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La novela de Hawking
sábado, 22/03/2008

Cuando una va a entrar en el despacho de Stephen Hawking por primera vez no puede evitar sentir cierta ansiedad. ¿Cómo es el gran científico? ¿Cómo encarar el encuentro con alguien que padece una durísima enfermedad? ¿Cómo saludarle para facilitar su respuesta, si puede responder de alguna manera?

¿Detrás de esa puerta habrá un despacho de un cosmólogo, de un físico teórico, o una sala hospitalaria con todos los equipos imprescindibles para mantenerle con vida? ¿Por qué tarda tanto la secretaria en abrir esta puerta?

Por fin, la jovial secretaria te invita a pasar, cuando Hawking (Oxford, Reino Unido, 1942) ha sido atendido y dispuesto para recibir a una visita. Dos ventanales, pizarras en las paredes, muchas fotos, un sofá, una mesa con un ordenador... Es un despacho normal, de tamaño medio, en una esquina del Centro de Ciencias Matemáticas de la Universidad de Cambridge, a las afueras de la ciudad. Hawking, sentado en una aparatosa silla de ruedas que sujeta todo su cuerpo maltrecho, incluso la cabeza ladeada en su postura ya característica, te mira. Sus ojos, prácticamente lo único que puede mover a voluntad, son una mezcla de dolor y de inmensa curiosidad, como los ojos de un crío muy enfermo que no por ello deja de sentir atracción insaciable por cualquier novedad que detecte a su alrededor.

Su hija, Lucy Hawking, le atusa el flequillo y le da un beso. La secretaria recoge y ordena papeles. Un humidificador, encima de la mesa, produce a borbotones el vapor que inunda la habitación, imprescindible para que Stephen pueda respirar.

Casi inmediatamente, tal vez porque es inquieto, tal vez porque tiene mucho trabajo que hacer y poco tiempo que perder, Hawking pone sus ojos a funcionar y se oye el bip bip bip del ordenador acoplado a la silla de ruedas, cuando él va eligiendo palabras en una pantalla con la mirada y compone la frase. Poco después se oye su voz artificial: "Hola, ¿cómo está?".

Sentada a su lado, casi se agota una presenciando el enorme esfuerzo que hace para comunicarse. Bip bip bip durante un rato que se hace interminable y se oye otra vez su voz: "He podido contestar sus cinco primeras preguntas, no he tenido tiempo para más". Es perfectamente comprensible: ha tardado algo más de cuatro minutos en componer la frase. ¿Cómo puede desarrollar tanta actividad un hombre así, con una enfermedad degenerativa que en 45 años le ha ido devorando toda capacidad de movimiento del cuerpo hasta dejarle sólo el parpadeo? Hawking está inmerso diariamente en sus investigaciones cosmológicas, se ocupa de sus alumnos, da conferencias, viaja y escribe libros. Su última obra es, por primera vez, una novela infantil, La clave secreta del universo (Montena), que ha escrito en colaboración con su hija Lucy.

Es una aventura trepidante de un niño y una niña que viajan por el sistema solar subidos en un cometa, que ven desde el espacio la Tierra, tan bonita y tan frágil, que disfrutan de un ordenador prodigioso, que van al colegio, que desobedecen a sus padres, que vencen a los malos. Y a la vez, el último libro de Hawking es un espléndido libro lleno de explicaciones sencillísimas sobre el Big Bang, sobre los agujeros negros, sobre el universo, sobre la física que lo rige y que Hawking ha ayudado a desvelar. Además, es un canto a favor de la alianza entre la ciencia y la ecología para salvar este planeta. El libro salió el año pasado en el Reino Unido y se publica ahora en España.

Todas las sociedades han tenido su cosmología, su visión e interpretación del mundo. ¿Es la teoría del Big Bang la cosmología de nuestra sociedad contemporánea? ¿Y si lo es, está al alcance de la comprensión de la gente o es demasiado difícil?

