Los amores y el idioma

 

Recuerdo como si fuera ayer, la carita agestada de un “terrosquín”, dibujante, que en una reunión de directorio-mientras yo ejercía como Director de un olvidado diario- dijo: “César Augusto, no conoce las expresiones populares. Se quedó en la replana de los valses”. Algo para reírse. El citado titiriti, jamás habría hecho el Servicio Militar, -como yo si lo hice- “Glorioso Regimiento” “Húsares de Junín Numero 1”, voluntario, porsiaca, jamás habría palomillada en el bravucón Mapiri, ni habría boxeado a las órdenes de don Juan Álvarez Alarcón, ni del súper-campeón Angel Bernaola “El Chico de La Victoria”, ni habría de leer jamás “La Evolución del Idioma Español” del gran Gabriel Miró- cuya obra sólo podía frecuentarse diccionario en mano, ni por supuesto tendría jamás el “Cayetano” que me enorgullezco en ostentar, ni la cantidad de libros que ya para entonces, había leído. Simplemente este amanerado Chibolín, creía –como mucha gente cree- que es sumamente fácil ser director de un diario, soñaba -como algunos de mis detractores- con reemplazarme en el cargo. Y en cuanto a jerga, argot, caló, “smog”, lunfardo y tras gracias, yo soy, lo que podría calificarse de erudito, conforme lo reconoció un respetado paladín del idioma, editorialista de “El Comercio” que en un grato desayuno en el viejo “Raymondi”, se animó a agasajarnos. A mí y a mi hermano ausente Arturo Morales Raimondi, redactor de “El Comercio”, el diario más importante de Latinoamérica”,- conforme solía presentarse-. Nuestro querido “tío” oferente del convite, dijo en cierto momento: “como ustedes bien saben yo soy caballero de la lengua, consagrado por la Real Academia”, a lo cual, el irreverente bromista que era Arturo, respondió: “nosotros todavía no, porque somos muy jóvenes”,- gatillando nuestra sonora carcajada.

Pero volviendo a mi gracioso atacante, que me calificaba casi como ignorante, en el dinámico fluir de nuestro idioma popular, Yo, socarronamente, me dediqué a buscar y encontrar, un “machote” elaborado por el mentirosillo de pacotilla y, en la siguiente reunión lo puse sobre el tapete, motivando una carcajada general, ante tan pueril huachafería. Encima le saqué la lengua a tan pintoresco -y pinturero- rival, para que aprendiera a jugar a la intriga. En especial, chocando con un dicharachero humorista como  siempre ha sido “mi menda”. (expresión romañoli que quiere decir: ”yo mismo”).

Y recordaba la anécdota, hace unos días en un almuerzo familiar, al tiempo de analizar la dinámica evolución idiomática que manejamos los que de verdad somos periodistas y  no turroneros o cosa parecida.

Y entonces, para diversión de mis parienticos, empecé a citar ciertos “embelecos” de “la fabla amorosa”, que es moneda corriente del “chamullo romanticoso”.

Antiguamente, en tiempos del “Bar Chicha”, a la enamorada se le llamaba limeñamente: “Mi  Chica”. Lo cual evolucionó a “enamorada”,  “costilla”, “chelfa”, camote y otras variantes y modismos, que no aguaita la Dra. Hildebrandt, a pesar de su diccionario de peruanismos.

A nivel de zambería, se dijo también “Mi feligresa” y poéticamente “la que me quita el sueño”, o  “el sueldo”, según casados renegones.

A nivel malevo, se decía “percanta” y también “cusifai”, y -según creo- ya a “la vulgata”, se le nombraba “pellejo”, grosería en la cual, jamás he incurrido.

Respecto al escalamiento del romance, mi hijita “Agatha Lys”, recordó que a los exitosos serenateros del ayer, sus futuros suegros, lo recibían “en la sala”, bajo el tupé de “enamorado consentido”, lo cual brevetada al “peoresnada”, a sentarse en el sofá, jugando al tute con su doncella, mientras la aspirante a suegra, fingía tejer sentada en sillón fronterizo, vigilando los acontecimientos, hasta que vencida por el cabeceo, abandonaba la cancha, mientras los “templados caramelosos”, hacían lo de siempre.

Mi íntimo, el profesor “Zandróx” me contaba que su aspirante a suegro -un consagrado futbolero-. Solía estridar un silbato de árbitro, señalando que “la visita había cncluido”, lo cual, cierta noche, motivó una espantada del ardoroso galán de su futura –y amadísima- esposa, olvidando en el “espetaperros”, una remolona  culebra que el “Profe” usaba en algunas de sus presentaciones callejeras. Al día siguiente hubo que llamar hasta al patrullero, para conjurar el roche y proceder a reenjaular al juguetón ofidio inofensivo pero atarantador.

Bueno, pero abreviando -como dijo el caballo- en otros tiempos, el “consentido” debía -a cierto plazo- proponer “la dada de aros” y luego “fijar fecha”, para el consabido casorio, confusión de eventos que motivó a mi broder “Punto y Coma”, que se había quedado “jato” a media jarana –siendo el encargado del discurso a nombre de “los amigos del novio”- a medio despertar para decir estropajosamente: “Los declaro marido y mujer”, desencadenando una brinca de los diablos, con sospecha de embarazo y un ojo negro del pretendiente, porque el suegro no entraba en vainas.

Y para cerrar el viaje, hoy se dice de quienes recién “están en algo”, que sólo “están saliendo”. Más adelante las “Magays” de barrio, chismearán que “ya están en cuchis” y si acaso no llegarán a más, por “arrugue” de la chibola, o “falta de trapío” del feligrés, se dirá que “quedaron en pinkys”… Aunque, mi estimado, yo sé de “Pinkys con derechos”

Otros “con remembers” y finalmente, unos más  que se mandan en una  “Al Vivis”, que es como por ahora se llama al “Servinacuy” acriollado. Y decir que yo no manyo el estofao. ¡Un pañuelazo a ese mal recuerdo!

Ay, como desprecio desde el balcón de mi indiferencia a ese infame coliflor, que ahorita “hace la lleca” en sus noches de “San Martín”. Hasta la próxima.