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Lo que tiene mayor atracción para un turista en una ciudad, no son sus grandes edificios de cemento y lunas y sus casas modernas, que se encuentran en cualquier parte del mundo; es su trayectoria histórica y tradiciones a través de edificaciones, que muestra testimonialmente la forma de vida, su cultura y su amor propio.
En este sentido, la ciudad de Lima posee notable legado histórico que data desde su creación virreinal, que muchas ciudades quisieran poseer. Al frente de Lima cuadrada y virreinal, cruzando el río Rímac se llega a la denominada zona de Abajo el Puente, con casas solariegas, conventos, iglesias, hermosos paseos trasplantados de la Vieja Europa para el solaz, la inspiración, la tertulia. La contemplación, los amoríos y la elegancia de la sociedad virreinal. Uno de tales lugares es el célebre Paseo de los Descalzos, que reúne belleza natural, arte y arquitectura, para crear un marco singular. A lo largo de sus casi cuatrocientos años de existencia, limeños y turistas han podido disfrutar de sus ambientes y rememorar la historia y las tradiciones. Este Paseo se hizo sobre la base del que existe en la ciudad española de Sevilla – la Alameda de Hércules- y fue el Excelentísimo don Juan de Mendoza y Luna, virrey de Montesclaros, quien lo mandó construir. El proyecto fue concebido en 1609 y en él se disponía que abarcara desde el Molino de San Francisco y terminara en el Convento de Los Descalzos. El molino era el mismo que perteneció a Miquita Villegas, “La Perricholi”, quien dio tanto que hablar por sus amoríos con el sexagenario virrey Manuel de Amat y Juniet. Actualmente es el terreno que ocupa la fábrica de cerveza Backus y Jhonston. Las Obras de construcción se iniciaron en 1611. A la mitad de su extensión, al lado derecho, se ubica el convento e iglesia de Nuestra Señora del Patrocinio y a la izquierda el templo de Santa Liberata. La iglesia del Patrocinio, construida en 1734, tiene el original detalle en su estructura de contar con cúpula sin poseer crucero. En el lugar que ocupa actualmente la iglesia Santa Liberata, existía la quinta del mismo nombre, de propiedad del Márquez Monsteclaros, que alcanzó celebridad porque allí se realizaban las tertulias, a las que asistían personalidades del gobierno, la sociedad y la diplomacia en Lima. El paseo se convirtió en un remanso ideal para el sosiego. Naranjos y limoneros en abundancia proporcionaban agradable sombra a los paseantes, que disfrutaban además de la fragancia de las magnolias. Tres fuentes de piedra interrumpían con agradable gracia el recorrido de casi medio kilómetro de extensión. Cuando finalizó la construcción de la Alameda Grande, como así se llamaba, se había erradicado previamente a todos los indios, negros, artesanos y leprosos que pululaban en el Rímac. Para dar una idea de lo que era Lima, el último censo que se realizó por aquella época reveló que tenia una población de 24,459 habitantes. Y según los estratos habían 5,527 españoles, 4,359 hispanos, 300 clérigos y canónigos, 894 frailes, 79 recogidas (en los hospicios), 4,529 negros, 5,857 negras, que eran los esclavos de las casas reales o las haciendas, 326 mulatos (cruzados con blancos), 418 mulatos, 1,1116 indios, 862 indias, 97 mestizos y 95 mestizas. En 1615, el marqués de Montesclaros creó un impuesto para solventar las obras de mejoramiento y mantenimiento de la Alameda, que recayó sobre la bebida “aloja” (una chicha espesa de color blanco que hacían las monjas de los conventos). Hacia 1620 con la aprobación y apoyo del virrey Príncipe de Esquilache, el Cabildo efectuó sustanciales trabajos de renovación plantando sauces y pinos. Se dice que la Alameda alcanzó su máximo apogeo en 1770, cuando el virrey Amat puso su gran empeño en hermosearla. El fue gran constructor de bellas obras, más aún bajo la inspiración de La Perricholi .Se convirtió en el paseo preferido de las tapadas y caballeros elegantes un marco ideal para la coquetería y la galantería. Allí las limeñas mostraban cautivantes sus estrechos talles y sus pequeños pies, vistiendo trajes suntuosos cubiertos de hermosa pedrería, escoltadas de las llamadas negritas azabache, que llevaban un cojín de terciopelo y el consabido misal de tapas doradas y de marfil. Allí se veían un desfile de calesas con briosos corceles, mulas adornadas con aperos de plata , con cocheros de literas doradas circulantes por el perímetro del Paseo. Comente este artículo | Visitas: 1083 |