Mi enloquecida ciudad

 

Como casi todos olvidan, en la mismísima Catedral de Lima, se venera en urna aparte, una fementida momia que alguna vez se dijo “de Pizarro”, hasta que unos historiadores, escupieron el “estofa”, asegurando que en verdad  pertenecía a otro fiambre. Y entonces, se armó la de San Quintín y hasta se organizó una procesión de “enteraos”, que se mandó de hacha a las mismísimas “Catacumbas de San Francisco”, en busca de los restos del archi famoso conquistador, que terminó sus días en un cargamontón a cargo de jóvenes almagristas, que le dieron chicharrón en “El Jardín de los Limoneros”, después de interrumpir una comilona, que el tío disfrutaba con íntimos invitados correlones que ni siquiera hicieron la tanga de defenderlo. Más bien, el eventual Alcalde que había jurado a Don Pancho, que “nadie lo tocaría mientras él (el Alcalde), tuviera entre manos “La Vara Edilicia”. Y para cumplir su palabra, cual place a un hijodalgo, en cuanto arrancó la mecha, el pata soltó la vara y embaló nomás, evitando pasar a la historia como “macho  men”, para enrolarse en la misma, más bien, como “sonaja”.

El Marqués, que sería todo lo tirano, expoliador  y matagente que se quiera, pero se batió como faite de los buenos y despachó a tres de sus atacantes, antes que uno de estos mozalbetes, le asestara por “atroya” nomás, un golpe de porra en la mitra, que lo puso al borde del nocaut, para ya en el “solano”, rematarlo de estocada pescuecera. Después, nuestros maestros primariosos, nos vendieron el tango, de que ya herido, Don Pancho, pidió “confesión”, a gritos y remató el festejo, haciendo con su sangre una cruz, que besó a título de añoso cristiano. Es decir, muriendo en su ley.

Bien está, -como decía Don Pedro de Acuchimay, (Pedro del Pino Fajardo), cuando cerraba sus pláticas pisqueras- pero… ¿adónde fueron a parar sus bravucones restos?

No os preocupéis, mis queridos contertulios. Ya desde aquellos añejos tiempos, nuestra Lima, gozaba fama de estar poseída por los “Duendes de la Locura”, razón por la cual, la verdad es una mentira como se comprobó cuando el Sr. Dionisio Romero, men del más rumboso banco del país, se proclamó “socialista”, en un reportaje del “Mercioco” arrebatando así el cartel del “Mas Grande Humorista Peruano”, al trome “Sofocleto”, que a su tiempo, nos explicara -filosóficamente “cantinflesco”- que “aquí ni la mentira es verdad… aunque esto, tampoco es cierto”.

-Claro que a “Don Dioni” nadie lo iba a botar  de la chamba, a consecuencia de su fanfarronada. Total, nadie se la iba a creer tampoco.

Pero volviendo a los anales “Larco Herrera” que reinarán por siempre en nuestra “Tres Veces Coronada Villa”, déjenme que les cuente que el broncíneo  monumento a Don Pancho Pizarro, “Fundador de Lima”, fue mudado cierta tarde de su inicial ubicación, para colocarlo a las puertas de un ficho cafetín que mira a la “puerta de Edecanes” (Calle Palacio), por donde a veces sacan a los presidentes a golpe militar- cíclico, inútil, sainete perpetrado por “El Partido Político Más Viejo del Perú”,- o sea “o  según enterada opinión de Don Jorge Basadre y Grohosman, guárdame esa flor. Ahora, les llaman “Los Chicos del Mandil Rosa” y parece que a ellos les gusta mucho, aunque parezca increíble.

“LOS LEONES DEL PASEO”

Pero siguiendo el cuento, en el hoy llamado “Paseo de Los Héroes Navales”, campeaban por sus respetos, dos fieros leones que, curiosamente, mostraban la culata a terrenos de la “Cárcel Central de Varones” y “El Panóptico”, donde solía anclar lo más selecto de la chorería armada de nuestra tierra y de vez en cuando, algún discurseador líder político que se ponía muy sabroso con el poder reinante, que le decían.

Pero, volviendo a los leones,  frente a ellos, dando el trote a nuestro “glorioso” Palacio de Justicia, batían sus inútiles alas, dos famélicas águilas picoabiertas, que –mismas piezas de ajedrez- enrocaron puestos con los citados leones hasta tres o cuatro veces, según anota mi contragolpeada memoria de antiguo bóxer amateur.

