
Fue un día en el que Dios estuvo enfermo. Era el 25 de enero de 1999, cuando un terremoto devastó 28 pueblos de Cundinamarca, la región cafetalera de Colombia. Murieron 1,128 personas y el 30% de la infraestructura rural y urbana colapsó abrumadoramente. El desastre rebasó el sistema de emergencia regional y nacional. Quedó muy claro que localmente, no existían recursos y capacidades para asumir el proceso de reconstrucción.
Mientras el gobierno definía la estrategia para afrontar la tragedia, los damnificados sin techo invadían los espacios y edificios públicos para ocuparlos como viviendas, creándose un gran conflicto y confusión. Al fin se creó un organismo encargado de la reconstrucción, que inmediatamente, estableció alianzas con la sociedad civil para efectivizar su acción y estableció prioridades: atención de emergencia a los afectados; oferta de refugios temporales y un plan de construcciones básicas.
La estrategia consideraba fundamental el fomento de la participación local y el fortalecimiento de capacidades y relaciones sociales locales, como mecanismo para la sostenibilidad del proceso reconstructivo, en un marco de transparencia en el manejo de los recursos públicos.
Para la población afectaba estaba muy claro que no sería el gobierno el encargado de la reconstrucción, sino las organizaciones de la sociedad civil, particularmente las organizaciones no gubernamentales. Obviamente, empezaron los problemas, las autoridades locales y los políticos, desde entonces, lanzan duras criticas a la estrategia. Es natural, se sentían desplazados del proceso. Según lo refieren algunos evaluadores del proceso, esta situación esta cambiando poco a poco, pues la gente esta comprendiendo que la ayuda del gobierno, no tiene porqué estar ligada al partido político gobernante.
Durante el desarrollo de la estrategia de reconstrucción, se experimento un auge del turismo, como una actividad que impulsó el desarrollo de la región y de las familias vinculadas a esa actividad. Se hizo visible el aporte de los profesionales en sus áreas de dominio y su aceptación por la comunidad. Se produjo un cambio de actitud de la población al constatar que la estrategia estaba desligada de la política y que el manejo era transparente. Los grupos locales se han empoderado y en vez de disentir, acercan posiciones para compartir una visión de futuro común, lo que aumenta la capacidad fiscalizadora de la comunidad sobre el poder local y otras instituciones..
Por otro lado, en la zona afectada y entre los afectados, surgieron problemas de comunicación, como que los rumores se extendían rápidamente en vez de la información real. En los refugios temporales, debido a las condiciones de vida cotidiana, emergieron serios problemas de convivencia y delictivos. Como la ayuda fue generosa y cuantiosa, muchos individuos y familias se acostumbraron a usufructuar y depender de ella, bloqueando sus propias cualidades, iniciativa y creatividad. En la sociedad rural los métodos de trabajo y participación propios de la sociedad civil urbana pueden parecer incomprensibles por tanto, es menester explicarlos mas.
Hemos sintetizado una experiencia, si se quiere, exitosa en el manejo de riesgos naturales, en la región latinoamericana. Es muy importante para los países que sus gobernantes piensen en términos de defensa civil y no políticamente, en todo caso, una cultura de previsión y manejo de riesgos será políticamente efectiva y eficiente –por lo tanto rentable- para quien la aplica. No es que no existan sistemas de reducción de los impactos de los desastres naturales. Los hay, solo que subordinados a las coyunturas políticas y a la persistencia de los líderes y partidos en políticas paternalistas, caudillistas, anacrónicas e ineficientes, que sustituyen la participación de la sociedad, de los propios afectados, por el protagonismo de ellos.
Precisamente, el mayor desafío en la reducción de los desastres naturales es desarrollar una cultura de la previsión, sobre la base de la experiencia acumulada en nuestras sociedades, que nos permitirá no solamente reducir, sino evitar la gravead de los desastres naturales. En el mundo, según cifras, de un informe publicado por la Secretaria de la Estrategia Internacional para la Reducción de Desastres, en los años 60 las catástrofes naturales implicaron pérdidas por 50 mil millones de dólares, en los 90 creció a 500 mil millones. Suficiente para considerar a los desastres naturales como un problema clave en el desarrollo, especialmente cuando la vulnerabilidad es alta como en el Perú.