Los trece del mantel

 

Era una noche lluviosa, ata para contar historias y yo acababa de actuar en  “Entre Jekill y Hyde”, una puesta en escena brotada del  talento de mi polifacético hermano ausente, Felipe Buendía, que me hizo conocer el Paris bohemio calle por calle, a fuer de relatarme sus desventuras de estudiante sin dinero en una ciudad sabia y despiadada, donde pudo aproximarse a los grandes de la literatura, a costa de arriesgar la vida, bajo el azote de un despiadado hielo, sumado al hambre y el desamparo. Cuando finalmente logró el retorno, gracias al amor de su señora madre y a un innegable milagro del Padre Urraca,reincidió su búsqueda de fama, a través de la creación indetenible, pintando, escribiendo, haciendo teatro y, consagrándose, según mi socorrido  ingenio como “El Cassius Clay de la poesía peruana”.

La noche de autos, estremecimos el auditorio de la antigua “ANEA”, parodiando la aventura de  Robert Louis Stevenson, cuando quiso asomarse al doble misterio que todos llevamos dentro, algo capaz de convertirnos en apacibles sujetos, que al reclamo del poder sombrío, podemos trocarnos en abominables criaturas del Mal, capaces de cualquier locura.

Nos aplaudían cariñosamente, los más brillantes bebedores de la bohemia, encabezados por Sérvulo Gutiérrez, el pintor Max Braun, el poeta esotérico Jorge Pool, el escultor Guzmán y un travieso imitador de Felipe que sabía sacarlo de sus casillas, haciéndole prometer: ”uno de estos días, estrangunlo a esta sabandija”. – Se había sumado a tan bullente elenco, una bella francesita pelilarga, ataviada con la boina de los existencialistas de aquel invierno.

Se decía de ella, que era poetisa y además, generosa y pródiga en materia de amores, siempre que uno consiguiera interesarla.

En fin. Alborotamos las calles, desparramados en uno o dos automóviles-los que cupieron-en tanto, los demás, llegaron a su modo, desde cuadra tres del jirón Moqegua, a un desvelado bebedero que se ubica en esquina fronteriza a las catacumbas de San Francisco, donde no siempre duermen aterradoras momias cuatrocientos years old, como se diría en fino whisky Chivas, que esta Navidad me ha sido ingrato.

El citado local no duerme nunca y hoy como ayer mantiene el corazón abierto a tantos poseídos por los demonios del ate y el insomnio, como puedan refugiarse en sus mesas sin secretos.

Así sueño viviendo, vimos reacomodarse cuatro mesas a fin de instalar a nuestra turbulenta tribu de “eternamente jóvenes” que no creíamos ni en la muerte, ni el olvido.

Recuerdo que el buen Sérvulo Gutiérerz, aún con dos “capitanes más bien Mayores” a bordo, reparó en que éramos trece, número de la magia y los temores, pero nadie, naturalmente se alarmó. Más bien, el genial cholo “puro de Ica”, sugirió que reprisáramos “La Última Cena”, con tragos y todo, ubicándose en ventaja, al centro de la súper mesa, protagonizando nada menos que al Maestro, en tanto, los demás, en atribulado cachondeo, nos repartíamos los demás roles, a la buena o al champazo. A mí, en mi condición de veinteañero, me tocó a la bomba nomás- hacer de San Juan–“Discípulo Amado”, que le dicen- instalándome en tal virtud-o a falta de otras- a la diestra de Sérvulo, que gozaba a todo forro, presidiendo la vaina.

Finalmente, al pintorzuelo pacharaco que enfurecía a Felipe,, le cayó el Judas como bacinicazo en  Semana Santa y “alguien” lo ubicó en la punta de la mesa. Y como no podía ser de otro modo, el provocador Pepe Bracamonte, soltó una tesis  según la cual y analizando el famoso lienzo de Leonardo, quien se apapacha al lado del Más Más de la final pachanga, no es ningún discípulo, ni la gata viuda, sino la hermosa María Magdalena, que según ciertos sacrílegos, contrajo nupcias con El Redentor, en las festejadas “Bodas de Canáa”, apoyando esta teoría en el hecho de que en el citado vacilón, los apóstoles-en su momento- acudieron al Señor, Para manifestarle que con tanto “mangón” a bordo, se había acabado el trago. A lo cual, el Maestro Jesús, que no andaba en remilgos a la hora de hacer milagros, trocó algunos porongos de aguaruna en un vinoco de Galilea, que puso la jarana en punto de caramelo.

Loa tragos iban y venían y nadie se entendía con nadie, ya que todos hablábamos a la vez, hasta que Sérvulo dijo: “Esto hay que perennizarlo”, y así diciendo, extrajo de variados bolsilos, toda una gama de Crayolas”, con las cuales, esteenorme personaje en busca de autor, empezó a dibujar en copiandanga, nada menos que “La Última Cena” que inmortalizó Leonardo, trabajando al jalón del mantel, mientras nos iba dibujandocomo si fuéramos apóstoles extraídos de la nada, en tanto, seguía la charla sobre la María que le faltaba al modelaje.

Y, agregaban los decidores de nuestra noche, que siendo así que la judaica tradición, postulaba al respecto, un par de kekos, según los cuales, toda boda se festejaba en el jato del padre de la novia y a la hora de poner el tragodara, el único autorizado a disparar, era el novio. Y en tal caso, si el agraciado fue el Maestro, pues no quedaba la duda acerca de quién se estaba casamentando y con quién, era la nota.  

