
Los periodistas y muchas organizaciones no lucrativas se dedican con relativa frecuencia y reiteración a advertir cuales son los países en los que de algún modo, con distinta graduación, se afectan los derechos humanos y las libertades de un periodista. A pesar de la abundante información, que se encuentra fácilmente en la sociedad de redes, bajo la forma de alertas, informes sin embargo, el ejercicio de la profesión periodística puede compararse con la de un cristiano lanzado a la arena de un antiguo circo romano.
En muchos lugares el ejercicio de la profesión se realiza en contextos de riesgo, sea de censura, presión, agresión, sospecha, cuando no de corrupción o de muerte del periodista. Se ha creado la categoría las peores zonas para ejercer el periodismo, se desarrollan intensos procedimientos de denuncia y discusión de los casos de agresión al periodismo y al periodista, proliferan las organizaciones de defensa y protección del periodista, son cada vez mas vinculantes las decisiones de tribunales y foros nacionales e internacionales, pero estas medidas no mitigan los escenarios de riesgo que padecer los periodistas.
En el mundo infernal en el que se desenvuelve el periodista, poco importan los paradigmas y los modelos sociales. En el, se igualan los regímenes totalitarios, populistas y democráticos, en presentar factores de inseguridad e inestabilidad para los periodistas. Incluso, acontece muchas veces, que los peligros de la profesión, por lo tanto los riesgos, son mayores en regímenes depuradamente liberales que en los otros. Los riesgos cuando no son muchos, sin embargo, son inevitablemente mortales. Las noticias dramáticas y conmovedoras sobre los periodistas no vienen de los ejes del mal, sino de los otros. También, la presión y la prisión o el paredón (metafóricamente hablando), no provienen solamente del Estado, los agresores u ofensores pueden ser empresarios, artistas, asociaciones sin fines de lucro, instituciones laborales y porqué no, hasta los propios medios periodísticos. La sociedad civil sumándose al cargamontón contra los periodistas, sin ignorar el papel de comunidades, pueblos y etnias que, a veces, ven en el periodista a un tigre de papel, al cual combatir.
Estamos en un punto en el cual el escenario de realización del periodista no es excepcional. Lo afirmado antes, fácilmente encontrará sólidas refutaciones, que pueden invalidar nuestro enfoque, sin embargo, las presiones, la violencia contra los periodistas continua, increscendo, si revisamos todos los reportes sobre violaciones a los derechos y libertades del periodista. A pesar de todos los candados, filtros, previsiones, la situación no tiene cuando terminar, por tanto, el asunto debe verse como sociológico. Las situaciones de riesgo, parten de los escenarios conflictivos de la sociedad. La confrontación entre distintos sectores y fuerzas sociales, colocan a los periodistas en el medio de conflictos complejos, antiguos y a veces intrascendentes, entonces los contendientes, asumen al periodista como el intermediario, a los que pueden cortar el cuello para devolverlos a los enemigos como señal de beligerancia, otras como impotencia o ejercicio de violencia compensatoria.
Según los reportes y alertas del Observatorio Latinoamericano de la comunicación social de FELATRACS y de la Asociación Nacional de Periodistas del Perú (ANP), Cuba tiene algunos periodistas presos y los retiene en cárceles inmundas, por muchos años, pero México desconcierta con su mayor número de periodistas asesinados, tantos que ha desplazado a Colombia de la cúspide de un ranking vergonzante. En Bolivia los medios comunitarios son vistos con desconfianza y son sometidos a una serie de restricciones, mientras el gobierno del pueblo, construye una red de medios propia. No es diferente todo esto, a lo que acontece en el Perú, donde políticos y grandes empresarios monopolizan licencias de operación de medios, mientras varios cientos de ciudadanos esperan larguísimos años poder acceder a una licencia y formalizar el funcionamiento de un medio clandestino e informal, perseguido por el Estado, que termina embargando todos lo equipos y enseres del medio. Desde el Estado se fortalece a la empresa comunicacional y se debilita cada vez más al periodista.
En varios países de América Latina y el Caribe, subsisten, con vigorosa vigencia, abundante legislación autoritaria, ultraliberal o populista pero abiertamente dictatorial, herencia de procesos políticos anteriores. Normas y úkases-mordaza contra la prensa y la ciudadanía que los parlamentos democráticos no cuestionan, menos aún, aspiran cambiar y que los gobiernos -también democráticos- aplican con singular entusiasmo en nombre de la democracia, en cualquier ocasión. Los gobiernos de Chile, Argentina, entre otros, no han desmontado del todo el aparato jurídico-legal de la herencia política-represiva, que fueron concebidos para ejercer un mayor control de la política, incluida la comunicación social.
Así, como el loto, en medio, no del fango, pero en un contexto problemático, el periodismo florece, aunque desde siempre, haya tenido sus debilidades, sus flaquezas. ¿A pesar de todo tiene la fuerza para salvarse?