El feminismo de Francisco

 

Durante su reciente viaje al Perú, algunas palabras de Francisco despertaron susceptibilidades en grupos feministas. Otros las aprovecharon para empañar lo que parecía un paseo triunfal del Papa ante una población inmensa que lo aclamaba. No podemos juzgar los motivos de las personas, y si su reacción se debe al prejuicio o la ignorancia. Lo cierto es que quien vea el cuadro completo no puede dudar de la genuina y oportuna preocupación de Francisco por la mujer, y lo infundado de estas críticas.

El escándalo se desató por unas palabras dichas a las monjas de clausura en Lima: “¿Saben lo que es una monja chismosa? Es terrorista, peor que los de Ayacucho hace años… Monjas terroristas no, sin chismes”. Sus palabras se calificaron de sexistas, de seguir el cliché según el cual la mujer es chismosa.

Pero viendo el contexto se pueden observar varias cosas: las monjas se ríen y aceptan la crítica constructiva, es decir, reconocen que les queda el saco. Además, la historia nos dice que grandes santas, como santa Teresita del Niño Jesús o santa Bernadette Soubirous sufrieron grandemente por estos chismes. Santa Teresa de Jesús, maestra y fundadora de monjas advierte contra este peligro. Es decir, más que de unos comentarios sexistas, se trata de las palabras de un pastor que conoce el público a quien se dirige.

Ahora bien, sorprende la indignación por estas palabras pronunciadas en Lima, cuando en Trujillo y Puerto Maldonado valora y defiende a la mujer y su misión en la sociedad. Pareciera que nos encontramos frente a un feminismo selectivo, ávido de críticas, pero incapaz de reconocer los valores en común. En Madre de Dios denunció valientemente la plaga de la trata de personas: “Permítanme detenerme en un tema doloroso. Nos acostumbramos a utilizar el término trata de personas… Pero en realidad deberíamos hablar de esclavitud: esclavitud para el trabajo, esclavitud sexual, esclavitud para el lucro. Duele constatar como en esta tierra… tantas mujeres son desvaloradas, menospreciadas y expuestas a un sinfín de violencias”.

En Trujillo denunció el feminicidio, el machismo y la violencia contra la mujer: “Quiero invitarlos a luchar contra una plaga que afecta nuestro continente americano: los numerosos casos de feminicidio. Y son muchas las formas de violencia que quedan silenciadas detrás de tantas paredes. Los invito a luchar contra esta fuente de sufrimiento pidiendo que se promueva una legislación y una cultura de repudio a toda forma de violencia”. También reconoció el papel imprescindible de las madres y las abuelas en la sociedad: “Pensemos en todas las madres y abuelas de esta Nación; son la verdadera fuerza motora de la vida y de las familias del Perú. ¡Qué sería del Perú sin las madres y las abuelas, qué sería de nuestra vida sin ellas! El amor a María nos tiene que ayudar a generar actitudes de reconocimiento y gratitud frente a la mujer, frente a nuestras madres y abuelas que son un bastión en la vida de nuestras ciudades”.

Más exhaustivamente afronta el tema en Amoris laetitia n. 54: “Deseo resaltar que, aunque hubo notables mejoras en el reconocimiento de los derechos de la mujer y en su participación en el espacio público, todavía hay mucho que avanzar en algunos países. No se terminan de erradicar costumbres inaceptables. Destaco la vergonzosa violencia que a veces se ejerce sobre las mujeres, el maltrato familiar y distintas formas de esclavitud que no constituyen una muestra de fuerza masculina sino una cobarde degradación. La violencia verbal, física y sexual que se ejerce contra las mujeres en algunos matrimonios contradice la naturaleza misma de la unión conyugal. Pienso en la grave mutilación genital de la mujer en algunas culturas, pero también en la desigualdad del acceso a puestos de trabajo dignos y a los lugares donde se toman las decisiones… recordemos también el alquiler de vientres o «la instrumentalización y mercantilización del cuerpo femenino en la actual cultura mediática»… La idéntica dignidad entre el varón y la mujer nos mueve a alegrarnos de que se superen viejas formas de discriminación, y de que en el seno de las familias se desarrolle un ejercicio de reciprocidad. Si surgen formas de feminismo que no podamos considerar adecuadas, igualmente admiramos una obra del Espíritu en el reconocimiento más claro de la dignidad de la mujer y de sus derechos”.

Ayuda tener a la vista el cuadro completo; unas afirmaciones se complementan y sopesan con otras. El “feminismo” de Francisco en realidad es una defensa de la “feminidad” como valor insustituible de la convivencia humana. Descubrimos en sus palabras una defensa, valoración y promoción de la mujer que no se deja someter o instrumentalizar por criterios ideológicos. Ahí radica su “pecado” y su falta de reconocimiento por quienes en teoría defienden y promueven a la mujer en la sociedad.

Francisco denuncia la violencia y la trata, verdaderos cánceres de la sociedad, pero el pecado que las feministas de corte ideológico no le perdonan es que reconoce y valora el papel de las madres y las abuelas en la sociedad, pues están más interesadas en defender una teoría que en proteger a la mujer real. Para el feminismo radical la maternidad es una forma de opresión; para la mayoría de las mujeres es una forma de plenitud existencial. En efecto, lo que nos hace felices en esta vida es amar y ser amados, y nadie ama tanto como las madres, ni es amado tanto como ellas. La maternidad es una forma de realización y plenitud humana, que muchas veces no es reconocida socialmente por la presión de lo políticamente correcto. Francisco pone el dedo en la llaga, y como todos amamos mucho a nuestras madres, el modo de desprestigiar su defensa de la mujer es sacar de contexto una afirmación suya calificándola de sexista.