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El escándalo causado por la congresista Elsa Victoria Canchaya Sánchez, no habría sido descubierto, pese a que se ha venido cometiendo desde hace nueve meses, si no hubiera sido por la denuncia periodística. Esta es una constante que viene ocurriendo permanentemente en estos tiempos. Por supuesto que agrada cívicamente que la prensa cumpla este papel; pero es también lamentable que los propios poderes del Estado sean incapaces de generar sus propios medios para evitar circunstancias tan devastadoras. Todo esto nos ofrece la visión de estar viviendo en un ambiente de total superficialidad, debajo del cual hay miasma que debe ser descubierta solo por el periodismo. Pero este asunto no es nuevo. El peor escándalo que virtualmente demolió al Congreso anterior, ocurrió a causa de la violación sexual cometida en el recinto del Poder Legislativo, por el parlamentario Leoncio Torres Ccalla, en la persona de la empleada de su despacho, una jovencita de 16 años de edad. ¿Quién en el Congreso revisó la documentación de aquella muchachita? ¿Quién, a su vez, tenía la responsabilidad de certificar los datos entregados al Parlamento por la empleada doméstica de la congresista Canchaya, para servir a ésta en la privilegiada calidad de asesora parlamentaria? En el presente caso, es alentador que la sociedad en su conjunto haya reaccionado condenatoriamente, con presteza. Hay que comprender que pasar este escándalo por agua tibia, es causar una herida de muerte a la democracia; al sistema. El país le ha aplicado un sobrenombre de origen zoológico, con singular contundencia al Congreso, al estimar que este poder del Estado es un nido de otorongos. Comente este artículo | Visitas: 153 |