Frente a la inminente amenaza de fenómenos naturales como El Niño, intensas lluvias y sismos recurrentes en el territorio peruano, la prevención y el manejo adecuado de las emociones cobran una relevancia vital para salvaguardar el bienestar integral de la población. Las situaciones inesperadas de peligro generan de manera inevitable un conjunto de sensaciones físicas y reacciones emocionales complejas que alteran la estabilidad psicológica de las personas y de las familias enteras.
Durante la etapa previa a un desastre, la incertidumbre se apodera del entorno comunitario, generando altos niveles de preocupación, anticipación del riesgo y una persistente sensación de vulnerabilidad e inseguridad.
Ante este panorama preventivo, los especialistas de la DEIDAE de Salud Colectiva del Instituto Nacional de Salud Mental “Honorio Delgado – Hideyo Noguchi” recomiendan a la ciudadanía focalizar su energía exclusivamente en aquello que verdaderamente se encuentra bajo su control individual, evitando el consumo desmedido de noticias alarmantes.
Cuando el evento adverso ocurre de forma súbita, emergen emociones intensas y comunes como el miedo agudo, la ansiedad desbordada, la confusión momentánea, la desesperación y la frustración ante la magnitud de la emergencia.
En esos instantes críticos, las reacciones humanas varían drásticamente, ya que algunos actúan con rapidez, mientras otros pueden quedar paralizados, gritar, llorar o permanecer en un riguroso silencio protector.
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Comprender que cada organismo reacciona de manera natural para buscar su propia supervivencia y protección ante una amenaza inminente es el primer paso para evitar juzgar severamente las conductas ajenas.
Los expertos recalcan la trascendencia de aplicar tres acciones fundamentales en el momento preciso del evento: reconocer la emoción experimentada sin juicios, ubicarse visualmente en el entorno identificando zonas seguras y actuar con serenidad siguiendo protocolos.
Pasado el impacto crítico del desastre natural, el proceso de recuperación emocional apenas comienza a manifestarse a través de síntomas frecuentes como la tristeza profunda, el insomnio persistente, el cansancio crónico y el miedo latente a que ocurran repeticiones. En el seno familiar, es habitual observar dinámicas diversas donde los padres y los hijos expresan su malestar de maneras distintas, lo que exige una alta dosis de empatía y contención mutua sin etiquetas descalificadoras.
Validar las emociones de los miembros de la familia se convierte en una herramienta sanadora indispensable para reconstruir el tejido social afectado por la tragedia climática o telúrica. Se debe evitar categóricamente el uso de frases invalidantes como «no llores», «tienes que ser fuerte» o «hay gente peor que tú», sustituyéndolas por expresiones de escucha activa, validación y apoyo incondicional como «estoy aquí para escucharte».
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El auto chequeo emocional constante propuesto por los profesionales de la salud mental invita a cada individuo a preguntarse de manera frecuente qué está sintiendo, qué necesita en ese momento preciso y qué pequeña acción reconstructiva puede realizar. Escucharse a uno mismo constituye el paso inicial y más responsable para cuidar la propia estabilidad psicológica y la de los seres queridos ante contextos de alta vulnerabilidad ambiental.
Es sumamente importante buscar apoyo profesional de manera oportuna cuando el malestar emocional generado por el desastre natural supera los límites de la intensidad abrumadora. Si los síntomas de angustia no disminuyen con el paso de las semanas, interfieren de forma grave con las actividades diarias o generan un aislamiento familiar persistente, se debe acudir a los servicios especializados.
Pedir ayuda psicológica oportuna bajo ninguna circunstancia representa un signo de debilidad personal, sino un acto profundamente valiente y responsable orientado a preservar la salud mental colectiva. Como parte de su estrategia de asistencia a la comunidad, el Ministerio de Salud recuerda a la ciudadanía que cuenta con canales de orientación gratuita las 24 horas del día y confidencial a través de la Línea 113, marcando la opción 5.
Cuidar la salud mental de la población frente al embate de los fenómenos climatológicos y desastres demuestra que estar prevenidos trasciende la mera preparación física de infraestructuras. Fortalecer los recursos emocionales y comunitarios permite afrontar la adversidad con resiliencia, consolidando una sociedad preparada para proteger la vida en todas sus dimensiones.
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