
La pelota no amanece redonda para todos, estuvo cuadrada en los pies de nuestra selección que en cada actuación no encaja una, le va mal, es un desastre y acabamos con la cabeza enterrada, como siempre, como la noche fatal del martes contra los uruguayos en el Centenario.
En el coloso de Montevideo quedó enterrado el fútbol peruano, sepultado el peor fútbol que podamos haber mostrado en la historia. De hecho no se puede jugar tan mal, con mucha culpa repartida en los propios jugadores, el técnico y los dirigentes.
Cuando hay muchos culpables se pierde el rastro de lo que se busca y entonces se camuflan los que directamente deben responder por los males de la selección.
Así, el gran culpable debe ser el entrenador pero es ahí donde los dirigentes se mimetizan para cobijarse en las costuras de la tela para que el traje aparezca grande para el usuario de turno.
Es un revoltijo inacabable, es un circuito que da vueltas y no se puede romper. Al menos que salga de los propios culpables un pequeño resquicio de amor propio, de culpa para cargar las penas de la sufrida afición.
Duele que se pierda por 6 a 0, es vergonzoso que la selección se le maltrate de ese modo y causa una enorme desilusión por el trato infame de los dirigentes con Manuel Burga a la cabeza que se ha empernado en el sillón de la Federación Peruana de Fútbol para hacer polvo lo poco que queda de nuestro fútbol.
Ciertamente con la salida de Burga no se va solucionar los males de nuestro balompié pero con su alejamiento vendrán otros con nuevas ideas, planes y deseos de cambiar todo lo que está mal.
Burga debe irse porque el 6 a 0 ante Uruguay es el reflejo de su pobre gestión al frente de la FPF. No puede continuar en la VIDENA porque no ha logrado resultados exitosos en estos años. No ha podido lograr una clasificación mundialista que es lo que realmente importa para sentir que su trabajo roce la excelencia.
Cada vez que ocurren estas goleadas, la voracidad del cambio salta a flote y se enfría con el paso de los días para que una vez esparcida la calma, los señuelos aparezcan en escena para engatusar a los hinchas con promesas de redención y ofertas de un mejor trabajo que evite esta clase de papelones.
La oportunidad de echar a los malos dirigentes no debe perderse, Juvenal Silva es el primero en renunciar y otros deberán imitarlo. Se rompe de este modo la argolla de Burga para dar paso a un nuevo amanecer en nuestro fútbol. El sombrío panorama se despeja con la renuncia de Silva que admite haber elegido mal al técnico. Lo malo es que el daño está hecho, estamos varados en el camino mundialista y todo por culpa de los malos dirigentes que ponzoñosamente han actuado para dejarnos sin Mundial.