Remontar una derrota en primera vuelta y ganar la segunda con más de 4 millones de votos de ventaja es una hazaña que no tenía precedentes en la historia republicana de Brasil y que rara vez se ve en nuestra América Latina. Luiz Inácio Lula da Silva, otrora dirigente sindical de gran raigambre entre los trabajadores, es el protagonista de este acontecimiento. Más allá de coincidencias o discrepancias, lo sucedido merece reconocimiento y felicitación.
No fue fácil hacerle morder el polvo a su rival, Flávio Bolsonaro. Detrás de él estaba su padre, Jair Bolsonaro, experimentado dirigente de la derecha que ya ha sido jefe de Estado de Brasil y que, en consecuencia, sabía cómo afrontar este nuevo episodio bajo la máscara de su vástago.
Sin embargo, el futuro político de Lula no es muy venturoso. El Congreso Nacional brasileño está controlado por una mayoría conservadora, de modo que tendrá que salir a relucir la capacidad de diálogo del mandatario elegido por cuarta vez, y con él la de quienes lo acompañen para hacer un buen gobierno. Las circunstancias económicas, políticas y sociales están cargadas de nubarrones, y es casi seguro que habrá tempestades y huracanes que mojarán a tirios y troyanos.
Todo esto ocurre ante la expectativa de un pueblo con grandes bolsones de pobreza, sobre todo en las favelas, una pobreza agravada por la delincuencia extorsionadora. Además, las clases medias y bajas, que viven del fruto de su trabajo, aguardan un futuro tan esperanzador como el que espera la clase empresarial. Esas expectativas harán que el nuevo periodo presidencial camine sobre espinas, y quizá entre trampas que desde ahora se auguran. Por eso, el diálogo y la concesión deberán primar por encima de cualquier otro interés.
La historia le ha dado a Lula un lugar de privilegio. Según sus resultados, su obra podrá convertirse en paradigma para otros países de América Latina. Que la suerte lo acompañe.
Foto Chicago Tribune
