José Antonio Bravo: El último limeño

 

Hace unos días falleció en Lima el escritor José Antonio Bravo figura esencial de la narrativa peruana. Esta crónica trata de recuperar al escritor y al maestro que junto a Reynoso y Gutiérrez también se marcharon este año.

Lo último que le leí a José Antonio Bravo no fue una novela sino una receta personalísima de cómo preparar el mejor Lomo saltado de Lima. Pepe Bravo –como le decíamos sus amigos luego del mediodía— estaba emocionado con un concurso de recetas familiares de la gastronomía peruana y su fórmula destacaba sobre otras por ingenio y suprema sabiduría. De estos días son mis cuentas del teléfono a su casa de Surco. Con Pepe Bravo conversábamos cada semana por horas. Y él, sabía todo, de arte, de novela, de música, de cocina, de fútbol, de boleros y, no tocábamos la política. No valía la pena. Pero el tema recurrente fue nuestra ciudad. Lima era y será la excitación de nuestra memoria.

Pepe Bravo fue hombre de mundo pero mejor amigo de esquina. Su Chorrillos juvenil –con cultura de edificio— era su pasión y su fuelle. En su galardonada novela Barrio de broncas exhibe una sapiencia de la gramática del asfalto que no se compra en la botica. Por ello su obra se entronca a otras esquinas como las que manejaban escritores casi contemporáneos suyos como Oswaldo Reynoso y Miguel Gutiérrez (curioso, recientemente fallecidos) o Enrique Congrains y Luis Urteaga Cabrera. Todos, deconstructores de la urbe y articuladores de la multiplicidad de voces de la calle.

En estos años, Pepe Bravo se alejó del tráfago público, solo vivía para leer y pintar. De esta última década no hay registros mayores de acto popular con sus señas. Por ello ya no lo invitaban ni lo entrevistaban y las nuevas capillas literarias ni se acordaban de él. Salvo un par de amigos y uno que otro crítico, reconocieron el valor que representó en la literatura peruana, un escritor de sello personalísimo en una época de estridencias y “moñas” propias del flácido circuito literario local. Eso lo supo Pepe Bravo y aceptó su destino. Él fue maestro, creía en su arte, le importó entonces un pepino que lo trate de divo y siempre creyó que sus obras serían reconocidas con la modestia admiración que merecen aquellos creadores de conducta e integridad ejemplar.

La poeta Charo Arroyo lo recuerda por los años setenta cuando una noche de esas tantas que se encontraban con los amigos en el Café Tívoli del Centro de Lima, a Pepe Bravo se le ocurrió invitarlos a Agua Dulce porque esa era su playa de Chorrillos y felices, todos eran jóvenes y todos estaban enamorados, y calatos y ardientes se metieron al mar y hasta la madrugada y así lo recuerda corriendo hacia el océano. Los años maravillosos en esa Lima serena y convulsa a la vez que amaba a sus hijos. Charo Arroyo ahora me está contando: “Una vez en su casa vi un cuadro muy bueno y le pregunté de quién era, mío me dijo, empecé a pintar porque quería tener cuadros y no tenía plata para comprarlos”.

José Antonio Bravo fue pintor desde que en la en la escuela fiscal 488 de Miraflores tuvo como profesora a la pintora indigenista Teresa Carvallo. Ella lo animó a realizar su primera exposición en 1963 en la Asociación Cultural Peruana-Británica del jirón Camaná. “¿Pepe Bravo? Sí, es un niño con ojos asombrados mirando el infinito. / Pepe junto a mí en el patio florido del colegio revolviendo colores, buscando a través de la forma su expresión estética” Luego José Sabogal se enamoraría de una pintura de Santa Rosa de ese niño artista precoz y admirable con una riqueza de color y cuánta ternura ¿Quién es el artista? Preguntó Sabogal. El nombre del pintor es Pepe Bravo, le dijeron y así comenzó una amistad perdurable.

Ahora ya está en la universidad de La Cantuta. Ahí vive y estudia o al revés junto al pintor Jesús Ruíz Durand y tiene como maestros a Luis Jaime Cisneros, Luis Alberto Ratto, Oswaldo Reynoso, Luis Hernán Ramírez, Washington Delgado, Manuel Moreno Jimeno. Entonces ¡Cómo no iba a salir buen escritor! Ya en 1960 publica los poemarios Tristía (1960), La torre agónica (1963) y la antología publicada en México, Fragua la sangre (1966) junto a Luis Enrique Tord, Arturo Corcuera, Heraud y Julio Ortega.

