Todo indica que noviembre y diciembre del presente año no serán tan felices como muchos creen. El fenómeno de El Niño global ya está causando serios problemas en países vecinos, como Chile y Ecuador. Los huaicos que bajan de las alturas cordilleranas, cargados de agua, lodo y piedras, se han convertido en destructores del patrimonio público y privado. El cambio climático, que en estos días acompaña la vida de los pueblos costeros, también hace lo suyo: provoca enfermedades y otros daños a la salud de millones de personas.
Nuestro país no está exento de estos fenómenos de la naturaleza. Por el contrario, ya se observan los primeros indicios; por ejemplo, en la producción de los alimentos que proceden del campo, con el consiguiente encarecimiento del costo de vida. Entretanto, las autoridades locales y regionales hacen lo que les corresponde y, en la medida de sus alcances, todo aquello que pueda mitigar el daño a la vida y a la salud. Eso es plausible, mas no suficiente.
En el Poder Legislativo, en cambio, se sigue discutiendo sobre las facultades que solicita el Poder Ejecutivo, ante la mirada de estupor de una ciudadanía que no entiende por qué, más allá del interés político de uno y otro lado, no se deponen actitudes que hasta hoy solo sirven para aumentar el malestar de quienes votaron por las actuales autoridades de Palacio de Gobierno y del Congreso.
Una de las partes adelanta opinión y hace saber que se le acaba la paciencia. No aparece la palabra que inspire el gesto sensato ni la voz que armonice los intereses de ambos lados, mientras el pueblo comienza a sentir los primeros síntomas de la decepción.
Y es que no se trata de pedir milagros, sino de que una y otra parte flexibilicen sus posiciones para dar paso a la sensatez, en aras de lo que realmente demanda la ciudadanía ante situaciones tan difíciles como las que se avecinan en noviembre y diciembre.
