Desde hace pocas horas hay un crespón negro en el imaginario de los peruanos. Se ha ido uno de sus más ilustres compatriotas, aquel que dibujaba las letras para darle contenido con frecuencia feliz otras veces cargadas de tristezas y cuando no de un contenido filosófico, que hacía que el pensamiento se elevara hasta las más altas alturas de lo inconcebible. Ese es y ese fue Alfredo Bryce Echenique, un hombre que sabía disfrutar de la amistad y beber de las alegrías que brota espontáneamente en la vida cotidiana. Está claro que físicamente se ha ido Bryce Echenique, pero no se puede negar que nació para no morir “Un mundo para Julius”. Esta obra lo inmortalizó y ahí quedará por siempre. En estos instantes cuando el dolor atraviesa más allá de la epidermis de la existencia, quizá se podría repetir “A cada uno su pena, pero a todos la alegría” o a lo mejor “Mi patria son los amigos” Tal era, sin usos de las calcomanías Bryce Echenique, para quien las lágrimas no brotaban de los ojos, sino más bien del corazón. Y para demostrar esto en sus obras queda todavía como flecha con punta fina aquello que exclamaba “la arquitectura corrige las incomodidades de la naturaleza, la literatura corrige las incomodidades de la realidad”.
Julius seguramente estará asombrado de lo ocurrido. Alfredo, su creador a lo mejor no tuvo tiempo en la ficción de despedirse de él. En todo caso lo hizo anticipadamente, mucho antes de lo previsto, cuando sobre negro sobre blanco rotuló “el escritor es un hombre sorprendido. El amor es motivo de sorpresa y el humor, un pararrayos vital”. Lo referido, a juicio de muchos. Es la frase testamentaria de un Alfredo que se disfrazaba de Julius, para señalar el camino a seguir de una vida sin prejuicios y, sin embargo, cargada de emoción por lo mismo que él era con huella propia, el escribiente de una soledad colmada de cariño y respeto por muchos y muchos de sus lectores.
La prensa internacional informa sobre el fallecimiento de Alfredo Bryce Echenique
Foto Andina
