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Después de lo escrito sobre América Latina, sobran los argumentos que explican porque los españoles odian el término de América o de América Latina. Acaso se consuelan al denominarnos Hispanoamérica. Está claro que quienes nos bautizaron fueron los italianos y que un alemán hizo el primer “dibujito” de nuestras tierras y nos agregaron otro nombre, Sudamérica; pero fueron lo franceses que nos agregaron el apellido: latina, y para completar la historia diremos que Estados Unidos nos quitó el nombre, se apropio de él. Hoy, en el mundo y más nosotros mismos, cuando nos referimos a los norteamericanos, los llamamos: americanos o como lo dice el músico argentino Piero, Los americanos.
Según el escritor chileno Gustavo Martín Montenegro, los latinoamericanos estamos resignados a que nos llamen como quieran, imponiéndonos desde fuera conductas, valores y modelos de desarrollo que otros desean. Es interesante pero tal vez no muy exacto, lo real es que América latina o Latinoamérica es un concepto y una concepción en generalización, no es una o única, es sin duda, una síntesis de múltiples determinaciones y siempre es una pasión. Hay alguna diferencia entre América Latina y Latinoamérica, hasta donde indagamos ninguna, pues el orden de los factores no altera el producto. ¿Y, porqué América y no Américo? Simplemente tenía que ser eufónica a los oídos de los geógrafos y cartógrafos del siglo XVI y encajar con las tres conocidas de entonces: Asia, África, y Europa. Si alguna observación podemos hacer, con el riesgo de equivocarnos, es que los científicos sociales y los políticos parecen preferir el segundo al primero. Otros desdeñan latina y hasta la creen una invectiva. ¿Por qué Latina? Esta expresión va tomando forma y contenido a partir de la ruptura político con España, entonces otros países europeos pretendieron ganar influencia y presencia en países recién liberados y de ese modo reordenar las zonas de influencia en el mundo. La latinización del sur del continente americano, es resultado de un proceso más complejo. Una Europa (la del siglo XVIII), que cree ha llegado el momento de imponer su presencia política y económica, ante la debilidad de los Estados Unidos y la convicción de las ex colonias de que España era enemiga de los procesos de independencia. Francia, plasmo brutalmente su interés de desarrollar sus intereses en México, imponiendo un soberano austriaco como Maximiliano. La estratagema colonial debía encubrirse en un esquema doctrinario del Pan latinismo, un modo de ocultar una política expansionista y colonial basada en una identidad cultural diversa pero común, promovido por Michel Chevalier, asesor de Napoleón III, emperador que dividió el mundo en tres bloques raciales: el germano-anglosajón y protestante dirigido por Inglaterra, el eslavo y ortodoxo, conducido por Rusia y el latino y católico, liderado por Francia. La promoción y sustentación del latinismo se hizo a sablazos y a través de La Revista de las Razas Latinas, publicada en París, en 1857. Una de las tesis dogmáticas agitadas en esos días fue: “que si los anglosajones eran superiores para construir una civilización técnica, los latinos tenían una cultura superior y más alta” (M. Rojas. Noción de América Latina. España, 1990). Debido al poderío francés en el siglo XVIII, el latinismo se extendió y entusiasmó a la intelectualidad criolla de nuestras tierras. La doctrina siguió creciendo, pero Francia como país e imperio cayó estrepitosamente en el desprestigio, mientras el vocablo América Latina sobrevivía primero como una identidad anti norteamericana, luego como una expresión aceptada por el gobierno norteamericano de Woodrow Wilson, para hacer después lo mismo que hizo Napoleón III. Visitas: 382
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