La primera palabra vale

 

Cuando era estudiante en una escuela fiscal de Cangallo, en las discusiones que se armaban mientras jugábamos con “daños”, que era como denominábamos a las canicas o bolitas de cristal, éramos respetuosos de “la primera palabra vale”, es decir no había lugar a equivocarse.

No habíamos leído en ese entonces a Aristóteles (ni sabíamos de su existencia), y pese al tiempo transcurrido, parece que tampoco lo ha leído el ex presidente Alan García Pérez, que hoy trata de explicar y desdecir lo que ya dijo: que tenía infiltrados en el Ministerio Público que lo mantenían informado de todas las acciones que hacían los fiscales del caso Lava jato.

“Primera palabra vale”, decíamos en esa infancia pueblerina, que en términos aristotélicos significa que uno es esclavo de sus palabras y dueño de su silencio, algo que también repitió Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis.

Es que la viveza le sale por los poros al es presiente García Pérez. Es su ese ego que supera todas las reacciones de su vida. Ha olvidado, y siguiendo la línea de gran filósofo griego, que el hombre sabio – y los políticos lo deberían serlo y más aún, los que ganan 100 mil dólares por conferencia – que nunca hay que decir todo lo que se piensa, pero si pensar antes de abrir la boca y soltar unas palabras para los titulares o usar el twitter escribiendo sin pensar.

Y este es un serio problema del ex presidente. Sus frases célebres, no por el mensaje constructivo, sino porque esconden las malas artes de la política, van quedar en la memoria de los peruanos, como aquella que le dijo a Jaime Bayly: “la plata llega sola”.

No está hablando se sacarse la Tinka, ni de ganar cien mil dólares en una partida de póker, como confesó una de las hijas del dictador. Está señalando que hay un dinero que se nueve en las esferas empresariales, destinado a contentar y mejorar la vida de quienes ejercen el poder. Si, a ellos, la plata les llega sola, pero, ¿a cambio de qué?, es la pregunta.

Por supuesto, el ex presidente está rodeado de personas que le rinden pleitesía y están dispuestos de sacrificarse por él. Mantilla fue uno de ellos, pero estando en la cárcel, los dirigentes apristas lo iban a visitar y le daban todas las consideraciones. Rómulo León, en un arrebato, lo señaló como responsable, pero después calló y consiguió que se investiguen a los chuponeadores y no a los chuponeados y el tráfico de influencias en Perú Petro. Salió libre.

Como siempre, los aduladores están atrás, porque así medran del poder. Son piezas descartables, que se pueden usar, remover y dejarlas cuando ya no sean útiles. El adulador se siente alagado en el maltrato y no se inmuta. Son hombres de poco valor que se sacrifican, aceptando que los llamen ratas, como lo hicieron los implicados en los petroaudios.

Por supuesto, que es el señor de los discursos que encandilan a las gentes. Pero los discursos, son palabras que se las lleva el viento y el papel soporta todo. Son las acciones las que mandan, y eso es lo que está en evaluación en la Fiscalía.