Regreso al Superba

 

He llegado al atardecer a mi querido Bar Superba de San Isidro y lo encuentro enhiesto y brillante en medio del sordo tráfico de la esquina de la Javier Prado con Petit Thouars. Y lo encuentro también a Adolfo Quispe, el encargado del turno de la noche como hace años me recibían tras la barra, Mauro Vásquez o Erminio Díaz, los barmans cajamarquinos, uno mi siquiatra, el otro mi confesor. Ahora el lugar luce sobrio y elegante. Ahí está la vieja cafetera Gaggia, ahora lustrosa como un recuperado Maserati y entre manteles verdiblanco a cuadros, oigo las voces de los mozos Polo Cotrina el joven y Enrique Mondragón el viejo.

Volteó a la derecha de mi corazón y encuentro el rostro de Lucía Lissia, bellísima por la mañana y ahora miró a mi izquierda y aparece mi amigo Alfredo Portal, muerto entre la poesía y el cáncer de la melancolía. Todo es memoria, ahora que el Superba cada 15 días, me cuentan, realiza recitales de poesía gracias al ímpetu de Zejo Cortés y que ya no amanece como en el tiempo cuando me quedaba a conversar largo y tendido con el maestro Luis Antonio Meza Casas, quien fuera periodista y llegó a ser director de la Orquesta Sinfónica Nacional. Y entre las sombras de mi memoria hoy está el Superba con sus lámparas a media luz y sus cervezas artesanales y sus vinos y ahora sí pido una Tacu tacu con su sábana montada y me empujo el siguiente trago del aprecio y solo me ilustra la memoria.

En el Superba nos reuníamos con mis hermanos de Hora Zero, los poetas Pimentel, Mora, Alberto Escalante. Otra veces con Ana María Chagra para ajustarle cuentas al destino y soñar con la poesía, y con César Campos y Víctor Escalante.. En 1999 tuve la dicha de encabezar una cruzada para que reabran el Superba que un alcalde que nadie recuerda lo había mandado a clausurar porque decía que era un antro donde los espíritus de amotinaban. Y ahí está mi crónica revistiendo sus paredes: “Superba Mon Amour”. Y luego cuando el local reapareció una noche nos topamos con Alfredo Bryce que daba cuenta de un Tacu tacu filosófico y ahí también están las fotos. He regresado al Superba y es como si hubiese retornado a mi juventud en la barra de las más intensas emociones.

Con Juan Luis Orrego Penagos estoy de acuerdo afirma que pocos limeños saben que los genoveses llaman también a su ciudad “La Superba” por el nombre de un antiquísimo faro que se ubica al sur de la capital de la Liguria (Italia). Además, la palabra “superba”, en lígure, significa lo mejor, lo máximo: la soberbia. Inspirados por el recuerdo de ese puerto, supuesta cuna de Colón, Mario Carbone y Carlos Onetto, inmigrantes italianos de origen genovés, fundaron en 1938 este histórico bar ubicado en la cuadra 28 de la avenida Petit Thouars (San Isidro), casi esquina con Javier Prado.

Cuenta Orrego que el Superba ha sido testigo de innumerables anécdotas de escritores, periodistas, empresarios y distinguidos miembros de la sociedad limeña. Recuerdan que han visto pasar a por allí a Óscar Avilés, Augusto Polo Campos, Jesús Vásquez, Nicomedes Santa Cruz (quien vivía a pocas cuadras) y Chabuca Granda (cuentan que la compositora, quien llegó acompañada de sus amigos, se animó a cantar algunos valses, pero su interpretación no fue del agrado de un grupo de parroquianos, que la criticaron sin piedad; poco después, el rechazo terminó en una ruidosa gresca en medio del bar).

