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Un ser de noble corazón, puede inquirir el alma de bondad de otro ser. Intuición reverente de pocos equívocos. Plácido Domingo, es una especie de mortal que se va perpetuando en el tiempo, posee brillo propio, que le da el talento intacto de su arte. Pero también, trastoca nuestra sensibilidad, ante la más aplaudida escena de entrega y bondad.
José Plácido Domingo Embil, frustrado futbolista profesional, allá por los años 50, antes de dedicarse a la ópera, es uno de aquellos filántropos que no duda en desprenderse de sus labores artísticas para ir en ayuda del necesitado. Esto en Latinoamérica o en algún otro punto del mundo. Testimonio de ello, es su desprendido y sentido apoyo, cuando el 19 de septiembre de 1985, el mayor terremoto en la historia de México, destruyó toda la capital. Allí estuvo, ayudando en las labores de rescate. Allí donde también fallecieron familiares suyos. Su alto espíritu de ayuda, le obligó a realizar conciertos benéficos para las víctimas. En 1990, con la célebre sociedad artística de Los Tres Tenores en Roma, también, se vistió con la camiseta de la solidaridad para realizar varios eventos y reunir dinero para la Fundación Internacional contra la Leucemia José Carreras. Cosa curiosa y sin el ánimo de enmarañar, algo que nunca fue desmentido por Plácido Domingo, es la historia quizás, ilusoria y no aseverada por el otro gran tenor José Carrera. Circula por la web una historia que ensalza el alma de este cantante lírico de voz versátil, tono sonoro y claro. Lo contamos y saque usted su conclusión. En lo que a nosotros respecta sólo intentamos sacar el reflejo de lo expresado, en una historia tan noble y tan humana. “Se dice que madrileñós y catalanes son rivales. Y siendo Plácido Domingo, un madrileño y José Carreras, un catalán, situaciones políticas, en 1984, hicieron que ambos se enemistaran. Tal era la discordia y, siendo tan solicitados, hacían constar, que sólo se presentarían en determinados espectáculos siempre y cuando el adversario no fuese invitado. Pero como la vida enseña, y la esencia de quienes son nobles de corazón, nunca se apaga. Allá por el año de 1987, Carreras tuvo que enfrentarse a un terrible enemigo, mucho más implacable que Plácido Domingo, su declarado rival. Le diagnosticaron cáncer a la sangre. Sufrida fue su lucha. Pues, se sometió a dolorosos tratamientos, además del auto-transplante de la Medula Ósea y un cambio de sangre, que lo obligaba a viajar una vez al mes a los Estados Unidos. Condiciones, éstas muy difíciles para trabajar. Lo que ocasionó, un descalabro en su economía, por los altos costo que generaba su enfermedad, en viajes y tratamientos. Ya en bancarrota total, pero sin perder las ganas por una esperanza a su existencia, conoció una Fundación en Madrid, cuya única finalidad, era el de apoyar el tratamiento sólo para leucémicos. Gracias a esta Fundación, Carreras venció el mal y volvió a cantar. Recibió nuevamente los altos honores que merecía, y trató de asociarse a la Fundación. Al leer los Estatutos, descubrió que el fundador y mayor colaborador era Plácido Domingo. Según, sigue el relato, Plácido había creado la Entidad, en principio, para atenderlo y que se había mantenido en el anonimato para no herir la susceptibilidad de quien todavía lo consideraba su enemigo”. Quimera o no la de esta historia. No sabemos. Mas sí reconocemos en Plácido al mejor tenor de la historia y, como no, la grandeza de su alma. El mismo dijo “aún mantengo la ilusión, la rabia y el miedo del novillero”, simples palabras que altivan su alma. Entonces como no creerle cuando elogia a otro grande que apenas acaba de nacer, nuestro gran tenor ligero Juan Diego Flores.
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