Debo confesar que conocí a Pepe Bravo esa noche del verano de 1971 en la casa de José Benavides en La Colmena y frente al cine Le Paris. Benavides había invitado a Julio Cortázar y todos los amigos –la mayoría poetas—que poblábamos los cafés, bares y galerías del Centro de Lima llegamos en tropel. Ahí estaba el flaco argentino hablando como argentino hasta por los codos y conversamos hasta medianoche. Pepe Bravo entonces sintetizó la charla minutos luego en el bar América de frente al hotel Bolívar. Era pues una explicación arbórea, densa, ilustrada. Pero era también la lucidez del joven maestro.

Otra de las facetas refulgentes de Pepe Bravo era la forma en que dirigía sus talleres de escritura. En 1983 asistí al taller de narrativa que junto a Antonio Gálvez Ronceros dirigían en la Universidad Nacional Mayor de San Marcos. Era una dupla jodida. Bravo se ocupaba de lo formal, de la técnica, Gálvez de la troncha, de la sensualidad de las palabras. Ambos rigurosos, detallista, empeñosos y profundos. Yo ya era periodista en el Diario Marka y terminaba mi carrera de lingüista y ese dúo me hizo cambiar de forma y estilo. De aquellos ejercicios inolvidables solo queda la gratitud y el ejemplo ético que me refregaron amablemente para asumir el reto del escritor con coherencia y honestidad.

Con los años lo volví a frecuentar solo para conversar y tomarnos unos vinos. Pepe Bravo siempre tenía tiempo y yo no era tan jodido para quitarle su privacidad. Y conversábamos de lo distinto y de lo similar. Entonces circulábamos por Lima. Y él siempre se refería a su familia, a sus rutinas, a sus afectos. Nuestra ciudad fue ese pretexto para entender el origen de porque éramos así. Y salíamos de noche imaginariamente para recordar a los amigos del Café Viena, los otros del Versailles de la Plaza San Martín. Entonces era la bohemia densa, aquellas ceremonias en Lima donde los amigos y conocidos llegábamos a una mesa para aprender y para enseñar. Y Pepe Bravo enseñaba, por viejo y por sabio.

En esos años también es actor. Entonces frecuenta La Cabaña donde hay furor por el teatro. Así, sin drama, ya lo vemos en la obra Té y simpatía, dirigido por Emilio Galli en al lado de Hernando Cortés y Dalmacia Samohod. Pero también escribe pequeñas piezas como Karpat y El orate que se pone en escena en el auditorio de Radio Mundial. Luego viaja a México y sus obras se montan en el Teatro Antonio Caso, bajo la dirección de Ricardo Díaz Muñoz. De ese viaje salta a Europa. Luego está becado en Francia y en España y retorna por lo Estados Unidos.

Rebelde diplomado, fue periodista singular. A principios de la década de 1980 con el retorno de la democracia, Pepe Bravo fue nombrado director de la revista cultural Cielo Abierto (32 números, febrero de 1979 y junio de 1985). Aquella fue una revista singular patrocinada por la Empresa Minera del Centro del Perú, Centromin Peru, a caballo entre las artes y la ciencia. El poeta Fernando Obregón recuerda también a Bravo de periodista en esos años cuando llegó a la dirección del diario Correo, un episodio que él no recordaba con agrado por el trajín del folclore político del segundo belaundismo. Entonces él prefería recordar que fue el otro narrador peruano publicado por Seix Barral, en los años del boom literario, aparte de Vargas Llosa.

Paradójicamente Pepe Bravo no era limeño porque había nacido en Tarma. Maynor Freyre le preguntó si era cierto: “Fue casi una invención de mis padres, pues aunque yo nací efectivamente allá el 23 de noviembre de 1937, el 15 de diciembre ya nos estábamos viniendo para Lima y nos quedamos aquí para siempre. Lo que pasa es que como mi papá era profesor de matemáticas, consiguió trabajo allá, donde también nació mi hermana”. Desde esa vez vivió entre Miraflores y Chorrillos, sintiendo Lima, viviendo y muriendo en Lima.

Pepe Bravo escribía ensayos que luego se convertían en novelas, a la manera de Umberto Eco, tal cual José Saramago. Sus novelas Las noches hundidas (1968), Barrio de Broncas (1971 y 1972; Buenos Aires, 1974), Un hotel para el otoño (1977), y A la hora del tiempo (Barcelona, 1978), son eso, enormes murales de la cartografía del relato urbano. Y estaba triste en estos días. Lima ya no era Lima. Y esa muerte ciudadana fue su escritura final.

