El proceso de la criminalidad organizada en el país ha tomado una dimensión que no tiene antecedentes. Las cifras son más que alarmantes: el asesinato de más de 100 personas en veinte días es un hecho nunca antes visto. La ciudadanía se siente más que preocupada; en realidad, desprotegida. Las cifras indicadas corresponden al Sinadef (Sistema Nacional de Defunciones). Los criminales —en su mayoría extorsionadores— están haciendo de las suyas.
Da la impresión de que aquí se reproduce lo que en los años treinta del siglo pasado tuvo como escenario la ciudad estadounidense de Chicago. Al Capone, aquel repudiable gánster, actuaba a vista y paciencia de las autoridades debido a la complicidad de funcionarios corruptos por el poder del dinero.
En nuestro país, la Policía Nacional enfrenta una realidad compleja: hace lo posible con los limitados recursos tecnológicos y el armamento que le brinda el Estado. Esto resulta insuficiente si se considera que la persecución del crimen de alto vuelo exige hoy métodos científicos e inteligencia operativa de vanguardia. Esta desventaja es bien conocida por las bandas criminales, que continúan operando con impunidad.
Es imperativo dotar a las fuerzas del orden de las herramientas y capacidades necesarias para neutralizar estas redes delictivas. Así como urge restablecer la paz y la seguridad ciudadana, es indispensable comprender que sin estabilidad y orden institucional no será posible impulsar el desarrollo económico y social que la nación demanda.
Foto Andina
