
Manuel González Prada, fundador y Presidente del primer Comité Central Directivo de La Unión Nacional (1891), agrupación política cuyos propósitos programáticos se orientaban de una manera especial unir a los hombres por el vínculo de las ideas, tender a la formación del espíritu nacional, fomentar verdadera solidaridad de intereses entre la costa y la sierra y convencer a los últimos ciudadanos que el ataque a las garantías de un solo individuo, implica amenaza contra el derecho de todos.
La referida agrupación, en materia de definición por la forma de gobierno optó por conservar el de la República Unitaria, con la actual centralización política; pero converger paulatinamente hacia la República Federal, haciendo que la descentralización administrativa otorgue cada día mayores libertades a municipios, beneficencias e institutos de enseñanza.
González Prada, es uno de los pocos intelectuales críticos, de inicios del siglo XX, que en Perú supo decir su verdad sin escaramuzas y defender sus principios con toda la fuerza de sus convicciones, sin incensar a los que mandan y sin servir de vocero a los que sueñan con arrebatar el poder.
Para González Prada, la población peruana se divide en dos fracciones muy desiguales por la cantidad: los encastados o dominadores y los indígenas o dominados. Cien a doscientos mil individuos se han sobrepuesto a tres millones. “Existe una alianza ofensiva y defensiva, un cambio de servicios entre los dominadores de la capital y los de provincia: si el gamonal de la sierra sirve de agente político al señorón de Lima, el señorón de Lima defiende al gamonal de la sierra cuando abusa bárbaramente del indio” (“Horas de Lucha”).
Señala González Prada que “La República sigue las tradiciones del virreinato. Los presidentes en sus mensajes abogan por la redención de los oprimidos y se llaman “protectores de la raza indígena; los congresos elaboran leyes que dejan atrás a la Declaración de los Derechos del Hombre; los ministros de gobiernos expiden decretos, pasan notas a los prefectos y nombran delegaciones investigadoras, todo con el noble propósito de asegurar las garantías de la clase desheredada; pero mensajes, leyes, decretos, notas y delegaciones se reducen a jeremiadas hipócritas, a palabras sin eco, a expedientes manoseados. Las autoridades que desde Lima imparten órdenes conminatorias a los departamentos, saben que no serán obedecidas; los prefectos que reciben las conminaciones de la Capital saben también que ningún mal les resulta de no cumplirlas”.
Al referirse a Lima dice que Lima es no sólo el gran receptáculo donde vienen a centralizarse las aguas sucias y las aguas limpias de los departamentos: es la inmensa ventosa que chupa la sangre de toda la Nación. Esas quintas, esos chalet, esos palacetes, esos coches, esos trajes de seda y esos aderezos de brillantes, provienen de los tajos den la carne del pueblo, representan las sangrías administradas en forma de contribuciones fiscales y gabelas de todo género. Merced a las sociedades anónimas, todo ha sido monopolizado y es disfrutado por un diminuto círculo de traficantes egoístas y absorbentes. Fuera de ellos, anda para nadie, lo mismo en los negocios que en la política, salvo haciendo los postulantes el sacrificio de convicciones y dignidad. Consigna – la abyección y la obediencia”. A Lima debe mirársela como el gran foco de las prostituciones políticas y de las mojigangas religiosas, como el inmenso pantano que inficiona el ambiente de la República.
La evolución salvadora – indica González Prada- se verificará por movimiento simultáneo del organismo social, no por simple iniciativa de los mandatarios. ¿Por qué aguardar todo de arriba? La desconfianza en nosotros mismos, el pernicioso sistema de centralizar todo en manos del gobierno, la manía de someternos humildemente al impulso de la capital, influyeron desastrosamente en la fortuna del país. Especie de ciegos acostumbrados al lazarillo, quedamos inmóviles al sentirnos solos.