Antes de que los carnavales llegaran al Nuevo Mundo, la nobleza española se sentía burlada en los corsos donde hombres con antifaz y disfraces ridículos caricaturizaban a los funcionarios. En 1523,Carlos I prohibió las máscaras y cualquier tipo de enmascarados pero la llama había prendido en el pueblo que se desfogaba de los abusos con sátiras y crueles burlas.

La Corona no pudo evitar que los carnavales se convirtiesen en las fiestas donde se toleran los placeres que son prohibidos durante la Cuaresma, ciclo en que los cristianos guardan recogimiento durante cuarenta días, hasta el Sábado de Gloria. Los cantos pícaros y bailes sensuales vencieron la pacatería de las clases pudientes que, celebraron a su modo, en sus palacios con igual desenfreno.
Los conquistadores trajeron los carnavales junto con las peleas de gallos y corridas de toros. En 1544, en la fiesta del domingo de Cuasimodo, los negros de Lima solían pintarse y cubrirse los rostros con máscaras de diablos para danzar de modo frenético y colorido.

El recordado Nicomedes Santa Cruz señala que en las colonias de América con los negros esclavos e indios sojuzgados y bajo la sutil apariencia de un día de total “libertad”, el dominador invitaba al dominado para que practicara sus más espectaculares danzas ancestrales. El fin que se perseguía era utilizar su cultura “pagana” como encarnación del “mal” y relevar así la sagrada imagen del “bien”, identificando a los primeros con el propio diablo.
Al respecto, el decimista señaló: El éxito de tan peregrina empresa fue tal, que hasta los propios dominados terminaron en muchos casos por admitirse diablos y aceptar gustosos su papel. Y aunque la danza de diablos tiene su origen en España, los afro descendientes la fueron haciendo suya. Los negros agrupados barrialmente después de la independencia (1821) y durante los primeros años del siglo XX, vivían en callejones cerca de iglesias, plazas locales y pulperías, lugares donde éstos celebraran diversas fiestas populares. Esta experiencia influenció la formación de la identidad afro peruana (Panfichi) y fue en estos barrios donde se originaron las diferentes cuadrillas del llamado Son de los Diablos.

Las crónicas mencionan que desde 1630 la fiesta convocaba a negros, indios y mestizos, quienes jugaban con agua y harina en las calles principales de la capital.
Sin embargo, el atrevimiento de quienes se disfrazaban con trajes eclesiásticos y el uso de elementos paganos, obligó a la Iglesia a oponerse a la fiesta. En 1743 advirtió que si no rectificaban su actitud los sancionaría con la excomunión. Otro sector optó por la tolerancia a las clases populares porque reconocía la lentitud del proceso de conversión a la fe cristiana.
En 1780, el virrey Guirior prohibió sin suerte el juego. Posteriormente, en 1822 el marqués Torre Tagle abolió "la bárbara costumbre de arrojar agua en los días de carnaval, junto con los demás juegos impropios que se usaban en ellos". Pero la pena de treinta días de cárcel nunca reguló la vida social limeña. En la segunda mitad del siglo XIX la intendencia de policía amenazó al juego mediante bandos, pero , según menciona, el costumbrista Manuel Ascencio Segura éstos siempre fueron inútiles.
LOS LOCOS AÑOS 20Al iniciarse el siglo XX los carnavales convertían vastas zonas en tierra de nadie, como en tramos del jirón Amazonas y otras arterias del siempre movido Barrios Altos, así como en Malambito, Rímac, o en el Callao. Los tres días de jarana, con juegos de agua y pintura, eran una invitación a la aventura, el placer y el asalto.
En la década de los 20 parecía haber llegado la hora de modernización de los carnavales para elevarlo de los arrabales a los salones de la burguesía. Aparecieron los primeros corsos con carros alegóricos, reinas de belleza y el infaltable Rey Momo.