Gracias a este sabroso chambelequé, resulté disparado al fondo de la mesa, resultando así convertido en el “Poquita ” de Santo Toto, mientras el cholo Sérvulo-suertudo como siempre en cuestión lotes- se aparraba en prima con la piernona Lisette, ya en improvisado papel de Magdalena, guárdame esa flor.

Bueno pues, y así seguían los jalones  de tela y la inmediata pintura en cuatro geniales trazos, de cada uno de nosotros, pero con el aire cuchuflético de los santurrones comensales de aquella noche solemne.

Y de pronto, como en las telenovelas lorchas, pareció malograrse el pastel. El dueño del local, se apersonó a la escena, alegando que quién iba a pagar la lavandería, pues lo más seguro, era que el mantel quedara malogrado por los crayolazos de Sérvulo. La cosa empezó a ponerse verdolaga, y hasta se escuchó un par de severos garabatos, que pretendían mandar al alegoso a donde se fue el Padre Padilla.

Y entonces, un par de codazos de Felipe Buendía, me echaron en cancha, gracias a mi cartel de César Cueto en el arte delchamullo y el chacoveo. Claro que yo, traté de argumentar que  “el Señor Sérvulo, era nada menos que uno de ls más brillantes plásticos del Perú y que  el mesonero, bien haría en agradecerle la obra de arte que acababa de plasmar en su mantel que tampoco era el lienzo de la Sagrada Familia ¿No?.

Pero el pata no estaba para versos y hasta pretendió guapearme, lo cual, le hubiera salido cuadra, además de motivar tremendo tole-tole, con tombería de yapa.  Así las cosas, un parroquiano ajeno al pleito, pero, cómo no, admirador del arte y buen italiano, oiga usted., se metió a la bronca sin que nadie lo invitara. Este paisano de Da Vinci, además de frenar el boche que ya iba calentando, encaró al reclamón de manera terminante diciendo: “Ma, cuanticuesta questo mantele”…o cosa parecida.

Y entonces, atisbando el bille, el mesonero empezó a sacar unas marrulleras cuentas y concluyó diciendo que se trataba de tres manteles en uno, que no creía en artistas y que a no ver ciento veinte mangos al chin-chin, llamaría a la policía.

El tano,- quizás napolitano – a juzgar por sus gestos y su garigay- concluyó el malpleito, diciendo que él pagaría el desaguisado, pero que, desde luego, se llevaría el trío de telas que a su entender, eran “una vera ópera di arte”.

Sérvulo por su parte, tomó el “bel finalino”, a la carcajada y ayudado por cuatro espontáneos, dio los retoques finales a su “impronta maestra”, convirtiendo el asunto, en algo que-según recuerdo merecía ponerse en cuadro y quizás eso, era lo que había atisbado nuestro providencial, ”Mecenas”.

Y la pachanga continuó pero ya en mesa pelada, en tanto, yo me escurría por la sombra ,pues en esos días, estaba debutando en “Última Hora” y eran algo así como las tres de la mañana.

Recuerdo que había estacionado mi batallador carricoche, allá por La Alameda de Los Descalzos, soportando lluvia y frío.

Me calé la chompa  hasta el mentón mientras rebuscada el llavero, que finalmente apareció en mi mano, facilitándome, el acceso al viejo “Taunus”de mis recuerdos.

Iba ya, dejando atrás, el bochinche  pinturero, en tanto intentaba poner en forma a mi heroico cuasi coche, cuando en eso, sentí un rumor inquietante que surgiendo del asiento trasero, precedió a una sombra perfumada que cayó sobre mí,como un regalo de Pascua. Y sí pues. Era la bella Lisette, que me decía en francés, cualquier cosa, mientras me trenzaba los brazos al cuello.

-“Pero ¿Cómo has podido entrar al carro? ..ensayé en pregunta.- “-Son cosas que se aprende en el viejo Paris” – me dijo. Y eso,fue todo. Es decir, todo el arranque, pues yo, nunca he sabido francés, pero hay cosas que siempre entendí en todos los idiomas.

Recuerdo que llegué tarde a “U-H”, cuando el “Cuadro de Comisiones”, ya inquietaba a la muchachada.  y de Lisette, sólo me quedó el recuerdo, en su imagen de rubiecita a la  boina, haciéndome adiós para siempre,  con sus manos prodigiosas sobre el fondo de un parque barranquino.

Nunca se me había ocurrido contar este sueño.

Con el tiempo, supe que aquella noche, Sérvulo-¿quién si no?- había elaborado una lista según la cual, todos los integrantes de la bohemia tribu, marcharíamos a la tumba y que ya íbamos quedando unos pocos. Y una de esas tardes, me crucé por el jirón Quilca con “El Poeta Azul” Jorge Pool,-habitual sparring del Maestro Tealdo.. Y entonces, a voz en cuello, le pregunté por la citada lista. Y él, como leal amigo del misterio. me respondió de una acera a la otra: “La lista se va cumpliendo y ya sólo quedamos-entre otros- Catita Recavarren y yo”.- ¿Y entonces, hermano cómo es la nota?-interrogué- ¡Que ocurrencia hermano. Las damas primero”¡– me gritó… alejándose estremecido en risotada.