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(Fotos)Saqueos y violencia en las calles limeñas detonaron tras la huelga policial que agudizó la división del régimen militar.
Han pasado 35 años de la explosión del vandalismo en la capital y hasta ahora circulan leyendas urbanas sobre lo sucedido, en medio de luces y sombras que alimentan más dudas que verdades, pese al tiempo transcurrido. Aparentemente la huelga policial empezó a incubarse por la cachetada propinada por el jefe de la Casa Militar a un guardia civil, pero desde meses atrás la violencia se incubaba alimentada por las intrigas de algunos generales ansiosos de una mayor cuota de poder.  Los policías huelguistas se atrincheraron en el cuartel de Radiopatrulla, en La Victoria Esta crónica intenta esbozar el escenario de la época y el papel que le tocó vivir a los periodistas, en medio del fuego cruzado y salir a las calles para defender sus centros de trabajo de los vándalos,  Desde el techo de la comandancia exigían aumentos salariales Las interpretaciones de lo sucedido hasta ahora abarcan todo el espectro político, con verdades a medias, “testigos” que no vieron nada, alucinados de los extremos de derecha e izquierda y los infaltables profetas de la nada.Por esa razón, nuestro informe se ubica en la actitud gremial de los periodistas que no se arredraron ante el infierno que parecía haberse desatado en Lima mientras los policías huelguistas se encontraban atrincherados dejando la ciudad desprotegida. Luces y sombras en un régimen militar con corrientes subterráneas encontradas, extremistas de la ultra ixquierda y ultraderecha al acecho de oportunidades para desatar el caos y llevar agua a sus molinos, a costa de la seguridad ciudadana. En 1975 el horizonte político se avizoraban nubarrones de tormenta en el agitado campo sindical. La onda desestabilizadora encontró caldo de cultivo en los bajos sueldos de los policías.  Descontento policial aumentó ante el silencio del gobierno a sus reclamos
 Lis dirigentes de la huelga policial decidieron atrincherarse en la sede de la Comandancia de Radiopatrulla (Fotos archivo La Prensa)  Cadetes de la GC marchan en apoyo de los huelguistas La chicha estaba fermentando
Con las banderas de la inclusión social de todos los sectores gremiales, algunos generales empezaron a maniobrar para dejar de lado a las dos centrales sindicales: CGTP dirigida por políticos afines al Partido Comunista de Jorge de Prado y la CTP del APRA, que mantenían más de una discrepancia en el camino.
Surgieron organizaciones paralelas, digitadas por los diferentes sectores militares. El Movimiento Laboral Revolucionario, MLR, mandaba adversarios al hospital y no pasaba nada. El paralelismo llegó a la organizaciones de maestros, campesinos y trabajadores , provocando un cambalache, sin pies ni cabeza, donde todos se reclamaban “verdaderos revolucionarios” para agarrarse a golpes, ante el velado apoyo de algunos militares intrigantes.  Gobierno ni huelguistas previeron el saqueo, caos y violencia que asolaron las calles limeñas 3 de febrero de 1975
 Sin control policial la ciudad fue una tierra de nadie El descontento entre los efectivos policiales empezó a agudizarse en 1974 con las versiones, cada vez más amplias pero nunca aclaradas, de un General del Ejército que había abofeteado a un guardia de servicio, tema que era la comidilla del momento.El descontento se fue extendiendo especialmente en las filas de la entonces Guardia Civil, en lo que se denunciaba como abuso de autoridad, con volantes y marchas. A los pocos meses los efectivos de la GC sumaron a sus protestas su pliego de reclamos con demandas salariales. El régimen optó por el silencio, en suicida política del avestruz. A las 7 de la mañana del 3 de febrero de 1975, los que encabezaban el descontento policial decidieron radicalizar sus medidas de lucha con una huelga que, evidentemente, podría abrir las puertas al vandalismo, como realmente sucedió. Esta vez no cedieron a los llamados de conciliación de sus superiores ni las amenazas veladas del Ministerio del Interior. La capital se encontró sin custodia en las embajadas, bancos y empresas públicas. El tránsito vehicular sufría congestiones por largas horas.. Los voceros del régimen militar guardaron silencio ante una huelga que ya era un secreto a voces en la ciudadanía. Al avanzar la tarde, centenares de policías se atrincheraron en el cuartel de Radiopatrulla, en la avenida 28 de Julio del populoso distrito de La Victoria. El ejemplo fue seguido por los efectivos de la Unidad de Servicios Especiales, en su sede de la avenida Abancay. Silencio oficial. No se publicó una línea con el argumento de “no caer en el juego de la contra revolución”. Cadetes de la GC acudieron en apoyo a los huelguistas a Radiopatrulla.  Amas de casa y pacíficos ciudadanos convertidos en saqueadores 4 de febrero
El silencio en las esferas gubernamentales no evitó que la ciudadanía se enterase de la huelga policial. que se difundía por volantes.
Bastaba observar la ausencia de efectivos GC, el desorden vehicular y, en todo caso, el acuartelamiento de los amotinados en Radiopatrulla.  En lhoras de la noche del 4 de febrero los tanques se ubican en inmediaciones de Radiopatrulla a la espera de órdenes Los ánimos se caldeaban entre los huelguistas exacerbados por radicales que, en una soberbia infantil, creían haber ganado la batalla ante el silencio gubernamental.El la tarde un destacamento de 300 efectivos de la GC marchó a la Prefectura de Lima para invitar a los agentes de la Policía de Investigaciones del Perú, PIP, sumarse a la huelga. Regresaron en la noche a Radiopatrulla para “celebrar la victoria”. A esas alturas, los policías que pedían calma o diálogo eran abucheados y considerados traidores, por lo que preferían callar. Cerca de la medianoche , los tanques empezaron a calentar motores y comandos en traje de campaña se preparaban para sofocar el amotinamiento policial. (Continúa)
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