Crónicas de inicios del siglo XX (11) señalan que los “duelos carnavalescos” que obligaban a coches y tranvías a no circular, continuaban. Pero tenían un desarrollo diferente: los duelos se iniciaban de la calle a los balcones, luego se abría las puertas y los jugadores entraban a “tomar” la casa en lucha “cuerpo a cuerpo” y todo acababa con los derrotados en la tina. Seguidamente se ingresaba al comedor con la gran mesa adornada “criollamente” y llena de potajes, donde no falta la garrafa de “ante con ante”. Por las noches bailes de “mascaritas”.
En las “zonas marginales” y en las casa de vecindad y callejones, “el carnaval de Segura y Fuentes ha reaparecido frenético y terrible” se afirma, a la policía le es imposible ingresar a estos espacios “liberados” , “la típica barbarie de antaño” sigue teniendo vida en los barrios de los pobres.
Los carnavales finalizaban el miércoles de ceniza con el viaje a La Punta o Chorrillos, para disfrutar de corrida de novillos, carrera de pollinos, el palo encebado, el entierro de Ño Carnavalón y evidentemente, la misa que da inicio a la semana santa.

En 1922, un siglo después de que los carnavales fueran prohibidos por el autodenominado pueblo ilustrado, un grupo de notables limeños propuso modernizarlos mediante la organización de un corso que recorriera las principales calles de Lima, siguiendo la tradición veneciana.
En 1923 la municipalidad de Lima reorganizó el Carnaval y durante tres días se realizaron corsos multicolores, bailes y retretas en las plazuelas. El presidente de la República, Augusto B. Leguía prohibió el juego con agua y se introdujo el uso del chisguete de éter, el talco perfumado, la mixtura o papel picado y las serpentinas con mensajes de amor.
El proceso de decadencia se sella durante el Oncenio, cuando Leguía sale por el jirón de la Unión en calesa y flanqueado por dos cestos de pétalos de rosas; va arrojándolas mientras de los balcones atiborrados de “damas” recibe papel picado y serpentina.
Parecía el fin del carnaval popular entre carros alegóricos y las fiestas sociales en Barranco pero el pueblo decidió divertirse por su cuenta antes que limitarse a observar de lejos la diversión de las llamadas clases altas. Las jaranas pronto degeneraron en batallas campales con muertos y heridos.
Los desmanes del carnaval de los años 30 habían recrudecido con el advenimiento de la matachola, con la cual se aporreaba a la víctima sin piedad con el pretexto de empolvarla. Algunos malandrines colocaban piedras para reducir a sus víctimas.
Las pandillas cobraban cupos a transeúntes y vehículos en zonas conflictivas de La Victoria y el Rímac ante la impotencia de la entonces Guardia Civil que se veía superada en número. En 1958 la violencia tuvo su máxima expresión y los servicios se detuvieron porque nadie quería salir por miedo a las turbas callejeras durante los tres días del carnaval.
El presidente, Manuel Prado, con Decreto Supremo N. 348, ordenó se suprima el juego de carnaval en las calles en todo el territorio de la república a partir del año 1959 e inclusive se declaró días laborables al lunes y martes después del domingo de carnaval.
Durante algunos años se continuó celebrando fiestas de disfraces pero, nuevamente, el pueblo emitió su propio "Decreto Supremo" instaurando el carnaval los sábados y domingos de febrero. Es decir, a falta de tres días impusieron ocho.
En el nuevo escenario social, tanto la burguesía limeña, como los callejones "de un sólo caño", aceptaron disimuladamente la costumbre del juego de agua en las calles.
LAS FIESTAS DE BARRANCO
En esta historia no se puede dejar de mencionar las fastuosas fiestas en Barranco, con sus reinas de belleza y desfile de carros alegóricos, así como alguna accidentada reunión en la laguna del distrito, con homosexuales escapando de la policía, entre otras peripecias, que forman parte de las leyendas urbanas en la capital.
El primer Baile de Disfraces se realizó el 26 de febrero de 1913, un DIA DE LA VIEJA, durante la Alcaldía de don Pedro de Osma y Pardo, pero sin que se procediera a la elección de una Reina, hasta el año de 1923, fecha en que coincidentemente fue inaugurado el Casino Social de Barranco, en la segunda cuadra de la Avenida Grau, en cuyos salones, como muestran las fotografías, se efectuaron algunas coronaciones de las reinas barranquinas.

