El corazón del “Hombre Lobo”

 

A veces, el ser “demasiado bueno”, en lo que uno hace, lo lleva directo a la tragedia, aunque usted no lo crea, ”my brother”. Y esto, podría valer en especial, para Lon Chaney padre, quien murió en 1930, tristemente célebre como “El Hombre de las Mil Caras”, a partir de entonces, sepultado bajo una lápida que no luce epitafio alguno, sin que nadie sepa porqué. Salvo que eso, contribuye a la leyenda de misterio que siempre rodeó sus actuaciones y parece haberlo acompañado en el capítulo final de esta tragicomedia que llamamos vida.

Resulta que Leonidas Frank Chaney, había nacido para el espectáculo, ya que sus padres -artistas de vodevil-, lo hicieron participar en pequeños papeles, desde que era un niño de ocho almanaques.
Lo que mucha gente ignora, es, que pasada la adolescencia, el jovencito que ya se hacía llamar “Lon Chaney” , deslumbraba con su apostura personal y su hermosa voz de barítono, interpretando entre aplausos, bellas canciones de Irlanda y la Gran Bretaña. Por entonces, estaba casado con una actriz celosa y conflictiva, cuyo apellido: “Creygton”, sirvió para que bautizaran –a la presbiteriana- al único hijo de ambos, poniéndole por segundo nombre, el “Leonidas” paterno, 1,920 y algo, en tanto, su único hijo tenía diez años que éste, finamente apocoparía en el “Lon” que haría famosos a padre e hijo.

Pero, volviendo al original, el hombre jamás logró que su talento actoral fuera respetado, hasta que hizo “El Hombre Lobo” para el cine mudo, firmando su primer contrato para “Universal Pictures”. Su carrera teatral -en cambio- había terminado abruptamente, cuando su escena cumbre, en un vodevil de Broadway, fue grotescamente interrumpida por su extraña esposa, quien presa de una crisis histérica, bebió veneno en mitad de la platea, armando un escándalo de película, oiga usted.

Jamás nadie pudo explicarse de dónde habría aprendido ciertas técnicas especiales, capaces de convertir a los villanos en héroes y a las ya, maltratadas aventureras del cine, en deslumbrantes estrellas, aunque tan sólo fuera por unas cuantas horas, si bien, su súper especialidad, eran los monstruos y los seres deformes y acosados por la desgracia. Los más experimentados maquilladores, estaban de acuerdo en afirmar que “Lon” era un genio, aún para las más endiabladas caracterizaciones. Y, de vez en cuando, claro, la productora le daba pantalla en algunos papeles secundarios y mal pagados.

Por ese entonces, corría ya, 1920 y algo, en tanto, su único hijo, arribaba a los 10 infantiles años, viendo a su cuasi famoso padre, estelarizar el primer “Hombre Lobo”, del cine mudo, al tiempo que empezaba a enseñarle algunos de los extraños secretos de la caracterización maquillada.

Poco después, el ya veterano actor, logró trabajar en su primer film “sonoro” sin mayor suceso y, más tarde, hubo de personificar a un millonario loco en el rodaje de “El Trueno”, película de rayos, misterio y pesadilla, experimentando al fin del rodaje, ”algo así, como neumonía”, que finalmente, se diagnosticó como “Cáncer pulmonar”. Tan despiadado mal, sin embargo, le dio tiempo para escribir una detallada autobiografía, a lo largo de la cual, explicó, que sus diversos personajes, como “El Jorobado de Notre Dame”, o el mismísimo “Hombre Lobo”, sólo pretendían demostrar, que, en el fondo de cualquier persona, al margen de cómo hubiera sido maltratada por el destino, podían palpitar hermosos sentimientos.}

Una postrer felicidad
“El Viejo Lon”, estaba casado en segundo round, con una actriz de reparto, que inesperadamente lo hizo muy feliz, durante los últimos tiempos de su gira artística, por este planeta. Y luego que lo visitara La Muerte, los cazatalentos de Hollywood, volvieron los ojos, a su joven hijo, que no sólo había heredado sus habilidades referidas al maquillaje y caracterización, sino también “ese infierno personal,que parecía vibrar en sus impresionantes ojos”, según preciso apunte de uno de sus biógrafos.

Lon Chaney Jr. vivió siempre solitario, retraído y misterioso. Frecuentemente recluido en una cabaña de piedra, que poseía en una alejada montaña, disfrutando la leyenda de su padre, gracias a la cual, protagonizó decenas de películas- del género terrorífico-, para la Universal y MGM durante largos años.

La gente, en general, le temía y el famoso columnista de chismes Walter Winchell, llegó a insinuar que este hombre “De las Mil Caras”, tenía tratos con Satanás. Lo cierto, siempre fue que su verdadero e irrenunciable convenio, era férreo e irrenunciable y lo había suscrito con la botella, lo cual, finalmente, le arruinó el hígado y propició un cáncer a la garganta, que finalmente, lo pasaportó al más allá.

Pero bien dicen que las verdaderas leyendas…en realidad…no mueren nunca.
Desde que partió, en 1941, “El Fantasma de Lon Chaney”, no ha dejado de asustar a escenógrafos y tramoyistas que permanecen en los estudios, fuera de hora y también a algunos jóvenes debutantes que se han atrevido a burlarse de esta historia.

Fantasía o realidad, lo que se dice, es que una gigantesca sombra de este hombre atormentado por misteriosos designios, lanza al aire una estentórea carcajada, que nadie sabe cómo explicar. Como si desde las tinieblas, se burlara olímpicamente de quienes viven a costa de vender ilusiones.

Vaya uno a saberlo. En cualquier caso, la duda corre a favor del cliente, ya que como siempre he asegurado, en estos casos, más sabe El Diablo, mi estimado….Y usted, puede creer, lo que más le entretenga, esta noche, antes de conciliar el sueño, por ejemplo.