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¿Nacidos para esperar?
martes, 11/09/2007
Mario GonzalesUn aspecto del trabajo periodístico, poco abordado o simplemente ignorado, es el tiempo de trabajo empleado en la realización de comisiones y tareas, cualquiera sea la naturaleza de éstas. Si objetivamente, computamos los minutos, horas y frecuentemente, los muchos días empleados en cumplir una tarea, podremos afirmar que en términos económicos, es la profesión  de mas baja productividad. Mucho esfuerzo, mayor trabajo y producto (es un riesgo) de baja calidad  Extraordinariamente, esta relación se trastoca, entonces, la esquiva fortuna periodística toca la  puerta de una variedad, cada vez mayor, de periodistas, fotógrafos, reporteros, camarógrafos, ayudantes, asistentes, técnicos y practicantes.

Medir el tiempo que los periodistas emplean en ejecutar sus comisiones y tareas es, a veces, un mito, porque se tiende a pensar que actúan expeditivamente, a la velocidad de los acontecimientos propios de una realidad desbordante en eventos y ocurrencias, como es nuestro país. Actúan rápido, más si tienen el auxilio de las nuevas tecnologías de información y comunicación. Lo que no deja de ser verdad, pero bien vista la cosa, no es nada atractivo observar, con frecuencia, a los profesionales y trabajadores de la comunicación esperar, hacer antesala, hacer colas, compartir turnos o esperar la ocurrencia del evento de cobertura.  La espera, es de muchos minutos y horas diarias. Hay algunas ocupaciones que demandan  de esperas, realmente exasperantes, tiempos de espera que dependen del carácter, de las ocupaciones, de los problemas, que agobian a un entrevistado, a un vocero, a un artista, un líder.  

En otras circunstancias hay que esperar la ocurrencia de un evento, viajar con antelación a un lugar y esperar que llegue el día del acontecimiento. Solo esperar, incluso sin saber si se producirá el objeto de la espera, sin poder ocuparte en otras cosas, haciendo nada, pues estas lejos de todo y atento al cumplimiento de la tarea. Imaginen ustedes la espera del desenlace del secuestro de rehenes en la Residencia del Embajador japonés en la ciudad de Lima. El trabajo es esperar, que se transforma en una técnica, en un arte, saber esperar, te ubica en el lugar exacto del azar, es decir de la noticia, o del hecho que se cruzó en tu camino. Esto sucede cuando se produce la espera activa, verbigracia, los periodistas Mártires de Uchuraccay, mientras esperaban conocer la verdad, antes, debieron viajar, recorrer, afrontar frío, hambre, cuando terminó la activa espera, fueron lapidados. Mientras espera el periodista, otros hechos se le cruzan en el camino, rompiendo el tedio, la improductividad y la monotonía de arte de Job.  

¿Porqué esperar demasiado se ha convertido en una rutina profesional? Seguramente, hay muchas causas que producen esta situación, pero hay una en particular, que nos parece es el origen mas frecuente de la espera periodística: la impuntualidad. Si debemos resaltar alguna característica de los actores y protagonistas de la información, de las noticias, esa es la impuntualidad, convertida en el pan de todos los días de los periodistas, no solo en el Perú, sin temor a equivocarnos, en todo el mundo. Incluso, en los países más organizados y de ciudadanos más formales que los ariscos, libérrimos e indisciplinados latinoamericanos, en donde la impuntualidad, no es reprochable, simplemente sucede, que los demás, si los otros, llegaron muy temprano, se adelantaron a la hora.

Existe una doble impuntualidad, la descrita, la que sufren los periodistas por acción de los otros. Los funcionarios ya vienen, los dirigentes están en camino, el presidente debido a sus múltiples ocupaciones, el artista sufrió el retraso de su vuelo, factores ajenos a la responsabilidad de los transportistas retrazan las partidas o llegadas, todo eso junto y muchos otros argumentos más,  hacen que la espera, la pérdida de horas/hombre, el despilfarro del tiempo del profesional lo acerquen – activamente- a la jubilación en intensa espera. La otra impuntualidad, es la de los propios periodistas, inevitablemente, lo saben los curtidos hombres de prensa. Todos llegan tarde, por lo tanto: Yo también… igual, así seguiré esperando a los otros. Las 8 horas, pueden ser 9, las 10 o muchas más.  

La espera, no solo es una situación de impacto económico-productivo, time is money, también tiene un aspecto  emocional. Así como esperar puede ser aprovechado para hacer  de los colegas, amigos, generar solidaridades, simpatías o antipatías y conflictos, también generan impactos emocionales de otra índole como el stress, las tensiones, la ansiedad, muy pronto se somatizan y dan lugar a las plagas del siglo: las gastritis, alergias, tics, las adicciones.

Lo seguro es que la espera de los periodistas no es un asunto motivado, siempre, por factores de riesgo de la profesión, no, son provocados por los hábitos de los protagonistas de la información y los intermediarios, que son los periodistas, que han desarrollado una resistencia o tolerancia a la impuntualidad que alimenta la irresponsabilidad de los otros. Evidentemente, hay muchos hechos o noticias que no tienen horario, hay que esperarlas, pero hay otras en la que de no producirse a la hora señalada, los periodistas deberían retirarse, contribuyendo así a generar una cultura de signo diferente a la que les toca vivir. Sería difícil practicarlo, porque hay una expectativa de primicia. Buscarlas, hace que la competencia entre  periodistas sea tan intensa que no hay posibilidad de actuación conjunta en sentido educativo.  

Mientras no surja un consenso para cambiar esta característica del trabajo periodístico, ellos, los periodistas, deberán seguir  sometidos a la presión de sus jefes, debido a sus horarios trastocados por las esperas e impuntualidades propias y ajenas,  a reforzar la imagen de impuntual del periodista, que antes cubrió un hecho que se retrasó y que, a su vez lo obligarán a retrasar otros trabajos. Siempre atrasado de tanto esperar. No es un asunto de uno, sino de cada uno de nosotros.

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