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Carlos Cacho, personaje singular de la farándula limeña. Siempre atrevido e insolente de cara a una sociedad moralista que lo señala, por haberse mostrado al mundo tal cual. Diferente a muchos, por su condición homosexual, pero con méritos para el triunfo como cualquiera. Experto del maquillaje y fenómeno de incertidumbre de la televisión peruana, pues, suele provocar fastidio e incomodidad en el público y, al mismo tiempo, avivar su interés por verlo y oírlo.
Atrás quedó su original actuación hecha en “Mil disculpas”. Hoy en “Bailando por un sueño”, como extravagante jurado de baile, emerge una transformada imitación donde su léxico, poses y ademanes, parecieran rebuscados en aquellos cajones de ídolos de un mundo de rosas. Sin duda, el maquillaje perfecto para atraer la polémica. Carlos es ese ser imperfecto como tú o yo, con sus tristezas internas de amarguras contraídas en el tiempo, por la incomprensión de aquel espacio social que golpea el pecho y apunta con el dedo, mirando sólo la costra de la herida, sin intentar siquiera, conocer la nueva piel que nace. Hoy está de regreso a su país, luego de una ausencia temporal cobijado en su soledad, según dice, a raíz de una fama mal administrada tras el éxito como conductor del sintonizado programa “Mil disculpas”. Pues sí, la fama tiene su precio, hace trizas y despedaza. “Bailando por un sueño”, es un reto, una oportunidad o un esconderse más. Quién sabe, sólo él. La gente quiere que se vaya. La misma que se encasilla con su personaje y entra en cólera, pero ¿qué sería el jurado sin Cacho? Corren las apuestas.
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