"La especie humana siempre ha intentado comprender el universo en que se encuentra", responde Hawking. "En el pasado construimos teorías basadas en pocas pruebas, pero nuestra imagen moderna está bien fundamentada por las observaciones, y la idea de un universo en expansión que empezó con una gran explosión es fácil de comprender".

Pidió las preguntas por adelantado y ha preparado las respuestas, contestado cinco de ellas, como ha dicho, con una economía de palabras más que justificada.

¿La aventura de George y Annie en La clave secreta del universo pretende comunicar esa visión científica del cosmos a las nuevas generaciones o es una manera de llegar a todos explotando al niño que llevamos dentro? "Tenemos ese doble objetivo, es un libro apto para todas las edades".

Lo más asombroso de Hawking, lo que admira y conmueve, es su pasión por vivir superando todos sus impedimentos, su terrible enfermedad, casi como intentando hacer que no le pasa nada. Y la ciencia debe ser uno de sus motores secretos. ¿Qué le produce más satisfacción en la ciencia, qué es lo que más le divierte? "El descubrir algo nuevo que nadie sabía hasta ese momento. No hay nada más emocionante que eso", contesta.

¿Debería tener más peso el conocimiento científico en nuestra cultura contemporánea? "Por supuesto, tengo la esperanza de que la ciencia tenga en la sociedad más importancia que los prejuicios y las supersticiones, de lo contrario la perspectiva que tiene el mundo es muy pobre", dice.

Hawking es un pozo de sorpresas. Cuando todo el mundo le hace flotando con el pensamiento en algún lejano recoveco del cosmos, resulta que también está pendiente, y mucho, de los problemas medioambientales. En su nuevo libro la preocupación por el entorno es casi tan protagonista argumental como la ciencia. ¿Es su mensaje para los niños y no tan niños? Su respuesta es contundente: "Estoy realmente preocupado por la forma temeraria en que estamos tratando nuestro planeta. A menos que cambiemos de orientación ya mismo, tendremos el azote del desastre en los próximos cien años. No podemos esperar a que las cosas empeoren más aún antes de actuar, porque entonces será demasiado tarde".

Delgadísimo, vestido impecable -"le gusta ir elegante", comentará luego Lucy-, con un traje marrón de pana fina, camisa marrón y zapatos de ante del mismo color que tiene colocados inertes en los soportes de la silla, el físico británico sigue afanándose por escribir con su mirada y el bip bip bip es constante. Un sensor colocado delante de sus gafas capta la dirección de sus ojos sobre una lista de palabras distribuidas en columnas en la pantalla que está acoplada a la silla de ruedas. Así, con los ojos, mueve filas y columnas de vocablos, elige cada palabra y va componiendo la frase, que al final un sintetizador de voz artificial pronuncia por un altavoz. Y no por el esfuerzo que tiene que hacer parece que quiera ahorrarse ni un comentario que se le ocurra.

Encima de la mesa tiene una pequeña fotografía en la que aparece él, muy joven, junto con dos personas más. En uno de ellos reconozco a Kip Thorne, un físico estadounidense, gran amigo y colega suyo, con el que ha hecho varias apuestas de lo más peculiares sobre resultados difíciles de la física que comparten. "Aquí está usted con Thorne", le digo. Suena el bip bip bip durante un minuto, me mira, y sale la voz: "Y con Roger Penrose". Efectivamente, el tercero es Penrose, con el que hizo algunos de sus descubrimientos científicos más importantes. ¿Y sigue haciendo apuestas con Thorne? "Sí, claro".

En la repisa de un ventanal del despacho hay varios marcos con más fotos. Una es de Richard Feynman, un grandísimo físico estadounidense ya fallecido. Se lo comento y ni siquiera esta vez ahorra la respuesta, aunque obvia: bip bip... "Sí".

Por Alicia Rivera

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