Prisma político
El hombre según la teoría liberal | El hombre según la teoría liberal |
| miércoles, 01/10/2008 | ||||||
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La teoría liberal postula la defensa de los derechos del hombre: educación libre; libertad de opinión, expresión y difusión; sufragio universal; libertad empresarial; trabajo competitivo, etc., condicionados a parámetros de una sociedad regulada por el libre mercado. Esta teoría valoriza al hombre según lo que tiene, produce, consume o es capaz de contribuir a su propio bienestar, originando así una sociedad individualista, egoísta e injusta, en permanente lucha de ricos y pobres, de opresores y oprimidos. Es así como se engendra y enraíza la plutocracia, el odio de clases entre los que más tienen y los que menos tienen, a la vez que se consolida y profundiza la sociedad de consumo y la división de la sociedad en función a su poder adquisitivo. El hombre es concebido como una simple máquina que produce bienes materiales y servicios básicos para la población, los mismos que son ofertados en el libre mercado, a fin de que los propietarios del capital puedan acumular grandes utilidades. Así el hombre común y corriente deviene en un medio al servicio de los que más tienen el poder económico y el poder político. El dinero – y no el hombre- es el centro del universo; don dinero es don caballero; tanto tienes, tanto vales. El hombre resulta siendo un objeto (materia) y no una persona (materia, espíritu y moral); un «que» y no un «quien»; «algo» y no «alguien», una cosa entre todas las cosas del universo. Y el hombre liberal, desprendido de principios y valores éticos, con una visión superficial, estrecha, materializada y monetarizada de sí mismo, de la sociedad y del mundo, construye un tipo de sociedad deshumanizada, cosificada y dependiente de la tecnología sofisticada. No le falta razón a Ítalo Gastaldi, cuando en su obra «El Hombre, un misterio», afirma categóricamente:«Las máquinas nos infunden una aguda conciencia de poder y una grata sensación de autosuficiencia. Nos encierran en lo inmediato, en lo presente, en el «aquí» y el «ahora», haciendo que olvidemos toda preocupación por el futuro. Nos lleva a vivir en la superficie de las cosas y no nos dejan tiempo para la reflexión y la contemplación». Los adelantos científicos y tecnológicos plantean por ahora situaciones, temas y problemas nuevos, a la vez que generan dilemas éticos y decisiones éticas también nuevos, que afectan hondamente la vida del hombre en lo referente a sus formas de pensar, producir, trabajar, consumir, estudiar, descansar y relacionarse con las demás personas. La sociedad del conocimiento tiene por columna vertebral a los multimedios de comunicación, al libre mercado y a las finanzas por medios electrónicos, pero se olvida sustantivamente de la persona humana, de su derecho a vivir en comunidades libres, con vivienda y empleo dignos. Así el hombre deviene en un ser excluido, en “otro” por antonomasia. En la sociedad global se afianza el predominio del Individuo-Total-Neoliberal, es decir: anti-igualitario, competitivo en desigualdad de condiciones y oportunidades, consumista a ultranza y autoreferido. Este nuevo tipo de hombre considera al Otro como objeto o cosa (cosificación del hombre por el hombre), como ser oprimido o explotado por el propio hombre (explotación del hombre por el hombre) y como ser excluido, sobrante, descartable y sacrificable dentro del libre mercado (el hombre light). El Estado convencional, que según las Constituciones políticas de los países es el protector, promotor y defensor de los derechos del hombre deviene en letra muerta y es sustituido por el Estado-Red que resulta siendo un Estado cibernético, insensible, indolente e inmisericorde. Estado-Red que globaliza la desigualdad social, las tecnologías de punta, la especulación financiera, pero no globaliza la justicia social, el pleno empleo, los principios y valore éticos para una sociedad con rostro humano. En la sociedad global todo se mide en términos de operación de función, de eficiencia, de competitividad y de rendimiento. No importa la condición de la persona humana, más importa qué producto de calidad es capaz de producir o de comprar, más importa que el hombre en su condición de trabajador cumpla a plenitud sus deberes a costa de recibir cada vez menos derechos. Y el Estado convencional así va desprendiéndose cada vez más de sus responsabilidades sociales, permitiendo o haciéndose de la vista gorda que el propietario del capital incremente sus utilidades a través de cualquier medio, inclusive medio ilícito y antiético (el fin justifica los medios). ¿Es este el tipo de hombre que la sociedad del presente y del futuro se merece? Apuesto que no. (www.eudoroterrones.com; Esta dirección de correo electrónico está protegida contra los robots de spam, necesita tener Javascript activado para poder verla ). Escribir Comentario
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