TESTIMONIO

(Tal como se lo contó a Héctor Velarde)

“He escrito en bares aunque más exacto sería decir que he tomado apuntes. El oficio de escritor exige muchas horas de trabajo y concentración a diferencia de la escritura poética que puede ser una iluminación. Por ejemplo, mi libro Las noches hundidas fue escrito sobre todo en servilletas, en papeles de carta doblados en cuatro, que podría meter en el bolsillo fácilmente. Entonces iba mucha al café Palermo, al Chino-Chino. El hijo del dueño, de este último, nos invitaba en la noche a comer mariscos que sobraban. Allí iba con Eleodoro Vargas Vicuña, Antonio Gálvez Roncero, y una vez con Julio Ortega, que no quería ir porque decía que en ese lugar estaban “los chicos malos”. Sin embargo, todo fue muy amable y cordial.

Había un lugar en Miraflores, en Benavides, llamado De Piu que acaba de cerrar. Un día fui y estaban vendiendo todo, hasta la caja registradora, compré una mesa y dos sillas. Me encantaba la sopa de cebollas que preparaban. Ese lugar lo elegí como mi lugar, mi café, mi espacio, mi rincón. Casi todos los cafés, bares y restaurantes que he recorrido cerraron. Es decir, tendremos que apurarnos y tomarnos todas las cervezas y comer todos los platos posibles.

Al Cordano, al Superba y al Queirolo íbamos poco. El Cordano quedaba muy lejos de nuestros predios. Pero de vez en cuando me reunía ahí con Martín Adán, para luego irnos a media cuadra a una café japonés. Martín Adán no me llamaba por mi nombre, me decía Dr.Bravo, y yo lo trataba de usted. Cuando me aproximaba mucho le decía Don Rafael.

Martín Adán tomaba siempre una cerveza, pero provocaba en ocasiones unos silencios enormes. Yo lo acompañaba con una cerveza o una Coca Cola. Su mirada se perdía. Tenía al genio delante de mí. Podía pasar una hora y no hablaba, para de repente prender un cigarro. Un día le pregunté, cuál había sido de Travesía de extremares el poema más difícil de escribir y él me dijo: Declamato. Y agregué: ¿cuánto tiempo se demoró en escribir “esa poesía? Él me dijo, algo perturbado, la poesía no se escribe, uno está en poesía. Cada vez que se la escribe se la profana. Él estaba en poesía. Desde entonces supe a donde iba cuando desaparecía.

También salía con Humareda, a comer o al almorzar. Había un restaurante frente a la pollería Bransa, llamado América. Allí íbamos los viernes y sábados, también al Palermo, al Versalles y al Viena, donde comíamos tallarín saltado con carne. Nos servían en plato hondo, con dos panes y mucho aceite. Una “cama” extraordinaria para pasar la noche. Estábamos alertas y podíamos responder a los gratos requerimientos de las mujeres que compartían con nosotros la bohemia. También vendían un bistec apanado que parecía jamonada. El tacu tacu le encantaba a Humareda, siempre montado, con huevo frito y u té caliente.

Martín Adán y José María Eguren, que apenas si salieron de Lima, tuvieron una forma distinta de ver el mundo, otra forma de enfrentarse a él. Ellos fueron poetas de rincón, de espacios pequeños, pero superados enormemente por su capacidad creadora. Cuando lees el verso: “La niña de la lámpara azul”, te transportas a un país lejano que abarca un mundo mucho más grande que la vida del poeta. Ves al hombre en el cosmos, enfrentado a la eternidad. Para mí Martín Adán y Vallejo están al mismo nivel, lo que pasa es que Vallejo se puede leer con más facilidad, sus metáforas son intuitivas.

Si he descubierto imágenes entrañables en los libros y he ido a su encuentro. Pues he viajado 18 mil millas para ubicar un sitio, me estoy refiriendo a la región de Ávila en España. La novela que me impulsó a escribir, la que me dijo “oye compadre escribe”, se titula “La gloria de don Ramiro”. El autor es Enrique Larreta, argentino de finales del siglo pasado. Él se fue a este lugar de España, alquiló una casa en Ávila, llevó sus libros a esa ciudad, vivió allí 12 años. En su obra habla del amanecer de Ávila, de sus piedras, de su ciudadela amurallada, que cierra sus puertas en la noche. Habla del rosado amanecer, de los colores sepia de las rocas, del canto de los gallos y del movimiento y murmullo del mercado. Todo eso lo quería vivir, conocer. Entonces, le dije al guardián que quería pasar la noche en la muralla para ver el amanecer. Y me dijo: señor, hace mucho frío. Los vientos egeos llegan muy fuerte, no importa le dije. Me pasé toda la noche en esa muralla, escuchando el canto de los gallos y el murmullo del mercado que hasta esa época sonaban tal como los imaginó Larreta”.