Eloy Jáuregui: dos años de la partida del gran periodista, poeta, maestro y notable bohemio

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Hoy, 7 de enero de 2026, se cumplen dos años desde la partida de Eloy Jáuregui Coronado. Expresarlo de forma tan precisa, con fecha y cifras, parece quedarse corto. Hay figuras cuya ausencia no significa un cierre definitivo, y Eloy fue una de ellas. Falleció el 7 de enero de 2024, pero su palabra sigue viva en Lima, como una conversación que permanece abierta: aparece en crónicas, en historias contadas alrededor de un bar, en frases repetidas con respeto y una sonrisa cómplice.

Eloy Jáuregui siempre fue periodista, aunque más que eso, cronista. No en un sentido rígido o decorativo, sino con la esencia más pura del término: alguien que observa la realidad tal cual es y decide narrarla sin pedir permiso. Nunca escribió desde el resguardo de un escritorio ni desde una distancia cómoda; lo hizo desde las calles, desde las vivencias, desde el cuerpo. Su prosa no pretendía satisfacer a todos; buscaba transmitir la verdad.

 

 

A lo largo de su trayectoria colaboró con múltiples medios, fue columnista de Crónica Viva, dejando una huella inconfundible: escritos dinámicos, ocasionalmente provocadores, marcados por una sensibilidad que rompía barreras entre literatura y periodismo. En sus últimos años, compartió su talento en el portal Lima Gris, donde halló un espacio para escribir sin restricciones, con la misma libertad que había caracterizado su vida. No fue simplemente un colaborador; se convirtió en una voz clave, un referente.

Hablar de Eloy Jáureguitambién significa hablar del bar Queirolo (hoy Bar Q) del Centro de Lima, . No como un mito idealizado, sino como un escenario auténtico. Eloy Jáuregui era un habitual del Queirolo, ese lugar donde escritores, periodistas y luchadores de distintas batallas se reunían. Allí se sentaba con miembros del movimiento Hora Zero para debatir durante décadas sobre literatura, política y el país. Hoy el Queirolo mantiene fotografías, placas y recuerdos que lo invocan. No son ornamentaciones; son huellas de su presencia.

 

 

Para Eloy Jáuregui, el Queirolo trascendía su función como bar; era un espacio emocional. Un sitio donde la amistad se tejía lejos del formalismo y la literatura se entremezclaba con el café, las cervezas y el humo. Incluso sus muros cargan memoria: el grafiti «ELOY PRESIDENTE» permaneció por años en el baño del local. No era un lema político, sino una expresión popular que reconocía un liderazgo espontáneo, construido sin títulos ni ceremonial.

Su influencia no quedó limitada a las páginas escritas. En televisión, Eloy Jáuregui destacaba como un periodista auténtico, libre de poses y artificios. En pantalla era tan genuino como en sus textos: hablaba como pensaba y actuaba según vivía. Nunca buscaba agradar ni administraba silencios calculados; decía lo que consideraba necesario. En un medio donde la prudencia calculada es regla, él se convirtió en una figura incómoda pero invaluable.

Recordar a Eloy Jáuregui dos años después no es un acto melancólico; es un ejercicio de memoria. Su legado trasciende los homenajes formales y consiste en esa manera de concebir el periodismo como un acto de libertad. Eloy Jáuregui no pertenece al pasado; sigue siendo una presencia que nos acompaña y nos recuerda que contar la realidad puede ser también un acto de valentía y, algunas veces, de alegría.

 

 

 

 

 

Texto: WSV
Foto: Agencia Andina

 

 

 

 

 

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