Fratelli Tuti (Parte III)

 

Las religiones al servicio de la fraternidad en el mundo

El fundamento último

Las distintas religiones, a partir de la valoración de cada persona humana como criatura, llamada ser hijo o hija de Dios, ofrecen un aporte valioso para la construcción de la fraternidad y para la defensa de la justicia en la sociedad. El objetivo de diálogo entre las religiones no es por diplomacia o tolerancia, sino es establecer amistad, paz, armonía y compartir valores y experiencias morales y espirituales en un espíritu de verdad y amor. Sin apertura al Padre de todos, no habrá razones solidas y estables para el llamado a la fraternidad. Si no se reconoce la verdad transcendente, triunfa la fuerza del poder, y cada uno tiende a utilizar hasta el extremo los medios de que dispone para imponer su propio interés o la propia opinión, sin respetar los derechos de los demás. (Juan Pablo II). Desde nuestra experiencia de fe y desde la sabiduría, aprendiendo también de nuestras debilidades y caídas, los creyentes de las distintas religiones sabemos que hacer presente a Dios es un bien para nuestras sociedades. Buscar a Dios con corazón sincero, nos ayuda a reconocernos compañeros de camino verdaderamente hermanos. Creemos que “cuando, en nombre de una ideología, se quiere expulsar a Dios de la sociedad, se acaba por adorar ídolos, y en seguida el hombre se pierde, su dignidad es pisoteada, sus derechos violados. No podemos admitirse que en el debate público sólo tengan voz los poderosos y los científicos. Si bien la Iglesia respeta la autonomía de la política, no puede ni debe quedarse al margen en la construcción de un mundo mejor ni dejar de despertar las fuerzas espirituales. Los ministros religiosos no deben hacer política partidaria, pero la Iglesia tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación, sino que procura la promoción y la fraternidad universal, por el testimonio al mundo la fe, la esperanza y el amor. La Iglesia “tiene un papel público que no se agota en sus actividades de asistencia y educación, sino que procure “la promoción del hombre y la fraternidad universal.” (Benedicto XVI). No pretende disputar poderes terrenos, sino dar testimonio al mundo actual, la fe la esperanza y el amor al Señor y a aquellos que él ama con predilección.

La identidad cristiana

La Iglesia valora la acción de Dios en las demás religiones, y “no rechaza nada de lo que en estas religiones hay de santo y verdadero. Para nosotros el manantial de dignidad humana y fraternidad está en el evangelio de Jesucristo. Si la música del Evangelio deja de sonar en nuestras casas, en nuestras plazas, en los trabajos, en la política y en la economía, habremos apagado la melodía que nos desafiaba a luchar por la dignidad de todo hombre y mujer. Este camino de fraternidad tiene también una madre, llamada María. Ella recibió ante la cruz esta maternidad universal.

Religión y violencia

Entre las religiones es posible un camino de paz. El punto de partida debe ser la mirada de Dios. Los creyentes nos vemos desafiados a volver a nuestras fuentes para concentrarnos en lo esencial: la adoración de Dios y al amor al prójimo. La verdad es que la violencia no encuentra fundamento en las convicciones fundamentales sino en sus deformaciones. Hay un derecho que no de ser olvidado: La libertad religiosa para los creyentes de todas las religiones.

Francisco cita a Juan Pablo II: “La Iglesia no pretende condenar a cada una de las formas de conflictividad social. “Jesucristo nunca invitó a fomentar la violencia a la intolerancia. Él mismo condenaba abiertamente el uso de la fuerza para imponerse a los demás: “Ustedes saben que los jefes de las naciones. Y los poderosos las dominan. Entre ustedes no debe ser así. (Mateo, “0, 25-26). Por otra parte, el Evangelio pide perdonar “setenta veces siete”” (Mateo, 18,22). Sin embargo, Jesucristo dice también: “¡No piensan que vine atraer la paz a la tierra, sino espada! Vine a enfrentar el hijo contra su padre, a la hija contra su madre, a la nuera contra su suegra y así los enemigos de cada uno serán los de su familia” (Mateo, 10, 34-36). Esto significa que cada uno debe ser fiel a su propia opción. Dichas palabras no invitan a buscar conflictos, sino a soportar el conflicto inevitable.

 

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