolda”, que tiene el feo matiz de una emasculación del galán, para sellar con sangre el eterno drama de los amores perseguidos.

Pero yo, que aprendí a escribir en la escuelita de la Srta. Monteodoro -pre terremoto cuarentero- y la también Srta. Béjar, ya en tiempos de Mapiri, sólo llegué a conocer de templaderas correteadas, gracias a la posición de una tempana casi suegra, que le daba las quejas a mi vieja y hasta apeaba a la tombería en su vano intento de impedir el calentón romance con mi primera -nolvidable- gila, que de todos modos se casó con otro, porque así es la vida que nos cuentan los libros.

Pero déjenme que les cuente, que no hay mejor libro que la vida real y que los callejones, -en su rol de amalgama social- han sido una verdadera enciclopedia de quemantes verdades para quien esto escribe y hoy les va a contar un cuento.

El escenario fue un pretencioso “solar”, ubicado en la cuadra diez del vilipendiado Azángaro y tuvo como protagonistas a la bella Elaida, su señora madre, robusta dama andina, ”Doña Jolia” anfitriona de paisanos y regenta de una venta de pollos en el Mercado de Guadalupe.

En la contraparte, debemos inscribir a “Panchito” eterno estudiante sanmarquino de cualquier cosa y a su señora “mother”, natural de Lunahuaná, que siempre gozó fama de bruja, que yo me negué a aceptar, hasta que en mi adolescencia, fui espectador de la historia que hoy es cuento.

Quien sabe debamos atribuir a la proximidad vecindaria, o a esas quisi cosas de la adolescencia, pero la verdad desnuda, es que Panchito y Elaida, resultaron templándose como violín de la sinfónica, sin dudas ni regañones, desatando –quién sabrá nunca porqué- las iras de doña Abelarda, experta en curar el “susto”, “amarrar mueves” y comunicarse -según se decía- con “El Príncipe de las Tinieblas”, que ustedes ya tasarán de quien se trata.

El romance volaba a mil por hora, en los requiebros del “lonja”, la eventual soledad de los dos caños y -a veces- el amparo cómplice de los baños sin candado. Pero tal cosa no le hacía ni pizca de gracia a Doña Abelarda, que de pronto, una noche, debutó como “Magaly Llonjera”, escribiendo al carbón sobre los muros silentes, una retahíla de agravios, contra su negada nuera y su voluminosa mami y rastrero refiló que encendió la bronca.
“Doña Jolia”, -que no tenía mucha carpeta- compró “al canje” la asesoría de uno de sus clientes “universitarios”, y retrucó con lo más nutrido se su repertorio, incluyendo un jaujino “supay pa guagua”, para que su eventual contrincante, fuera agarrando lo suyo.

Pero, como ustedes sabrán, en asuntos del corazón, lo más sabio es “no meterse”, conforme suelo aconsejar a un colega coetáneo, que pretende reprimir el romance que acaba de estrenar su hija quinceañera con un zambuco ambulante de “Gamarra”.

“Nel vea, pues, carreta”, -como decían los muchachones de mis tiempos-, el romance en cuestión fue creciendo a besos agigantados y la cosa avanzó ya nivel de valse Cavagnaro, mientras las dos mamis amenazaban sacarse los ojos y se decían “zamba canuta”, a golpe de mensajes de paredón.
En cierto capítulo de “esta apasionante historia que escribió la vida misma”, -como rezaban los avances de “Derecho de Nacer”- empezó a correr la bola de que los ardorosos enamorados “ya estaban en algodón” y que incluso estaban buscando “cuartel” en un llonja cercano.

Y ahicito nomás “saltó la bronca”. La “tía Abelarda quiso “trincar de las mechas” a Doña Jolia, regalándole un mitrazo a la volada, regalito que la gorda replicó a rodillazo y arañón de cara.
El match fue suspendido por intervención de Don Heriberto, -un vecino que era “tombo”- pero ambas contrincantes quedaron como se dice “con sangre en el ojo” y enrumbaron a sus respectivos “corners”, amenazándose cada quien en su estilacho.

Doña Jolia, anunciaba “denunciar ante la autoridad” y, extrañamente, la Abelarda, gritando “a ti te voy a enfriar los huesos a la medianoche”, lo que casi nadie tomó en serio, lo cual fue un dramático error, oiga usted.

Y así mientras los templados, ”estaban en cuchis”, como se dice ahora, un oscuro misterio empezó a reptar como culebra venenosa por los veintiocho cuartos del “San Antonio”.

Y yo sé que ustedes no van a creerme, pero de pronto, “cierta tarde fría y lloviznada”, Doña Jolia, empezó a temblar, como sacavueltera ampayada por marido pegalón y la tembladera se convirtió en fiebre y remató en huayco, mientras en el depa de la pretendida se escuchaba ciertos extraños roncos cantos y de sus semicerradas ventanucas, salía un aroma a ruda y azufre que empezó a preocupar al chismerío.

Casi a la media noche, Don Miguel, marido de Siñora Jolia, decidió tomar la bruja por la escoba y tras aventarse un “huaracazo saltapatrás”, invocó a los “apus” de su tierra y se mandó a tocar la puerta de los misterios.

Al tercer toque, le abrió Doña Abelarda, que conteniendo su mal modo, le disparó: “¿Qué quieres, tú? Y entonces Don Miguelito que siempre fue buena gente, desplegando sus mejores modales de ascensorista profesional, le dijo que ya pues. Que parara “el mueve”, porque su mujer se estaba muriendo entre “tiembla y tiembla”. La bruja apechugó el discurso y de golpe y porrazo, cortó el menú diciendo: “lo hecho… hecho está”… y un remate de gruesas lisuras impropias para el publicates.

“Siñora Jolia”, murió al amanecer y… para que no se la pierdan, su cajón elegantoso, fue despedido con un espectacular ritual a cargo de un “Mesayoc” andino, traído para la ocasión, por la doliente familia.

En el llonja, corrió la voz, de que la buena gorda, había muerto a causa de un rencoroso hechizo de su casi consuegra.

Los enamorados del cuento, se fueron a otro llonja en glorioso “servinacuy” y yo guardé este cuento en el baúl de mis recuerdos.
Pero si ustedes me preguntaran si sólo se trata de un cuento de brujas, yo les respondería. Nel. Es una de tantas historias que desde niño, me bordaron la vida. Y me ayudaron a no creer en brujas que puedan vencer la fuerza del amor encamotado… muera quien muera, mi estimado.