Noa Pothoven

 

El caso de Noa Pothoven ha causado clamor, y con razón, en la sociedad. Pero dicha consternación entraña, sin embargo, una honda incoherencia o, según se quiera ver, un problema irresoluble. Podríamos llamarla “mártir del absurdo de la vida”, “mártir de la injusticia” o “mártir del vacío existencial”. Al momento de redactar estas líneas, parece que, más que Eutanasia, se trató de un suicidio, en este caso no asistido, sino consentido. En él podemos detectar algunas de las hondas contradicciones e incoherencias a las que nos conduce la “desarrollada” sociedad del bienestar.

Su historia es dura y contrastante. Abusada sexualmente a los 11 y a los 12 años, violada a los 14 por su primo, padece, consecuencia de esos abusos, anorexia, estrés postraumático y depresión. Solicita la eutanasia a los 16 años (momento en el cual es legal pedirla en Holanda sin el consentimiento de los padres), es rechazada. Finalmente se deja morir, de hambre y sed, desconectándose de la sonda nasogástrica que la mantenía viva. Su madre denuncia a la burocracia holandesa que le impidió recibir la ayuda psiquiátrica necesaria.  Un año antes de morir publica su autobiografía titulada “Ganar o aprender”, donde narra sus abusos sexuales y la falta de apoyo que recibió. El libro se convierte en un best seller holandés, ella en una “influencer”, que a través de las redes sociales va relatando, primero su lucha por vivir, finalmente su empeño en morir, el cual concluye con una frase, a la par emotiva y oracular, capaz de convertirse en pegajoso grito de batalla: “El amor es dejar marchar. En este caso, así es”.

¿Por qué contradicciones?, ¿por qué incoherencias? No es simplemente decir: ¿“no quieres vivir más, muy bien, te dejamos morir”? La respuesta sencilla y superficial consiste en afirmar justamente eso: se trata de un ejercicio de la libertad; ella eligió no vivir, y nadie tiene derecho a sostener lo contrario, a decir que merecía la pena vivir, porque nadie estaba en sus zapatos ni experimentaba su sufrimiento. Pero así enunciado, si bien simple, sencillo, huele mal. Se corre el peligro de instrumentalizar su dolor y respaldar su trágica decisión.

En primer lugar, contradicción porque, por un lado, exaltamos su figura, su legado, su mensaje, pero por otro legitimamos que muera. Lo hacemos como lo hizo su familia: dejándola morir; no es un “suicidio asistido”, sino “consentido”. Estrictamente hablando, su familia la dejó morir de hambre y sed. Esto es, como si su vida no tuviera un valor objetivo, sino puramente subjetivo, el valor que ella quería darle. Contradicción porque el hecho de que fuera capaz de contar su historia, escribir a los 16 años una autobiografía de éxito y ser una influencer, pone en evidencia la valía y el impacto de su vida, vida que no custodiamos ni defendimos. La tratamos, simultáneamente, como si su vida valiera y no valiera.

Incoherencia porque no se ofrecieron más opciones. Como si la única alternativa digna fuese dejarla morir, cuando constaba médicamente que tenía varias enfermedades psíquicas. En vez de curar los trastornos psíquicos, pareció más adecuado dejarlos seguir su curso. Si aplaudimos su suicidio, implícitamente estamos afirmando: es mejor defender las consecuencias de los desórdenes psíquicos, en vez de intentar curarlos. No podemos defender su derecho a tener la conveniente asistencia psiquiátrica y, al mismo tiempo, su “derecho” a dejarse morir, como consecuencia de sus desórdenes psíquicos. Obviamente, es más sencillo y barato dejar seguir su curso a la enfermedad que intentar curarla.

Incoherencia porque, por un lado, afirmamos nuestro cariño y admiración por ella, reconocemos la injusta situación dolorosa que causó su padecimiento –los abusos sexuales-, pero en lugar de ayudarla a vivir, a superar ese doloroso transe, secundamos las consecuencias últimas de dicha injusticia. El mensaje es tremendo: la última palabra la tiene la violación, lo definitivo es la injusticia; una vez sufrida, no merece la pena vivir. Lo terrible es que, se manipulan de tal forma los sentimientos, que el amor es dejar morir, cuando dejar morir es matar, pues se trata de una persona que no está plenamente en sus cabales y necesita ayuda. El amor, aquí, sería no ayudar o, según se vea, ayudar a que la injusticia y la enfermedad terminen lo que comenzaron. Cuando en nombre del amor dejo morir a quien todavía podría seguir viviendo –no es el caso de un enfermo terminal- algo anda mal en la palabra “amor”.

Es delito no prestar ayuda a quien se encuentra en una grave situación de perder la vida, pudiendo hacerlo, pero debemos dejar que alguien se suicide. El valor supremo de la vida es la libertad, pero libremente puedo elegir dejar de vivir. La sociedad más desarrollada carece de las herramientas necesarias para convencer a una adolescente que vale la pena seguir viviendo. No cabe duda que la eutanasia nos enfrenta crudamente a las contradicciones más hondas de nuestra sociedad.