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Cuestion Previa
El vicio enloqueció a los Reyes de la Cocaína
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El vicio enloqueció a los Reyes de la Cocaína | El vicio enloqueció a los Reyes de la Cocaína |
| martes, 17/04/2007 | ||||||
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Escribe: Ernesto Chávez Álvarez
Al poner los cimientos de la transnacional de la cocaína, el estadounidense, George Jung, y el colombiano, Carlos Lehder, catalogaban el alcaoide como un veneno del que se alejaban prudentemente y , decían, solo servía para incrementar sus cuentas bancarias con astronómicas cifras, en una falsa moral en la que solo se declaraban adictos a la marihuana. Pero el polvillo blanco terminó hundiéndolos en la vorágine de los paraísos artificiales y Lehder, que amasó millones de dólares que jamás habría podido gastar, terminó con delirios de grandeza, traicionó a Jung para apoderarse de su centro de operaciones en Las Bahamas, se armó hasta los dientes y se creía el próximo presidente de la República de Colombia, al igual que Pablo Escobar, otro Padrino que se loqueó con el alcaloide y terminó acribillado a balazos. En los inicios del narcotráfico a gran escala, se instalaron en un hotel de cuarta categoría en la zona de Miami conocida como La Pequeña Habana, pero Jung se mostró incómodo ante los "pases" de droga y la banda buscó un lugar más seguro en el Ocean Pavillion Hotel, en la Collins Avenue de Miami Beach. Guy Guliotta y Jeff Leen, investigadores de The Miami Herald, relatan que Lehder llevaba al undécimo piso la cocaína en bolsas de compra y carritos de supermercado, utilizando el ascensor de servicio. La droga venía con claves sobre su procedencia. Jung las colocaba en estuches de aluminio de cámaras cinematográficas, entre 15 y 20 kilos, que enviaban a Los Angeles en vuelos charter de la United Airlines.Al regreso el estuche venía repleto con billetes de cien dólares, en fajos de diez mil, producto de la venta semanal. Jung solía llevar más de un millón en cada viaje. El dúo se reservaba cien mil, para cada uno, y enviaba el resto a Medellín. Lehder actuaba prudentemente hasta ese entonces. Enviaba la mayor parte de su dinero camuflado en Blazers de la marca Chevrolet a través de su empresa de automóviles. Jung derrochaba su dinero en autos deportivos, vuelos charter y toda clase de lujos hasta que entró al consumo de la cocaína "por curiosidad". Tras ceder a la tentación, el estadounidense se justificaba aduciendo que la dependencia a la droga era física y no psíquica, por lo que podía abandonar su consumo cuando quería. Se proclamaba vencedor del LSD, la marihuana y la mescalina sin presagiar que el polvillo blanco sería su perdición.Lehder fumaba marihuana pero rechazaba la cocaína, incluso le llamó la atención a Jung por "esnifearse" antes de subir al avión en uno de los vuelos a California. Finalmente el colombiano consumió su propio veneno "de mono" ( para imitar a sus amigos de juerga) y su personalidad empezó a sufrir cambios que terminarían llevándolo al desastre. La cocaína se convirtió no solo en la fuente de dinero sino en el puente al placer y la locura. Llegó incluso a dejarse filmar en plenas "esnifeadas" ( ver fotografía). Su mitomanía lo llevó a niveles desconcertantes. Quería buscar un refugio en el Caribe para los narcotraficantes, al estilo de los piratas y corsarios del siglo XVII. Divagaba entre el hippismo y su idolatría a Adolfo Hitler, de acuerdo a su estado de ánimo o a la "resaca" depresiva de la droga. Empezó a alimentar su hostilidad a Estados Unidos al que calificaba de un "estado policíaco imperialista" porque se negaba a la legalización del consumo de marihuana. Su "proyecto político" era inundar Norteamérica de cocaína para erosionar su moralidad. NO CREIA NI EN SU MADRE Para graficar la desquiciante personalidad de Carlos Lehder, con alteraciones agudizadas por el consumo del polvillo blanco , reproducimos a continuación un párrafo del libro "Los Reyes de la Cocaína" de Guy Gugliotta y Jeff Leen. En el estío de 1977, Jung estaba deshecho, Pasaba quince horas semanales en el aire y sufría el efecto de los cambios de horario y la ruda prueba de cruzar los dispositivos de seguridad de los aeropuertos cargado de cocaína. En una de sus estancias en California, la droga purísima se vendió en un santiamén y hubo de llamar a Lehder con la súplica de que le enviase otra partida. Como él se hallaba tan fatigado, pidió a su socio que, para evitarle otro viaje, mandase a otra persona con el estupefaciente.- Te telefonearé así que se haya puesto en camino- prometio Lehder. Lo hizo al día siguiente cumpliendo su palabra. - ¿ Quién es?- preguntó Jung. - Te espera una sorpresa. Por la mañana llamaron a la puerta de la habitación de Jung en la Holiday Inn de Hawthorne (California). Abrió. Vio a un botones con el equipaje de una mujer baja y de cabello entrecano. Era Helena Rivas, madre de Lehder. Temblaba de pies a cabeza, dominada por la tensión nerviosa. Jung la hizo pasar y abrió su maleta. Contenía 8 kilos de cocaína. "He hecho muchas cosas reprobables, he vendido drogas y cuanto se quiera; pero jamás, jamás, habría enviado a mi madre con una maleta que revienta de cocaína", pensó Jung. Pidió por teléfono una bebida para Helena. Luego llamó a Miami, a Carlos y le preguntó si, por el diablo, sabía lo que hacía. - Todo el mundo debe trabajar -contestó Lehder- Además mamá ansía visitar gratis Disneylandia. Escribir Comentario
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Al poner los cimientos de la transnacional de la cocaína, el estadounidense, George Jung, y el colombiano, Carlos Lehder, catalogaban el alcaoide como un veneno del que se alejaban prudentemente y , decían, solo servía para incrementar sus cuentas bancarias con astronómicas cifras, en una falsa moral en la que solo se declaraban adictos a la marihuana.
Guy Guliotta y Jeff Leen, investigadores de The Miami Herald, relatan que Lehder llevaba al undécimo piso la cocaína en bolsas de compra y carritos de supermercado, utilizando el ascensor de servicio. La droga venía con claves sobre su procedencia. Jung las colocaba en estuches de aluminio de cámaras cinematográficas, entre 15 y 20 kilos, que enviaban a Los Angeles en vuelos charter de la United Airlines.
Tras ceder a la tentación, el estadounidense se justificaba aduciendo que la dependencia a la droga era física y no psíquica, por lo que podía abandonar su consumo cuando quería. Se proclamaba vencedor del LSD, la marihuana y la mescalina sin presagiar que el polvillo blanco sería su perdición.
En una de sus estancias en California, la droga purísima se vendió en un santiamén y hubo de llamar a Lehder con la súplica de que le enviase otra partida. Como él se hallaba tan fatigado, pidió a su socio que, para evitarle otro viaje, mandase a otra persona con el estupefaciente.


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