Las chicas del “Golden Gate” (II)

 

En una columna anterior me refería a la historia de las bellas y muy jóvenes “Golden Girls”, chucas que alborotaron los años 60’s, “jugando al amor”, a cambio de un regular dinero. Sin embargo, tras ese irresponsable juego, estaba -quién puede dudarlo- la peluda mano del Diablo, que no sólo enredaba amores clandestinos, con toques de celos, ilusiones derrumbadas y coqueteos con la muerte… que a veces se convertían en tragedia.

Pero lo más triste es, que esfumadas las “Golden” y sus historietas… la Historia… la solemne, cruel y verdadera… parece repetirse de vez en cuando. Volvamos a lo nuestro… en lo que soy asaz diestro.

Los juegos peligrosos

Sobre la muerte de Nancy Centurión, bien podría decirse, que no hubo mucha publicidad, para tan triste evento. Los familiares de la occisa, optaron por un discreto entierro en el recién estrenado Cementerio “El Ángel”. Las investigaciones, fueron más bien someras y hasta se diría que prefirieron no molestar demasiado al “novio”. Joven de nueva familia, oiga usted y, considerando que éste ha sido siempre el Perú, así es la vida y al fondo hay sitio, como dice el triunfador Teve-filósofo Efraín Aguilar, para que no te la pierdas, primito.

Antes de quince días, el caso, estaba tan enterrado, como la casquivana Nancy que en olvido duerma. Pero, como diría un viejo brujo, que es mi pata: “los fantasmas son traviesos y… en cualquier momento, pueden darnos un sustazo de la gran seven, regresando para hacer el reprise de cualquier anciano cuento”.

Treinta años después

Más o menos, treinta años más tarde, Marita Alpaca, “entretenida” de un desaprensivo banquero, fue empujada a través de la alta ventana de un lujoso hotel y sólo el empeño de unos cuantos periodistas-Armando Campos y este escribidor, entre otros poquicuantos-, logró esclarecer las verdaderas razones de su último, vertiginoso viaje, a la compasión, o a… la nada.

Y como en un cuento del “Tayta” Jorge Luis Borges, la bella muchacha que enloqueció por amor, sólo murió para que una antigua historia se repita.

Por fortuna, o por gracioso guiño de eso que llaman Destino, las “novias” que a mí me tocaron en suerte por aquella turbulenta época, sólo llegaron al teatro de las pastillitas bamba y los arañazos en la muñeca, para apretarme con el truco del suicidio.

Quizás, mi buena suerte, se debió también, a que el “Cinco y Medio”, siempre funcionó en primer piso y -como se sabe- yo siempre he sido un tigre en cuestión de palabreo. ¡Hasta mañana!