El lugar era el paraíso, Putumayo, a la vera de caudalosos y serenos ríos, la plenitud del trópico, los ruidos de la vida animal, los indios Boras, Wititos, Ocaínas, Muinanes, Nonuyas, Andoques, Rezígaros, todos ellos organizados en tribus o clanes, pequeñas naciones, dirigidas por jefes o patriarcas llamados capitanes. No eran todas, había otras más pequeñas tribus. Maquillados para la caza, con las indias nativas siguiendo a sus maridos, con sus hijos aferrados a sus generosos pechos y tejiendo sus ropas vivían la selva a su manera. De pronto, era 1900, el paraíso se tornó un infierno. Llegó la modernidad. Abundaba el látex, la industria automovilística en auge, Ford pletórico de riquezas clamaba por el caucho. El mundo debía girar, esta vez más rápido, sobre ruedas.
Desde mediados del siglo XIX, emerge una zona de intenso comercio que tiene como eje a los ríos Putumayo y Amazonas. Comprende las ciudades de Iquitos, Leticia, Manaos, Cauca, Pasto, Tolima, entre otras. Es una zona ubicada en el extremo noreste del Perú, al sur de Colombia y al noroeste del Brasil. La selva virgen es horadada por el comercio y la necesidad del caucho. Para los pacíficos nativos, la vida dio un vuelco.
En los primeros años del siglo XX, ya operaba en esa zona amazónica el emprendedor peruano Julio César Arana, que había formado la empresa ”Julio C. Arana y Hnos.” en Iquitos, explotaba el caucho al norte del Putumayo. Se asoció con caucheros colombianos, a quienes poco a poco absorbió, despojó y destruyó. Había aprendido a manejar las reglas del mercado. Arana se desplaza por la zona amazónica cauchera, en un buque a vapor “El Liberal”, una nave de camarotes lujosos, bodegas para el caucho y calabozos para los impertinentes. La seguridad estaba prevista, todos los viajes del cauchero eran flanqueados por la nave de guerra “Iquitos” (recursos del estado para los negocios privados), armada de seis cañones, dos ametralladoras y 85 hombres del cuartel loretano. Evidentemente, Arana ya era muy importante, más ahora que dirige “The Peruvian Amazon Rubber Company”, una empresa cauchera formada en asociación con ingleses y norteamericanos, a los que quería agradar en todo momento. Las oficinas centrales de las empresas de Arana estaban en el anexo “Encanto”. Allí, las historias no nos pueden provocar sino espanto.
La empresa cauchera fue creciendo, ejecutivos y directores anglosajones se trazaron el objetivo de proyectarla a los mercados más grandes de la industria automotriz. La producción, por tanto no podía parar. Los eficientes y modernos ejecutivos debían garantizar la producción. Claro, sin mayores costos y sin obstáculos de ninguna clase. Para este objetivo empresarial, como ningún otro el elegido era Miguel Loayza, el gerente asentado en “Encanto”, por muchos años, para beneplácito de los compradores de caucho, de la empresa Arana y sus sofisticados ejecutivos. Los nativos, lo padecieron hasta el exterminio.
Miguel Loayza fue un Jefe de sección, como lo fue Víctor Macedo, en “Encanto” y “La Chorrera” respectivamente, solo que el primero se convirtió en la leyenda negra de la selva y del crimen, según la acusación de los jueces que vieron la causa (años después) y lo culparon de ser el autor material directo de las masacres y el genocidio de indios nativos de Putumayo. Para Miguel Donaire Pineda (del Programa del Doctorado de la Universidad Autónoma de Madrid), y otros conocedores del tema, solo en los primeros años del siglo XX, se asesinaron de 40 a 60 mil nativos de diversas naciones. No todos victimados por el malvado del “Encanto”, pero si utilizando sus métodos: quemar vivos, torturar hasta agusanar el cuerpo de la víctima, usar cepos, estupros, mutilaciones, persecuciones, entre otros. Hay registro de cómo Loayza soltaba a los nativos y los perseguía por el bosque cazándolos con poderosos fusiles y escopetas, cercenaba penes y narices de los que no cumplían con recoger suficiente caucho. El propósito era elevar la producción sacrificando la mano de obra nativa. De ésta hecatombe, solo quedan las ruinas de las construcciones de entonces y el silencio, el olvido de un holocausto producido en la Amazonía. Aunque, hace algún tiempo, la National Geographic produjo un documental recordando el alucinado e inútil capricho de Henry, denominado Fordlandia.
Es pertinente señalar que los repulsivos e indignantes hechos de la región de Putumayo, pueden ser conocidos y confirmados en toda su dimensión. Hay testimonios como el del Cónsul inglés Roger Cassement, en los archivos judiciales de la época, en los escritos del magistrado Carlos Valcárcel, publicados bajo el epígrafe “El proceso de Putumayo y sus secretos inauditos”, y otros que referimos en éste artículo.
¿Porque sucedieron estos hechos? ¿Y el Estado? En los primeros años del siglo XX, se produjo un descenso del precio internacional del caucho. La solución fue producir mas, vender más y hacer que los nativos recolecten más. Pero la sobreexplotación rebasaba lo económico. Por un lado, el Estado abdicó su intervención tuitiva en la zona (¡Declarada neutral!), ningún funcionario podía intervenir en asunto alguno; el racismo contra el nativo, el débil aparato judicial corrupto, facilitaron lo que Stefano Varese llamó en “La Sal de los Cerros” (1973), las matanzas ejemplares de los civilizados.
Todo tiene su final. Nada dura para siempre, hasta en el mismo infierno. Benjamín Saldaña Roca, periodista, hizo la primera denuncia de estos hechos, ante el Juzgado de 1ra. Instancia de la ciudad de Iquitos, el 9 de agosto de 1907. La denuncia fue paralizada. Un tiempo después, un joven ingeniero norteamericano Walter Hardenburg volvió a hacer las denuncias, después de haber padecido y comprobado la siniestra hospitalidad en el “Encanto”, y con el escándalo y el respaldo internacional, los genocidas fueron juzgados. La empresa cauchera quebró con estrépito.
En la revista digital “La Rama Torcida” (www.laramatorcida.com.pe), de noviembre del 2005, se reflexiona sobre las profundas heridas que la explotación cauchera abrió en la naturaleza, en los pueblos indígenas vejados por sus saqueadores y en la abdicación del Estado peruano de su función de proteger a la persona. Dicen que lo sucedido en Putumayo es para decir ¡Basta!
Hoy, recordamos esta infame historia, al hacerlo, nos invade el desasosiego cuando pensamos que nuestros ojos, tal vez no estén viendo los nuevos Putumayos de la amazonía actual.
No lo hemos podido comprobar: ¿Miguel Loayza, después llegó a ser parlamentario?
Publicado el 11.08.06