Un doble presagio

 

Los súper-cincuentones, han de recordar el “Palacio Árabe”, que ornaba desafiante, una de las primeras cuadras de la hoy llamada Avenida Venezuela”. Y nuestra Lima, cumpliendo su vocación de “chismosa y novelera”, como casi nadie sabía la verdadera historia de este llamativo edificio de corte “mudéjar”, como diría mi hermano ausente Felipe Buendía, agarró pista, inventando la mar en coche al respecto, adicionales y otros, como rezan los Presupuestos Presidenciales.

Las leyendas sobre su constructor y eventuales  inquilinos, fueron entre el 40 y los 55, realmente milyunanochescas y usted es libre de creerlas o “enriquecerlas”, con un  toquecito de “salsa criolla”, a fin de que le quede “al gusto”. Yo bebí la versión que aquí les sirvo, de lo que periodísticamente se llama “una fuente bien informada” –árabe y todo, porsiaca-. En cuanto al rufufú final es concretamente auténtico y lo viví personalmente. De modo, que le deseo “buen provecho”, si alcanzo las regias dotes de su apreciada credibilidad. Allá va la bola.

El dichoso edificio, que debió haber costado una millonada, jamás tuvo meta ni finalidad definida, por lo que solía atribuirse a dicha mole arabesca, condición de capricho manirroto de “un árabe millonario, ansioso de halagar a su bella y joven esposa”. Lo probadamente cierto, es que para los cincuentas ese  fastuoso “elefante blanco”, nunca dio señales de estar habitado y más bien, cursó avatares de mueblería y una suerte de “night club”, emprendimientos ambos, que no dieron el más mínimo fuego, para hablar en fino.

Aureolado por el cuento de “una maldición”, a pesar de su innegable belleza, terminó demolido y no recuerdo que “graciosa cosita”, han levantado en su lugar.

Pero si tuviéramos “angel” para el bussines turístico demostrado por los ingleses que mantienen hace un siglo un “barrio de fantasmas” y un elenco de jóvenes corresponsales que responden las “cartas a Sherlock Holmes”, en su mítica dirección de  la vieja London, otro gallo nos cantaría. En fin, aquí ya no le damos bola ni a la famosa “Casa Matusita” y ni siquiera a la agencia bancaria que recientemente huyó de su vecindad inferior, sin hacernos el honor de una simple explicación  sobre “los temas de este mundo”. Pero volviendo al hoy “invisible Palacio Árabe”, como me lo contaron, les cuento, que realmente, fue  un monumento de amor, erigido por un misterioso “emir Muchaplata”, aficionado a los caballos, como una suerte de “Taj Mahal”, para dignificar el amor que sentía por su bella consorte.

No obstante, las cosas no parecían marchar del todo bien, digo, en el aspecto amoroso, para esta pareja de telenovela. El hombre, ya, algo mayorcito, tenía ciertas sospechas que le arañaban el alma y de vez en cuando, estelarizaba escenas hindúes de temática “celofán”, para que se vayan enterando.

Y parece que no sólo “el río sonaba”, sino que algo de piedras traía. Y cuando ya el caldero íbase colmando, el otoñal galán de nuestra historia, se compró un pistolón checo, de esos que aparecen en las pelis que antes  usaban los gringos para “demostrar” que les sacaban la michi a los teutones (que no es lisura, aunque lo parezca).

Y así pues, este hombre que quizás desconocía esa frase de  un célebre humorista hispano, según la cual: “un hombre sin cuernos, es como un jardín sin flores”, se puso como quien dice: “al agüaite” y tomó la costumbre (peligrosísima, oiga usted) de llegar a casa en horario desusado y de sopetón soplete, con el fin de sorprender, a traidora y “traicionante”, soñando aplicar a ambos, lo que corresponde según islámica costumbre, que ya no será a la cimitarra, pero tampoco exonera el pistolazo de rigor, como puede imaginarse…

Y cuentan los contadores, que una de aquellas noches, el actor principal de este melodrama “que escribió la vida misma”, instalado en preferencia, contemplaba el show del “Embassy” que por aquel viejo entonces, campeaba por sus respetos y “calatistas”- como decía el tío Monteverde, sintió en mitad del pecho, la estocada de aquello que el “Gran Gabo”, llama “frémito” y nosotros “corazonada”, pálpito, o vulgar presentimiento. “Algo” le zumbaba bajo  el turbante, soplándole que   en ese mismo bloque del “segundo show”, su adorada, estaba jugando al chuculún con algún infiel acerca de  los designios del profeta.

Y esto, se aceleró cuando un  comicastro de los que se escapaban de circos chilenos, empezó a contar chistes sobre el viejo “sacavuelta”, del que “nadie está libre en este mundo”, como pregonaba mi abuelita.

Ahicito nomás, el tío se metió al baño, tomó peso a su artefacto recién aceitado y  agarró pista para el que suponía  escenario de sus desdichas.

Pero- y aquí viene el toque “Dimensión Desconocida”. A esa misma hora y al mismo chicle, la jugadora del cuento, tuvo un sobrenatural anuncio de que el hombre,- es decir, el firme-  se venía con todo y yapa, chimpún en mano, para ajustarle las –es un decir- clavijas. Y como buena hija de Scherezada, no creyó en cuentos de brujas, y sin rencores ni equipaje, agarró vuelo directo a quiénsabedónde, que es un sitio bien bacán, para cuando quieras esconderte  de algún celoso justiciero, o de eso, que tú sabes.

Total: el “adornado” no sólo revolvió el “palacio”, buscando a la impersecuta, -machucante included-  sino que prolongó su infructuosa  cacería por medio mundo, llegando a suponer, que “la tierra se había tragado” a la causante de sus desvelos

Pero no fue así, o no del todo así, mis amables cuchi-cuchis.  Años más tarde y con estos ojos que se han de comer los gusanos, este pechito vio a la citada “tornera”, nada menos que en el fichazo  “Sky Room” del “Waldorf Astoria”- New York City, bailando muy caramelosa con un fornido  galán color chocolate, vivita y rumbeando, como usted no se imagina. Entre tanto, el genial “Satchmo Louis Armstrong”, ejecutaba  un  “Saint Louis Blues” que el publicates aplaudió de pie, durante veinte minutos y yo no olvidaré en lo que me quede de life.

De vuelta a mi realidad peruana, en una de esas noches en que rumiaba, uno de tantos desamores, sobre una mesa del añorado Café “Mario”, se  me acercó mi extrañadísimo tío putativo Andrés “Pichón” Archimbaud, para sabio y cariñoso como siempre, recitarme a media voz: “ Veinte parejas bailan, al ritmo del Fox Trot/… y   al mismo compás mueven, los pies y…el corazón”.—-¡Que levante la mano…quien no sufrió por amoroooor!…- Y ya no cuento más. Porque mi esposa es más celofán que cornúpeta petrolero, compadre. ¡Y con esas cosas no se juega…!