Ser o no Ser
Barrios Altos, metáfora surrealista | Barrios Altos, metáfora surrealista |
| miércoles, 02/04/2008 | ||||||
Así como la inmediatez a los acontecimientos suele dificultar conocerlos científicamente, también la proximididad geográfica, muchas veces, impide la valoración de lo intrínsecamente vivencial y estético de un lugar. Como si la cotidianidad estuviera condenada a terminar rutinariamente bostezando. A veces acontece en grado extremo. Célebre es el caso de Garibaldi, que desde la mismísima Venecia buscaba desesperado una ciudad donde solazar su espíritu (o el caso de Christian Barnard que hasta hoy no deja de sorprenderse de su coqueto corazón...) Seguramente, a causa del trajín diario sobre las espaldas de los Barrios Altos, algo parecido acontece a muchas personas que viven en la capital, sobre todo los que solo perciben los superfluo, cuando no lo gris; la resumante humedad de las calles, los ya inmotivados colores de sus paredes, los ruidos sepulcrales de sus puertas y pestillos, los cuchicheos de sus tuberías o solamente sentirse fastidiados por la nocturnidad de los tugurios. Lima, (la de casi ocho millones) desarrolla y recrea su identidad desde tres afluentes socioculturales: el andino-serrano, que a veces se mimetiza con los elementos de la informalidad (impone su presencia desde el cono sur y el cono norte); el cosmopolita ( de Miraflores y San Isidro por excelencia); y el mestizo criollo (fundamentalmente de los Barrios Altos). Este último, como proyección criolla de lo colonial, a nivel del arte, de la gastronomía, de las costumbres familiares y religiosas y de los factores étnico y lingüístico. (Aquí, en Barrios Altos; están los mejores rasgos mestizos, incluyendo por supuesto, zambos y mulatos. También en bares, esquinas y a la vera de sus callejones se cultiva la resistencia a toda jerga que no sea criolla. Las personas se reconocen en su propio hablar, pese a mediar algunas calles de los otros espacios culturales y a tener las mismas imágenes televisivas en el entorno familiar). Se debe recorrer los Barrios Altos siguiendo el consejo de Ricardo Palma. Según él, las doce del día es una buena hora para visitar un lugar; es el momento en que se le palpa íntegro, incluyendo la sazón de sus calles y cocinas (éstas, a veces, con incompatibles ingredientes) y los humores de su gente. Barrios Altos, lugar de geografía ascendiente, patentiza su embrujo no solo con sus clásicas casonas-merecedoras de ilustrar exigentes antologías arquitectónicas- sino con sus plazuelas, iglesias, callejones, talleres, festividades y costumbres. En cuanto a talleres y tiendas: en el jirón Ancash hay peculiarísimas talabarterías, de arreos para caballos de pura sangre (“y ello no significa ninguna conducta racista”, alega uno de los propietarios). Los arreos llevan decoraciones selectas, desde el mundano perfil de la Perricholi, hasta el rostro compungido y penitente de Santa Rosa. En una de estas talabarterías, al fondo de un cuartito que sólo parece conocer la oscuridad, se confecciona todo tipo de latiguillos y demás sutilezas para estimulo de excelsas pasiones (“no son sólo penitentes nuestros clientes”, dice con picardía el dueño del taller); en el jirón Andahuaylas hay una tienda-taller donde se venden escapularios y detentes del pleno de santos y vírgenes que se veneran en todos los confines del país. Con la sutil ventaja de que los hay benditos y otros en trance de serlo. Nos propusimos ver cuán amplia era su cartera de escapularios y solicitamos el del Padre Eterno, Patrón del distrito de Sorochuco, provincia de Celendín, departamento de Cajamarca. No tardó ni cincuenta segundos y ya teníamos ante nuestros sorprendidos ojos el hermoso detente del Padre Eterno. En el jirón Junín hay pequeñas imprentas, más parecen caricaturas de éstas. Hay una que sólo imprime cancioneros y asesora o redacta cartas de amor y cadenas de la buena suerte. En el jirón Huallaga se encuentra una tienda, de esotérica identificación, que vende chalinas y bufandas; las hay de múltiples rubores (de varios colores) y de un solo rubor. A su vez, en el jirón Ancash encontramos colosales boterías. En algunas, se añaden a las botas insólitas exquisiteces. Unas son para las botas de mujer, otras para las de hombres, y muy diferentes y más recargadas son para las botas de personas a caballo. En el jirón Miroquesada hay un taller que confecciona escudos y blasones (“no falta quienes quieren apuntalar su alicaído prestigio”, indica el artesano), pero además aquí se desentraña la genealogía de los apellidos, y luego de remover libros de empastes exóticos, listas, cartones y escuadras, y levantando el mentón con inspirado aire aristocrático, nos contesta que el apellido en cuestión echa raíces en una rama de noble croatas que luego migraron en barcos cargueros al Perú por los años de 1980. En este mismo jirón existen tiendas que venden únicamente cuellos de camisa de todos los colores y tamaños. Escribir Comentario
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Así como la inmediatez a los acontecimientos suele dificultar conocerlos científicamente, también la proximididad geográfica, muchas veces, impide la valoración de lo intrínsecamente vivencial y estético de un lugar. Como si la cotidianidad estuviera condenada a terminar rutinariamente bostezando. A veces acontece en grado extremo. Célebre es el caso de Garibaldi, que desde la mismísima Venecia buscaba desesperado una ciudad donde solazar su espíritu (o el caso de Christian Barnard que hasta hoy no deja de sorprenderse de su coqueto corazón...) 
Desde la toma como administrador de Panamericana Televisión, Genaro Delgado Parker ha sometido a dicha televisora, y a sus recursos humanos y materiales,...








