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martes, 12/08/2008 |
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 Paolo Guerrero dice haber mostrado fastidio y mortificación una vez que se enteró de las seis fechas que le puso el Comité de Disciplina de FIFA por su reprochable conducta en el partido que Perú cayó goleado ante Uruguay en un cotejo válido por la eliminatoria mundialista. El jugador del Hamburgo es un profesional cuajado y con suficiente recorrido como para no saber que su momento de «calentura» no iba a ser motivo para que el árbitro chileno Pablo Pozo dejara de sepultarlo con un informe lapidario.
La verdad monda y lironda es que Guerrero aflojó cuando vio que se venía la avalancha, fue cobarde para dejar al equipo con diez y provocó su expulsión para tener un motivo de justificación.
Cierto que el «Krieger» es un jugador valioso, alabado por la prensa cada vez que en Alemania, jactancioso y efectivo, provoca el elogio fácil, pero no por ello se debe apañar su pusilánime actitud.
La expulsión de Guerrero no se compara a la de los juergueros del hotel Los Inkas, pero está enmarcada dentro de las normas disciplinarias. El árbitro no lo expulsó por gusto, Guerrero provocó que le mostraran la tarjeta roja. No fue una actitud buena, estuvo muy consciente de lo que iba a ocurrir.
Luego montó un show para justificar su actitud, con palabras fuera de tono contra el colegiado, con el propósito de ganar adeptos a su comportamiento fuera de foco.
La Federación Peruana de Fútbol encima quiere apelar al castigo, lo cual es una tontería.
Guerrero no puede ser premiado, por el contrario la propia FPF debe castigarlo encima por su cobardía de abandonar a sus compañeros cuando Uruguay apretaba el acelerador y podía advertirse que llegaba la avalancha de goles.
De hecho, el jugador del Hamburgo debe cumplir su pena de seis meses que se prolongará hasta junio del año entrante. Tendrá bastante tiempo para razonar y darse por enterado que nunca debió cometer semejante propósito.
Es cierto que cada vez nos quedamos con menos jugadores de valía, pero tampoco dejemos escapar la ocasión de imponer autoridad.
La vergüenza en el fútbol peruano no tiene límites, no hay arrepentimiento de nada. Juan Jayo es encontrado en falta en Alianza Lima y se maneja su salida aunque el propio jugador manejó su alejamiento.
Resulta que los directivos de Matute se dan cuenta que es necesario en el equipo pero Jayo ya había firmado para jugar por José Gálvez. Ahora lo quieren de regreso y se maltrata al club que le abrió las puertas.
Tantos desatinos es pan de cada día en nuestro maltratado fútbol.
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