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Beto Ortiz, polémico y controvertido, tantas veces juzgado, pero ¿quién sabe señor?. Miyashiro, joven valor, con esa apariencia de abandono, jocoso y malcriado pero rebelde soñador, hicieron que me detuviera y saludara la brillante hombría de los dos, al percibir y sentir, aquella espiritualidad del alma, que suele emerger en las lágrimas de un hombre ante el dolor de la ausencia de una madre, de un padre y de los amigos que ya no están.
Juan Diego Céspedes, de tan sólo 15 años, era apenas un niño, que pese a la terrible leucemia que padecía y que le iba consumiendo la vida, aferró su esperanza a la caridad mediática. El, con apariencia triste, hábilmente disimulada, se mostró ante la televisión sonriente, indignado sí, pero, valiente. Cantó, jugó con un Aldo Miyashiro, quien, buscando interés y esperanza, le hizo un sentido reportaje. El programa “Enemigos intimos”, abanderó la noble causa. Aldo y Beto, intentaron en una rebeldía propia, el intrépido compromiso, hacer que aquel niño abrazara el regazo de una frágil esperanza. Debían conseguir 200 mil dólares, para que Juan Diego, dejara de nadar contra la corriente absurda de una enfermedad acaecida a tan temprana edad. Sin embargo, un abatido Aldo Miyashiro, sintiéndose impotente, y un compungido Beto Ortiz, con lágrimas humanas, despojadas de espectáculo, anunciaron del fin de una lucha fallida, Juan Diego, había muerto. Una vida que se pierde, ante la indiferencia que ata corazón y manos, desgarrando la esperanza y los sueños. Un destino cruel, tras silencios escondidos de dolores reprimidos e impotencias consumidas. Los 200 mil dólares, invocados en aquella cruzada de solidaridad, no pudo alcanzarse. Suma nada para algunos e incansable para muchos como Juan Diego. Triste deceso que recubre de soledad e indiferencia una sociedad que cada día se deshumaniza. Comentarios (8) | Visitas: 903 |