Pedro Pablo en el País de las Maravillas

 

Había una vez un presidente que vivía en un país maravilloso, que destilaba felicidad, prosperidad y buenas costumbres. En su idílico país ya nadie recordaba los aciagos días en que los enfermos eran apilados en hilera por los pasillos de los hospitales, tampoco los errores garrafales que llevaban a cortar la pierna equivocada, o a que una mujer que entró con cálculos renales saliera sin manos y sin pies del hospital. Se habían olvidado los momentos en que no había quirófanos suficientes, de forma que los enfermos con operaciones urgentes debían esperar días e incluso semanas, para ser intervenidos. Ya nadie recordaba ese inmenso Hospital del Niño, elefante blanco, que funcionaba al 20 % de su capacidad, mientras los niños estaban hacinados en un viejo y destartalado hospital. Ahora, en cambio, era tal la bonanza que podía darse el lujo de repartir ¡gratuitamente!, la “píldora del día después”, pues la prioridad consistía en evitar los embarazos indeseados.

Efectivamente, en su próspera nación el sistema de salud era tan desarrollado, eficaz y profesional, que regalaban las píldoras para evitar nacimientos, curiosamente, en cambio, los nacimientos no eran gratuitos. De todas formas, nadie recordaba ya a las madres que perdieron a sus hijos porque no las atendieron a tiempo, o a aquellas otras que no las podían recibir en ningún lugar pues no había camas libres, a no ser que tuvieras algún conocido que se apiadara de ti y te echara una mano. Sin embargo, incluso en ese maravilloso país, hay metas que todavía no se han alcanzado, pues las operaciones de “cambio de sexo”, que sin duda constituyen una necesidad básica, no son gratuitas. Cuando la naturaleza se equivoca el boyante estado deberá estar allí para remediarlo, cosa que aún no sucede, pero si nos descuidamos, con el tiempo….

En ese maravilloso país, ya nadie recordaba los conflictos sociales. Se había olvidado la fatídica idea de poner un peaje precisamente a los más necesitados. Personas con escasos recursos económicos, que diariamente debían hacer recorridos de dos horas o más para llegar a sus trabajos, debían además pagar un peaje, y no pequeño, 10 soles diarios por ir a trabajar. La ventaja es que muy pocos tenían carro, así que los pagaba la combi, la cual tuvo que doblar el precio del viaje. Parecía normal que los pobres costearan las grandes avenidas, pues “así se habían hecho los contratos” y el estado no tenía fondos para las vialidades, solo le sobraban para regalar píldoras del día después o costear caras asesorías sobre el modo de inculcar la ideología de género a los niños, pues ¡la educación es lo primero! Pedro Pablo tiene claras las prioridades.

En ese estado ideal, ya se habían superado las discriminaciones por motivos sociales o religiosos. En efecto, ya nadie recordaba lo que significaban los despectivos términos de cholo, serrano o moreno. Durante mucho tiempo se discriminó a estas personas, durante mucho tiempo se maltrató a las mujeres, durante algún tiempo se convirtió en deporte favorito de periodistas carentes de noticias, caricaturizar, ridiculizar y criticar al Cardenal de Lima. Pero ahora pareciera que los únicos que eran susceptibles de recibir discriminaciones eran todos aquellos que tenían cierta “diversidad sexual”. En efecto, el único crimen que en ese país de maravilla te convertía en un auténtico “Voldemort” (“el innombrable”) era el de “homofobia”. Por eso, el presidente Pedro Pablo, en un alarde de valor, enarbolando el estandarte de los derechos humanos, cual Aquiles asediando la Troya de la intolerancia, exclamó: “nunca más homofobia”.

Lo extraño era que no se conocían muchos crímenes de “homofobia”. Se sabía, en cambio, de violencia contra la mujer (a la que curiosamente rebautizaron como “violencia de género”), se sabía de las discriminaciones a los serranos, cholos y morenos. Se conocían algunos crímenes contra personas homosexuales, pero usualmente eran perpetrados a su vez por otros homosexuales. En lugar de llamárseles “crímenes pasionales” (pues solían ser motivados por celos e infidelidad), se les apellidó con el apelativo “de género”. No parecía haber discriminación contra los homosexuales, de hecho bastantes de los ídolos del país lo eran: estrellas, presentadores de programas exitosos, jefes de importantes periódicos. Casi parecía que serlo era condición para triunfar. Tal vez Pedro Pablo era previsor. Incluso hilvanaba fino las cuestiones, pues la homofobia no tenía por qué ser violencia física: bastaba que fuese violencia virtual, a través de las redes sociales, para que el culpable mereciera hasta tres años de cárcel, ¡bien merecido se lo tendría el infame! ¡Oh, que hermoso y adelantado es el maravilloso país de Pedro Pablo!

 

  • Mario Guzman PhD

    Excelente aportación.