
No debe confundirse al revolucionario con el terrorista o guerrillero a sueldo. El revolucionario lucha por un cambio profundo de las estructuras sociales, económicas, políticas, educativas y culturales de un país y lo hace sobre la base de principios ideológicos, por convicción propia, sin otro interés que la libertad y la justicia social.
Pero también dialoga frente a frente, usa la fuerza de la razón, denuncia a los opresores del pueblo y a quienes viven de la pobreza de las mayorías, lucha por una sociedad sin opresores en su cúspide ni oprimidos en su base.
En tanto el terrorista o guerrillero a sueldo es un reaccionario y conservador, se apodera de personas y pueblos con el fusil en la mano y el coche-bomba, a cambio de jugosos sueldos procedente del narcotráfico o de otras fuentes indignas. Chantajea a las familias, instituciones, partidos políticos, sindicatos y gobiernos; esconde la cara, ataca por la espalda, secuestra a personas, asesina y tortura, atenta contra los derechos humanos impone sus ideas por la razón de la fuerza, el temor y el odio de clases. Lucha por la dislocación social, el estado de guerra permanente, el derrocamiento de las fuerzas del orden democrático (policías, militares, marinos) y la desaparición del Estado de Derecho.
Cruzada continental propone Luís Gonzáles Posada
Luego de esta clara diferenciación entre el revolucionario y el terrorista o guerrillero a sueldo, cae como perilla al dedo la propuesta e invocación del presidente del Congreso de Perú, Luís Gonzales Posada, con el objeto de que se impulse una gran cruzada continental por los derechos humanos y América Latina sea a corto tiempo “un territorio libre de secuestros”.
En esta gran cruzada continental, dijo, deberían participar los gobiernos democráticos, los medios de comunicación, las Organizaciones No Gubernamentales, los organismos internacionales como la Organización de Estados Americanos y las propias instituciones defensoras de los derechos humanos. Así nuestras colectividades verían liberados a cientos de personas que están en poder de terroristas no sólo en el país hermano de Colombia sino en cualquier país de América Latina.
Pero también, dijo Gonzales Posada, se haría del diálogo un instrumento de acercamiento y entendimiento entre las fuerzas políticas y las instituciones democráticas de América Latina, en defensa de la vida, del trabajo, de la educación, de la vivienda, de la libertad y la justicia social.
Se necesitan más normas eficaces
Un Estado de Derecho tiene que defenderse con sus propias armas: la Constitución política, las leyes generales y especiales o el diálogo democrático. Y quienes luchan empuñando las armas contra el estado deben recibir todo el peso de la ley.
No le falta razón a Rafael Guarín (Diario Del País, 12/01/08) cuando señala que “Se necesitan normas que proscriban partidos políticos, estructuras disfrazadas de organizaciones sociales y medios de comunicación que hacen parte de la estratagema del narcotráfico y el terrorismo. Y segundo, está pendiente erradicar definitivamente la teoría general de la justificación del crimen, sólo así superaremos la barbarie de los siglos XIX y XX. En eso Europa va a la delantera”.
Basta ya de aquellas expresiones “El poder nace del fusil”, “Lucha armada…venceremos” o “La violencia es la partera de la historia”, cuando constatamos a diario que la violencia es la sepulturera de la historia y la civilización.
Si no preguntemos qué les ocurrió a los peruanos: más de 60 mil muertos como producto de la acción armada jefaturado por Abimael Guzmán y sus tontos útiles; el Estado gastó más de 30 mil millones de soles para defender a todos los peruanos; cientos de familias se quedaron en completo estado de abandono, huérfanos de padre y madre, sin trabajo, con las caras mustias y un irreparable vacío existencial.
Con las palabras de Manuel González Prada, diríamos: “Entonces se reconoce que no merecen llamarse grandes los tigres que matan por matar o hieren por herir, sino los hombres que hasta en el vértigo de la lucha saben economizar vidas y ahorrar dolores”.