El último cuento

 

Mi hermano “Piolín”, con su reconocida gentileza, me ha enviado por medios electrónicos una historia triste, cuyo autor, el reconocido hombre de letras de nacionalidad uruguaya Mario Benedetti, debe haber escrito, -se diría- al final de todos sus caminos, culminándola, bajo el título de “El Pacto Secreto”.

La historia testimonial, presenta al escritor, que confiesa 84 años, postrado por algún tipo de parálisis y, “asilado” en la casa de una hija que -al igual que su esposo- se refieren al autor llamándolo “Abuelo”, si bien, le prodigan todo tipo de las atenciones coherentes con su estado, aunque lo han confinado a sobrevivir sobre un sofá y ya al anochecer, sobre una cama que anticipa en su horizontalidad, el fin del viaje.

Cuando el viejo ha pretendido contar sus historias, ellos, en burla cariñosa le han notificado:”¡Viejo!…¡A ver si te dejás de pavadas! -la hija- El yerno, escuetamente le ha dicho: ¡Por favor viejo!…¡No tengo tiempo para oírte! -por lo cual-, el sujeto de la historia, ha optado por un pertinaz silencio.

-“Ellos creen que no puedo hablar y por lo tanto, paso mis horas en silencio, convencido de que nadie quiere escucharme. La verdad, es que yo puedo ir al baño sin ayuda, siempre que se trate de usar el lavamanos o el wáter. La ducha sí, es otra cosa. Para ducharme, necesito la ayuda de un enfermero que me visita una vez por semana. Con él intercambio algunas bromas, sobre todo, al momento en que me seca, por ciertas partes de mi maltratado cuerpo. Pero, al fin del asunto, él concluye su trabajo y se va, hasta la próxima.

Cuando contemplo, los atributos, finalmente ornamentales de mi vieja anatomía, no puedo evitar –percibir como quien sueña- el aroma de las mujeres que tuve.

Curiosamente, recuerdo, ciertas zonas de sus cuerpos, asociándolas a sus nombres. De sus respectivos rostros, he perdido la evocación. Sus rasgos, son ya irrecuperables para mí. Permanecen en el archivo –fragmentado- de la memoria, el sonido de sus voces, el fulgor de sus ojos, el contacto de la piel. En fin…casi nada….Pero, es mi todo.

Mi nieto, es otra cosa. Un día le dije dos o tres palabras y casi se desmaya por la sorpresa. “¡Abuelito…pero si tú puedes hablar!”-me gritó asombrado, obligándome a imponerle silencio con un gesto del índice sobre mis labios. Y luego -escritor como soy al fin- le propuse que no contara a nadie el descubrimiento. Y mejor. Que para asegurar su silencio cómplice, lo mejor sería que celebráramos un pacto secreto. Le encantó la idea y se proyectó inmediato al botiquín, de donde regresó apertrechado con una botella de alcohol, un paquete de algodón y una pequeña hojita de afeitar. Una “Gilette” de las de antes.

Ceremoniosamente, me hizo un pequeño tajo, más bien arañazo en la muñeca, para luego hacer lo mismo en su antebrazo. Luego entrechocamos las “heridas” al estilo sioux y juramos solemnemente guardar nuestro pacto en secreto. Y hay que imaginar, lo que significa eso, para un chico de doce años.
Desde esa tarde, mi nieto escuchaba fascinado cuentos, siempre nuevos, que yo estrenaba para él. Me prestaba atención cariñosa y no permitía que alterara el alma de cada historia, variándola en una versión modificada.

¡Que gloria para un viejo narrador, encontrar a un nieto que lo escuche con cariño!

– “¡No pues abuelito!…¿Cómo iba a correr el zorro, si se había fracturado una pata!- me cuestionaba. Y entonces yo, debía añadir que un hada bondadosa, había curado milagrosamente al astuto zorro, a fin de que lograra escapar de sus enemigos.

– Ahhh- suspiraba aliviado. Lo mismo cuando el anciano hechicero totalmente calvo, reapareció en un nuevo cuento, apaciguando una tormenta, mientras el viento agitaba su frondosa cabellera.- ¡Pero si era pelado, abuelito!- me corrigió mi oyente de inmediato.

– Y así marchaban nuestras conversaciones “secretas”.

– Hasta que una tarde, mi querido nieto, se apareció, enjugando una lágrima. -¿Qué es eso?-le dije.-“Un guerrero sioux, no llora nunca”.- “Es que, abuelito,- me dijo entrecortado- dice mi papá que si voy a ser médico, necesito saber inglés. Y por eso, me está enviando a un internado de Boston…por las vacaciones, y eso… para que empiece con el idioma. Debo partir la próxima semana… Por eso he venido a despedirme”- me dijo y largó el llanto apretándome en abrazo.

– Yo lo consolé inventando el cuento de cuando el bravo sioux se despide para enfrentar su primera batalla. Y le añadí que había perdido su cuchillo. Así lo hice reír…hasta que sentí que su madre lo llamaba. Salió de mi cuarto, haciéndome adiós con la mano.

– Al día siguiente, vino mi yerno y me dijo: “Sé que usted no puede hablar, abuelo…pero igual siente. Y sé cómo quiere a mi hijo, …su nieto, vaya… Y él, también lo quiere mucho a usted…Por eso, he querido informarle que él se va a estudiar el bachillerato y de ahí seguirá con Medicina. Todo en inglés. Lo va a apoyar un hermano mío que vive en Boston. El joven va a estar bien, en la casa de su tío. En fin, creo que no lo volveremos a ver…hasta un tiempo, digo, nosotros, la madre y yo… en cuanto a usted…Le pido resignación….. Bueno, eso es todo. Lo hago, por el futuro de mi hijo.¿ Comprende usted?-Me preguntó.

– Yo asentí moviendo la cabeza, pues alguien como mi yerno, no necesita saber que puedo hablar. Tampoco sabrá jamás, que los guerreros sioux….como los viejos narradores de cuentos, necesitamos llorar a solas…cuando nos preparamos para enfrentar a la Muerte…. Nuestra última batalla…cuando ya no tenemos por qué vivir. ..ni nadie que nos escuche.

– Y esa noche en su sueño final, el viejo narrador, montó su caballo de sombras y se perdió para siempre en el horizonte de los olvidos.. A lo lejos, aulló un coyote presagiando el encuentro de un valeroso guerrero, con el poder inmenso del “Gran Espíritu”.