Y eso, motivó que la “palomilla”, inventara un comodín  palabrero, según el cual: “a este lado , – o sea culeteando la” cana”-  estaban los fieros leones del malevaje.-Pero. Al frente—de culata al Palacio de Justicia- estaban “las Águilas” que les sacaban los ojos”-  Y, por algo sería ¿No?

Bueno pues, pero en ese mismo paseo, “vivió” por muchos años, un fornido presunto andino -también de bronce-, que acogotaba una yunta de bueyes, dateado por una placa –de bronce también- que lo documentaba como “testimonio de la inmigración japonesa”, premonitora de la yakuza del japonés Fujimori, cuya nacionalidad oriental, más tarde maquillada por “Birlibirloque Vladi”, que lo hizo “renacer” en 28 de julio, nada menos, de acuerdo a meritoria investigación periodística, de una guapa dama, -hoy Directora de un Diario- a quien sus plebeyos amigos de entonces, llamábamos “Chichi”, cariñosamente.

Pero hablando de locuras, nuestro ilustre “electarado” eligió democráticamente, como Presidente peruano, -por derjo a “Varias Cosas”- a un nativo japonés, con las consecuencias que hasta hoy nos arden. Y nos arderán por siempre.

Cierto ya lejano día, el citado nipón –bambaperuano- huyó a la tierra de él y sus mayores, cargado de maletas que no sólo escondían “documentos”, sino algunas preciosas barras y “otras cositas”, como las descubiertas alguna vez en el “avión Presidencial”, escandalosamente sombreado, como ustedes recordarán.

Después, vimos a nuestro “gracioso paisano” en un vídeo que lo mostraba hablando el japonés -que había jurado ignorar- fluidamente, dando viada a su candidatura a Senador en elecciones del Sol Naciente. Pero no se lamenten sus enajenados seguidores. Aquí quedó bien montada y planeada, una “sucesión yakústica”, que eventualmente sus hijos se pelearon teatralmente, en tanto su  “organización criminal” (Según término de las autoridades judiciales que pretenden juzgarla),  tomaba por asalto el “Hemicirco”, que nos sigue regalando diarias vergüenzas, hasta que el prima diga: ¡Basta!

Bueno, “la Chichi” oportunamente, se olvidó del tema -¿Quién como ella?- y en cuanto al fornido paisa que cogoteaba a los bueyes, nadie sabe qué pasó con él. Lo cierto es que ya no está visible. Lo mismo que “El Niño de los Ñocos”, el monumento más  “viajero de nuestra loca ciudad”, donde “nada es verdad, ni es mentira”, y “todo es según el color del cristal con que se mira”.

Y, – perdonen la nostalgia- lo mismo ha pasado con una guerrera “culebrina” de hierro taqueada al cemento, para amordazar sus glorias, que testimonió mis hazañas adolescentes –entre Mapiri y Sandia- resulta que ya no está más en su esquina, si bien se ha respetado por inútil , el “Pescante” de un farol de gas, de esos que contribuyó a clausurar mi abuelo “El Mago”, para dar paso a la luz eléctrica en lejanos tiempos de “Mataobispo” y “Nicanor de La Masa” .

Y, en fin, quizás se asombrarán, pero también es cierto, que una noche de pachanga política, encontré en el florido jardín de una hermosa residencia, un memorioso banco de hierro forjado y tabloncillos verdes, centineleado por un artístico poste con su farolillo más. Y cuándo pregunté por los orígenes ostensiblemente públicos-  de aquellas joyas del ornato citadino, el dueño de casa, wiskhy en mano, me dijo orgullosamente:  “son testimonios de cuando muchacho pobre, llegué a la capital. Sentado en esa banca, yo esperaba el pitazo mañanero, que me invitaba a entrar a la fábrica en la cual trabajaba por un mísero jornal”.- Y claro, como no podía ser de otro modo, mi alma bohemia, comprendió al instante a dicho nostálgico depredador de nuestro patrimonio edil.- Recuerdos, son recuerdos, pues.

Y en cuanto corresponde a las locuras de Lima, no he hecho más que empezar. Y… tengo para ratón Mickey, mi estimado.