En tiempos donde una playlist decide qué música nos gusta y un algoritmo sugiere la próxima serie que «amarás», David Duponchel lanza una advertencia que no deberíamos ignorar: un cine sin memoria es una sociedad sin resistencia.
El Festival Al Este cumple 16 años en Perú, y lejos de celebrar con discursos autocomplacientes, su fundador suena más preocupado que festivo. Y con razón. Vivimos un momento donde lo audiovisual ha dejado de ser arte para convertirse en producto. Todo es reciclable: secuelas, precuelas, reboots, y ahora, películas generadas por inteligencia artificial al gusto del consumidor. Como dice Duponchel: “Es como el fast food. Más lo comes, más lo quieres. Pero te nutre menos”.
El cine, dice, ya no solo corre el riesgo de repetirse; corre el riesgo de olvidar.
En una época donde las imágenes pueden falsificarse y la historia editarse con un clic, la memoria audiovisual debería ser un derecho cultural, no un lujo pendiente. Mientras países vecinos tienen cinematecas nacionales activas, Perú sigue sin garantizar un archivo que proteja su propio legado. Y eso no es un detalle técnico: es un síntoma.
Las películas no son solo entretenimiento. Son testigos. Sin ellas, ¿cómo recordamos quiénes fuimos? ¿Cómo se reconstruyen los matices de un pasado que, de otro modo, solo sobrevive en narraciones oficiales o en el olvido? Duponchel no lo dice con dramatismo, sino con claridad: sin imágenes, todo puede ser manipulado.
Es cierto que las plataformas de streaming democratizaron el acceso, pero también estandarizaron el gusto. El riesgo es que el cine se vuelva cómodo, predecible, complaciente. Un espejo que solo refleja lo que ya creemos saber, en lugar de abrir ventanas hacia lo desconocido, hacia Kazajistán o el Perú profundo. ¿Cuándo fue la última vez que una película te mostró un mundo que te incomodó?
En medio del ruido, festivales como Al Este resisten. Son espacios de exploración y no de complacencia. Nos recuerdan que ver cine no es solo pasar el rato; es un acto de ciudadanía cultural.
Y quizás esa sea la gran lección de Duponchel: proteger el cine no es nostalgia, es defensa activa de nuestra capacidad de pensar, recordar y cambiar.
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