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Puccio: El "último pase" fue su perdición (VII) | Puccio: El "último pase" fue su perdición (VII) |
| viernes, 08/06/2007 | ||||||
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Por Ernesto Chávez Álvarez Tenía todo a su favor pero Horacio Puccio, “el bello” del Clan Calígula , necesitaba dinero para mantener su desenfrenado tren de vida y decidió jugarse el “último pase”, en esa ruleta rusa de los burriers que puede significar jugosas comisiones en dólares, la cárcel o el cementerio. Horacio había sido uno de los confidentes de Fernando de Romaña, Calígula, y quien precisamente declaró ser el último en verlo con vida el 13 de febrero de 1992, cuando el rockero se dirigía al Bembo´s de San Isidro, acompañado de Julio César Domínguez Barsallo, horas antes del crimen. Era adicto a las emociones fuertes. Con Calígula, Domínguez y Luis Mannarellí se divertía conduciendo automóviles deportivos a gran velocidad y filmando a los patrulleros que no podían alcanzarlos. No solo tenían mejores vehículos sino que se ufanaban de ser los mejores “cañas” del jet ser miraflorino. Con las motocicletas eran imbatibles. Por sus múltiples viajes al extranjero la DINANDRO lo colocó como pieza clave en la hipótesis de un ajuste de cuentas en la que Calígula y el Chato fueron acribillados a balazos en la carretera a Cieneguilla por apoderarse de 20 kilos de clorhidrato de cocaína. Además, el “bello” siempre portaba un revolver calibre 38 que extrañamente, al igual que en el caso de Jano, se le perdió. En una de las ocasiones cuando se le detuvo por posesión de droga, cargo del que salió librado por encontrarse solo papeles con adherencias de cocaína, Horacio Puccio llamó al autor de la nota para una entrevista “esclarecedora” en el estudio de su abogado, el doctor Juan Marcone quien, dicho sea de paso años antes había dejado sus huellas de reportero en el diario Extra. Las investigaciones estaban al rojo vivo y acudí a la cita acompañado de Armando Campos Linares, ese entonces jefe de Policiales de La República y hoy director de “El Men”, así como de Cèsar Ascues, que cubría la sección judicial de El Popular, y el reportero gráfico Jorge Gálvez, el popular “Cholo Grueso”. Horacio se comportó con la afabilidad de siempre, aparentando ser un muchacho frívolo pero “zanahoria”, como el mismo se calificaba. Su padre, un marino retirado y aficionado al motociclismo y automovilismo, nos mostró, sin querer queriendo, una pistola automática que siempre llevaba al cinto para librarlo de todo mal. La reunión solo corroboró el amor paternal a un joven descarriado pero no se esclareció ninguna duda. Por este hecho, la fiscal Julia Eguía Dávalos, demandó una condena de 8 años de prisión pero, para ese entonces, Puccio ya se encontraba en la calle con la collera miraflorina. Nadie se explicaba cómo se vacilaba en las discotecas mientras la policía dizque lo buscaba. El 19 de noviembre de 1998, Puccio debió presentarse al inicio del juicio oral de la Sala Penal Especializada en Tráfico Ilícito de Drogas que preside el vocal Marco Ventura Cueva, como acusado de conformar una red de tráfico de drogas dentro del penal de Lurigancho pero olímpicamente no se dio por aludido. Se ordenó su captura y fue declarado reo contumaz. Lo extraño, por decir lo menos, es que la DINANDRO investigaba cinco viajes de Puccio a Miami hasta el año 1999, lo que demostraba que el engreído del Clan Calígula, conocía al dedillo los contactos para librar los contactos aduaneros en el aeropuerto Jorge Chávez en plena proscripción. Es precisamente en Miami donde entra en contacto con la bella modelo argentina, Rosana Claudia Borelina Bargelata, quien llegó al Perú el 23 de abril de 1999. Puccio decidió entonces realizar un “último pase” con su bella acompañante sin presagiar el macabro final. El 4 de mayo de 1999, Puccio ingiere 228 cápsulas con clorhidrato de cocaína de alta pureza. No tuvo dificultades para “acomodar” la droga en su estómago, Horas de ensayos con “plátanos manzana” le dieron destreza en una modalidad que recién se ensayaba. Aunque parezca increíble, Puccio atraviesa todos los controles pese a ser uno de los prófugos de la justicia por delito de narcotráfico, Las pantallas de las computadoras no registraron su nombre en la lista de requisitoriados. Y de ello estaba seguro el engreído del desaparecido Clan Calígula. Pero no hay crimen perfecto. Horacio sabían que debía cuidar al milímetro la secreción de jugos gástricos pero la sed lo devoraba mientras esperaba en el aeropuerto internacional Jorge Chávez. Non quería demostrar nerviosismo y bebió una refrescante y helada Coca Cola. Aparentemente el látex de los envoltorios debería haber resistido la acción de los jugos gástricos pero, extrañamente, tres de las cápsulas se rompieron y el clorhidrato de cocaína ingresó al torrente sanguíneo provocándole un infarto cardiaco. Puccio agonizó 25 minutos pero nadie podía salvarlo de su viaje sin retorno al más allá. El último pase había sido su perdición. El gigoló murió a los 32 años de edad. Los contactos de la mafia pusieron un manto de silencio. La bella Rosana Claudia Borelina no fue molestada por la policía y, sin mayores problemas, regresó a Estados Unidos al día siguiente. Recèn l 17 de mayo de 2002 fue detenida en el Aeropuerto Internacional de Ezeiza, Argentina. Y, como era de esperarse, dijo ser ajena al pase de cocaína que había provocado la muerte de su adorado Horacio.
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