El viaje del elefante

 

En mi lejana niñez, recuerdo haber leído la leyenda aquella, según la cual, los viejos elefantes, en trance de morir, emprenden un misterioso viaje, cuyo destino final, es un Osario, parada terminal de su longeva existencia y además tesoro soñado de los “cazadores de marfil”, que jamás lo encuentran, como la felicidad, la paz, el verdadero amor, que soñamos los humanos.

Ya en mi linda adolescencia, viví una noche de carnaval. bailando mambos perezpradianos y bolerachos pancheros, en cierto ornado pasaje de Cotabambas, donde danzaban las más lindas Colombinas que aluciné en mis sueños quinceañeros. Una de ellas -quién sabrá nunca por qué- me obsequió un pequeño elefantito de pretendido marfil, rematando un besito inocentón que se quedó en mi recuerdo, colgado a este pequeño talismán, que según ella me dijo: “te traerá buena suerte”.

Después de la noche aquella, el gracioso animalito, viajó colgado a mi cuello, por esas calles del mundo y recuerdo que rematando una sensacional bronca en Buenaventura-Colombia, lo toqué incrédulamente indemne, a pesar de golpes certeros y balazos erráticos. – “Tu talismán te salvó la vida”, me dijo la compañera de aquella noche.

Nunca sabré cómo ni dónde, pero lo cierto, es que el dichoso elefantito, se me perdió de pronto. Quizás, emprendiendo su misterioso viaje sin vuelta, al mandato atávico de sus antepasados vivos.

Pero resulta que, andando el tiempo, -años más lejos- una tarde, volví a Cotabambas de donde quizás no me fui nunca y mientras atisbaba el recuerdo, al fondo del callejón sin cadenetas ni quitasueños, una madura señora de ojos tristes, me alcanzó -otra vez, quién sabe-, un elefantito, quizás el mismo, que se alojó quieto sobre mi corazón cansado… donde han muerto ya, tantas cosas que alguna vez amé, mientras vivía el gozoso carnaval de la vida. Ella, se perdió en la noche ordenándome silencio, con un índice en beso, sobre sus labios marchitos.