El Municipio cursó invitaciones para que se procediera a la elección democrática de su primera reina; fue tanto el entusiasmo que se hablaba del tema en los bares, playas, parque, en el casino y a las salidas de misa; todos daban su opinión sobre la ganadora cada cuál más bella, pero los pronósticos resultaban arriesgados, sobresaliendo Esther Ríos Colfer, Olinda Gálvez y Juanita Osores.
El 10 de febrero de 1923, a las 7 de la noche, en el Teatro Barranco, se celebró una fastuosa ceremonia con la asistencia de todas las autoridades y destacados invitados, el Consejo en pleno, Cuerpo Diplomático y representantes de todos los sectores sociales, entre aplausos y juegos de confetis y serpentinas, fue coronada la Reina Esther I luego de reñida votación; paralelamente fue coronada la REINA MORA como soberana de la Vendimia de Surco, cuyo carro alegórico con bellos adornos de Parras de Uva había ganado el premio.
Los desfiles alegóricos eran fastuosos, con gran despliegue de disfraces y carros artísticamente preparados que desfilaban por el famoso Paseo Colón.
Esther I participó en uno de estos desfiles por el Jirón de la Unión en un carro adornado con motivos Egipcios y, de allí, en Barranco por la avenidas Sáenz Peña, Grau y Chorrillos. La escoltaban pajes a caballo.
El Carnaval de antaño tenía tres días de festividades, domingo en que se realizaba el Baile Infantil, lunes el Baile de Fantasía y el martes la Verbena que era conocida como la fiesta del estribo a la cual se le sacaba hasta el último minuto.

La antigua avenida Unánue (hoy Bolognesi) era el límite entre la clase pudiente y la de menores recursos. Para romper esa diferencia se ordenó compartir el Parque Municipal con todo el vecindario.
El Baile de Gala, generalmente reservado a los matrimonios y familiares mayores de la ciudad a los que se les cursaba la correspondiente invitación, siendo la asistencia con Traje de Etiqueta o Disfraz obligatorio, reservándose la Comisión «el derecho de admisión».
Era espectacular ver llegar a los asistentes, hermosos disfraces, elegantes trajes de etiquetas en negro o con sacos blancos y corbatas michis. El parque primorosamente adornado con luces de colores alternadas que rodeaban el parque, figuras gigantes de payasos, colombinas, Pierrot, etc., colgaban de las palmeras y de los árboles y los altoparlantes dejaban llegar la excelente música en todo el ambiente. Las pocas bancas eran suplidas por el muro de la nueva piscina, también se usaban los jardines para descansar.
El tradicional chisguete de éter de vidrio, marca Colombina y Pierrot, era el arma, sana para rociar a las damas en los brazos y espalda o mortal cuando algún pícaro se dedicaba a buscar los ojos descubiertos de las Damas. Se cargaban usando un pañuelo pues muchas veces por el calor explotaban en las manos.
Los malandrines de siempre encontraron en el chisguete, rociando el éter en un pañuelo, la droga ideal, por lo que cayó en desuso.
Sin embargo el fenómeno del Carnaval tuvo un auge inesperado en provincias mientras agonizaba en Lima.

LA CANCION DEL CARNAVAL (Polka) Letra: Filomeno Ormeño
¡Todos a reír y a gozar!
Todos a gozar del Carnaval
Mascaritas, vamos a danzar
on ritmo triunfal.