Salgari: “El galeote de la pluma”

 

Apenas aprendí a leer, prácticamente devoré toda la obra de Emilio Salgari, seguí con Julio Verne y rematé con Daniel Defoe, en su invalorable Robinson Crusoe, con lo cual, cerré mi ciclo infantil de libros inolvidables.

Ya al inicio de mi adolescencia, llegó a mis manos “El Mundo es Ancho y Ajeno”, del maestro Ciro Alegría, que puso un sello de fuego a mi amor por el Perú y determinó mi camino como defensor de los humildes.

Después, ya en mis tiempos de “Última Hora”, el talentoso Alfredo Fernández Cano, me introdujo en los autores franceses, rusos y en todo el asombro de la ciencia-ficción de la cual aprendí mucho en mis primeros intentos literarios.

Sobre todo en el genial Ray Bradbury, gran señor del párrafo corto, el ingenio poético y los remates de antología. Alguien increíblemente capaz de hilvanar un poema en ocho palabras.

Después habría de enredarme en el prodigioso “realismo mágico” de mi hermano “Gabo”.

Pero ¿Saben una cosa? Jamás ni Dostoievski, ni el italiano Dino Buzatti, con el cual –cariñosamente exagerado- me comparó cierta vez, el teatrista galo Phillipe Toledano, lograron arrancar de mi repertorio las maravillas de Emilio Salgari. Gracias a su novelística creativa y encendida, viajé -con la imaginación- por todos los mares del mundo, combatí a sanguinarios piratas, me batí con antropófagos y… me enamoré de “la Perla de Labuán”, quien -quien sabe- idealizó la “ballerina” de la cual, se enamoró en la vida real, este desventurado creador de aventuras que alguna vez se definió a sí mismo como “Un Galeote de la Pluma”, o -según opinión de mi bienamada- “un César Augusto de otros tiempos”.
Salgari nació en Verona, allá por 1863 y jamás navegó más lejos de las costas italianas, desempeñándose –más bien- como empleado oficinista de una naviera al cabotaje.

Sus obras, que son casi cien, fueron “best sellers” de cuando recién se inventaba el término. Toda la saga de “Sandokán”, ”Los Tigres de la Malasia”, “Los Piratas del Caribe”, los “Corsarios, Rojo y Negro, nacieron con su dinamismo y espíritu de aventura, destinados a la gloria cinematográfica y libresca, pero… eso, habría de consumarse cuando este Emperador del Folletín valioso, cursara ya, espiritual vuelo por otras dimensiones del universo.

Mientras tanto, malvendió sus alucinantes sueños y vivió tirando nomás. Salgari, sólo alcanzó a cobrar modestos honorarios, que sus editores le pagaban mal, de tarde en tarde y a regañadientes.

Pero, el empecinado Emilio, era un romántico Veronés de la vieja escuela y como tal, se enamoró perdidamente de una estrella de la “canzonetta”, a la cual retiró oportunamente de las tablas, para vivir a su lado un tormentoso idilio “gambeteando” la pobreza”, mientras ciertos “dottori”, explotaban su dolida esperanza en que “algún día” habrían de curar la esquizofrenia que su cascabelera –y atormentada- amante atinaba a disimular apenas, mientras él, seguía luchando por alcanzar la gloria.

Cierta tarde, -cálida y sensual- cuando “il scrittore”, ramo de flores y jugosa manzana entre manos, iba llegando al nidito de amor, fue azotado por uno de esos presentimientos italianos, que han marcado época en la ópera. –“Algo iba a pasar…. quizás había pasado ya”.- Abrió la puerta ayudándose con el pié… y ahí estaba ella. La mujer que amaba, tendida en el piso, con el bello rostro torcido en fatal agonía, con el puño apretado sobre un teatral frasquito de cianuro.

El ramo floral cayó al suelo y la manzana rodó en final danza macabra. Y no es que Emilio creyera enloquecer. No. Enloqueció realmente y se llevó la mano al pecho, estrangulando un animal aullido que murió en su garganta.

Y entonces pues, como quien pone punto y remate a una de sus sensacionales aventuras, escrita a razón de una al día, este hombre genial y desdichado, escribió una carta de adiós a sus editores, en la que habría de ser, su única y final protesta.

-“Ustedes que se enriquecieron con mi trabajo, negándose a pagarme lo que en realidad valía, por lo menos, tengan la decencia de pagarme un digno funeral”- escribió, antes de besar el cadáver adorado.

Luego, tomó un cuchillo de utilería, revisó el filo a través de sus lágrimas y se encaminó a un terreno baldío. Allí, sin mayores ceremonias, se hizo un “hara kiri” japonés y pasó al recuerdo tristemente.

Pero, para que no se diga, sus editores turineses, no sólo pagaron el entierro del “Galeote de la Pluma”. También contrataron honras fúnebres para su amante trágica.

Así atardeció en Turín, aquel triste día de 1911.

Al día siguiente se firmaría el contrato para llevar a la pantalla, vía “Cinecittá”, desde luego, la primera versión de “Los Tigres de la Malasia”. Pero ya Salgari no vería nunca, ni esa, ni sus demás producciones millonarias.

En honor a su memoria, debo anotar que también escribió la historia de un barco “chinero”, al mando de un capitán desalmado que trataba a los “coolíes” destinados al Callao y la esclavitud en reemplazo de los negros, peor que el más desdichado de los perros. En dicha novela, un diplomático peruano que viajaba a bordo, sacó cara y plantó pecho, por los desgraciados amarillos. Pero de nada le valió. No obstante, el peruano era valiente y arengó a los chinos, logrando que se sublevaran. El capitán maldito ordenó barrer a metralla a los alzados, envenenó el agua de a bordo-para que murieran todos, peruano incluido- y abandonó la nave con sus secuaces utilizando al remo, unas viejas chalupas. ¿Y el peruano del cuento? Bueno, según Salgari, quedó al mando de un barco fantasma, tripulado por chinos atacados por la peste y sin rumbo ni salvación. Y ese, es el navío espectral que -siempre según Salgari- afirmaban haber avistado muchos navegantes. Un navío que jamás ancló en puerto alguno… como hubiera escrito el monumental Salgari que inventó para nosotros, tantas estremecidas batallas sin amor, como su propia vida.

¡Duerma en paz Gran Maestro y guía de nuestros sueños infantiles!