También eran asiduos al SUPERBA futbolistas famosos como Alberto “Toto” Terry y Roberto Challe. La leyenda cuenta que “Toto” Ferry, cuando aún era jugador, se paraba en el dintel de la puerta y gritaba ¡un tallarín, carajo! Y el tipo se metía un cerro de spaguettis, se tomaba seis de estos pomos y luego para bajarla se iba a jugar su partido al Nacional. Y así y todo metía unos golazos. Asimismo, se cuenta que los mozos y los dueños del bar salvaron de un gran apuro al humorista Sofocleto, que era perseguido por la Policía durante la dictadura del general Velasco. Al recinto llegaron las fuerzas del orden para detener al escritor, pero la gente del bar lo ayudó a escapar por la puerta posterior del local.

Otro visitante ilustre es el escritor Alfredo Bryce Echenique, quien visita el bar desde finales de los años cincuenta cuando estudiaba en San Marcos. Aunque pensándolo bien yo debo haber venido desde que estaba en el colegio. Sí, porque nosotros éramos del barrio de Marconi, así que nuestro destino natural eran estos cines: el Orrantia y el San Isidro. Allí pecabamos con las chibolas mientras veíamos películas mexicanas. Luego, sólo los caballeros nos veníamos al Superba. Después, ya en la universidad, no había sábado en el que no acabaras aquí, cuenta Bryce.

Lo cierto es que el SUPERBA se enfrenta, con soberbia (como su nombre el lígure) al paso del tiempo. Un asiduo cliente de este bar lo confirma: Conozco el Superba desde que tenía ocho años, ya que vivía muy cerca. Aunque ahora resido en la Molina, no dejo de venir. Me gusta su comida y el servicio de las personas, que son antiguas y leales. Mi plato preferido son los ‘Choritos a la chalaca’ y el ‘Tacu-tacu’. Los mozos nos describen las especialidades de la casa que se han hecho conocidas: el Apanado co Tacu Tacu, la Milanesa o bistec a lo Pobre, la Sopa Criolla (muy consumida por las noches en invierno), la Patita con Maní, el Cau Cau (o “Chancleta”, como también lo llaman) y el Tallarín Saltado. Entre los tragos, los que más se consumen son “Perú Libre”, “Chilcano de Pisco”, “Chilcano de Guinda” y “Sol y Sombra”.

Hace un tiempo, Sulma Huaringa Payano, le hizo una entrevista a Juan Augusto Duffó, heredero y nuevo administrador del Superba y esto respondía. “Era más o menos el año 1940 cuando los italianos Carbone y Onetto, amigos íntimos de mi abuelo Silvio, deciden crear el restaurante en este distrito. En ese entonces, mi abuelo tenía su propio restaurante en la plaza Manco Cápac, pero los italianos lo invitaron a unirse al negocio. En 1956 los dos italianos decidieron regresar a su país y mi abuelo quedó a cargo de todo el negocio. Lamentablemente, en 1970 mi abuelo fallece y quedan a cargo sus hijos Augusto —mi padre— y mi tía Nelly, con la única premisa de seguir con lo establecido por el abuelo.

Duffó decía que la idea era hacer que el lugar siempre fuera acogedor y que el cliente se sintiera como en su casa y degustara los mejores platos y tragos. Tenemos clientes que nos visitan desde hace muchos años y son ellos quienes nos piden no mover ninguna pieza de su lugar porque cometeríamos el gran error de eliminar su atractivo. Un ejemplo claro de esto es la máquina registradora que nos acompaña hasta ahora, nunca la hemos movido de su lugar y seguirá ahí, en recuerdo al abuelo.

Y a pesar de las altas y bajas, tuvimos nuestros amigos de años nunca dejaron de visitarnos y darnos aliento. Por ejemplo, el “Chino” Domínguez, quien nos visita hasta ahora con toda su gente y nosotros nos complacemos en atenderlos porque son ellos quienes le dan vida a este local, a esta su casa. Un ejemplo, un viernes desde las seis de la tarde. Desde esa hora salen de nuestra cocina numerosos platos como el lomo saltado, apanado con tacu tacu y obviamente los tragos y las cervezas para acompañarlos.

Dirección: El Superba está ubicado en Av. Petit Thouars 2884.San Isidro. Lima.