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Cuando el canadiense Daniel Nestor tiró su drive demasiado largo, nuestro compatriota Luis Horna se arrodilló en la arcilla parisina y se tomó el rostro, mientras su partner el uruguayo Pablo Cuevas estallaba con un desaforado grito con los brazos extendidos y puños arriba. Era la señal de que ambos pasaban a la historia de Roland Garros, uno de los torneos más míticos y considerado como el maná de un tenista.
Hablar en el coloso Philippe Chatrier al final del torneo es como tocar el cielo con las manos. Da igual hacerlo como doblista o como singlista, la sensación es la misma, pues para llegar allí hay que vencer a los mejores y eso hicieron Horna y Cuevas. La voz quebrantada por la emoción de Luis Horna mientras se dirigía al público parisino fue algo que me llegó al corazón como a los miles de peruanos que pudieron seguir aunque sea en diferido, el título logrado por nuestra primera raqueta nacional junto a su compañero uruguayo. Un Grand Slam sea en dobles o en singles no se ganan todos los días, menos en un país donde la tradición tenística no tiene arraigo y allí radica la importancia de lo logrado por Horna. Los peruanos siempre hemos estado acostumbrados a festejar los ‘casi’, el ‘estuvimos cerca’, el ‘nos faltó poquito’ (la única excepción fue el Cienciano del 2004) y esta vez Lucho no quiso ser parte del clásico libreto. El nombre de Luis Horna quedará perennizado junto al de Pablo Cuevas en el seno de la historia del tenis mundial que recordará que un peruano que creció, vivió y la luchó en su país, fue parte de los privilegiados en ganar un Gran Slam. A fines de los 50’s, Alejandro Olmedo ganó dos Grand Slam (Australia y Wimbledon) pero según dicen lo hizo usando la nacionalidad estadounidense, aunque algunos se afanan en decir que el trámite no estaba terminado y que todavía era peruano. Lo logrado por Lucho por lo menos nos eliminará esa duda de que Perú figure en los anales del abierto parisino. Aún recuerdo, a ese chico pelucón, flaco y alto con cara de niño agrandado debutando con 14 años jugando el dobles junto a ‘Tupi’ Venero en una serie de Copa Davis entre Perú y Bahamas. A esa edad, Horna barría con los de 16 años en la COSAT y peleaba mano a mano con los de 18. En ese tiempo, Lucho ya pintaba para grande cosas pero le faltaba algo más de apoyo para costear sus giras y allí estuvo siempre su madre la Sra. Carmen Biscari, quien lo llevaba a entrenar al Club Rinconada desde los seis años y se desvivía por conseguir el dinero necesario para las giras. Si bien es cierto que Luis Horna no ha podido lograr su máximo sueño de estar entre los 10 primeros del mundo, nadie puede dejar de alabar y reconocer todo lo que ha hecho como embajador tenístico del Perú, representándonos en lo que podríamos llamar las ligas mayores del deporte blanco. Como bien lo dijo el propio Luis, aún tenemos Horna para un par de años más, por ello aprendamos a valorarlo y a reconocerlo cuando le va bien y cuando le va mal. Como periodistas deportivos, la mejor forma de retribuir los triunfos que nos da para trasladarlos a nuestros lectores, oyentes o televidentes, es seguir y darle cobertura no solo a él, sino a todos los tenistas que participan en el extranjero, porque ello ayuda al crecimiento del tenis. Gracias por todo Lucho y tus logros, estoy seguro, serán reconocidos siempre.
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