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Alguien decía “pobre de aquel que no tiene historia”. Pues, tan mísera como su alma, su propia vida lo será, sin esas instantáneas que componen nuestro álbum de recuerdos. Si no hay memoria, ni de la bueno ni de la malo, jamás podrás decir que has vivido. Y no tienes derecho a sentenciar, ni a hacer de verdugo, por más que exista en tí un irreverente atrevimiento.
Gisela Valcárcel, en ese estado humano de poca tolerancia, que solemos padecer casi todos cuando sentimos amenazada nuestra privacidad, un día furiosa, ante lo que ella consideraba un exceso, le grito a un reportero gráfico:“yo soy Gisela Valcárcel, me he ganado ese derecho”. Y es verdad, guste o no, ella se ha ganado con justicia popular su derecho a tener un nombre en la historia de la fama peruana. La “señito”, como todos la conocen, es ese personaje que inspira a muchas gentes como las “tulas”. Pues, su vida no fue color de rosa. Con aciertos y desaciertos logró sobrevivir, teniendo como inspiración, una vida que alimentar y proteger, que ahora está felizmente casada y con una hermosa niña. Gisela sabe, al igual que muchas mujeres en el Perú y el mundo, de las carencias que acecha a una madre, y es cuando “no importa el cómo”, sino “el para quién”. Ella ha conocido ese complejo mundo de miserias, pero no se quedó allí. Con creces ha sabido desprenderse de la magia multicolor de bailarina, para vestir el traje que mejor le queda, el de señora. Y puede que el barrio la envistió, pero la vida la formó. Es rebelde, pero con clase. Porque la clase no se adquiere. Viene adherida a la piel, hayas nacido en una covacha o en un palacio. Y aunque les parezca, un efecto defensa, no lo es. Es un querer poner las cosas sobre la mesa ante lo que algunas y algunos, deslizan como una traición, en esta reciente gritada historia de su aún esposo Javier Carmona y la también ex vedette Tula Rodríguez. Traición que tiene siempre entre los protagonistas a víctimas y victimarios. Intuyo, sin embargo, a través de mi sincero mirar de mujer y, con la edad que me da la experiencia, que las mujeres como Gisela, no suelen darse al triste papel de víctimas. Y es que una mujer con su recorrido, sus aciertos y sus traspiés, al intuir una leve agresión al amor, suele con hidalguía decir “me equivoqué”. De allí que deje correr el agua que ya no ha de beber. Las mujeres solemos equivocarnos, ante esa inquietante ansiedad por encontrar a esa esperada media mitad. En ello nos apasionamos, vemos amor y respiramos amor. Y vale equivocarse. Es así que mujeres como Gisela Valcárcel, construyen su propia historia. Ese privilegio le pertenece tanto, como su bien ganado nombre.
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